lunes, 28 de diciembre de 2009

Enemigos de la promesa


Leo estos días un libro de ensayos de Cyril Connolly, en el que al parecer queda recogida buena parte de su obra. El primer título que aparece en el volumen es Enemigos de la promesa, escrito en 1938, y que aborda el tema del estilo. Los inicios del siglo veinte, nos recuerda, fueron decisivos para la evolución de la novela. Fue un periodo convulso históricamente, pero también en lo cultural, donde convivieron tendencias múltiples en la pintura, en la música, en lo literario. Según Connolly, “el estilo es una relación entre el dominio de la forma que tiene un escritor y su contenido intelectual o emocional”. En función de esta premisa, establece varios estilos: el mandarín, recargado, romántico, cuajado de oraciones subordinadas y metáforas, “el estilo artificial de los hombres de letras o de los que ocupan cargos de autoridad y hacen de las letras una ocupación en su tiempo libre”; el vernáculo o realista, más pegado a lo cotidiano, que es “el estilo de los rebeldes, periodista, adictos del sentido común y observadores no románticos del destino humano”; y un último intermedio, el lírico o dandy, propio de autores primerizos, marcados por la tradición, que acaban sumándose al partido de los mandarines. Connolly, pese a la crítica que hace de unos y otros autores, adscritos a tan contraria manera de concebir la labor literaria, no repudia ninguna de los dos modos y considera que ambos poseen virtudes aprovechables, y que lo que un autor que pretende ser sincero debe hacer es buscar el justo medio entre ambos, de tal modo que su prosa sea “arquitectura, no decoración interior”. “La buena prosa”, afirma que se dice, “debería parecerse a la conversación de un hombre bien educado”. Por eso considera que los que buscan la perfección, “los que buscan el arte por el arte…, pueden producir un arte imperfecto debido a la misma violencia del homenaje que le rinden.” Aunque admite que “hay muchos grandes pasajes en los que la complejidad es digna de la emoción vertida en ellos, donde verdades muy sutiles y difíciles son presentadas en un lenguaje que sólo puede expresarlas mediante la dificultad y la sutileza.” El estilo realista, pues, pese a su apego a lo que se habla en la calle, no es vehículo tampoco suficiente para expresar todo cuanto interesa al autor. Se queda escaso, pobre, aunque resulte honesto y hábil. Los autores que lo cultivan deben recurrir a la disciplina en la concepción y ejecución del libro. Las cosas escritas con sencillez, para que perduren, precisan de una planificación exhaustiva que las aleje de la mera crónica, del retrato fiel. El contenido exige una forma que lo refleje de modo que el lector crea estar leyendo algo nuevo siempre. El dominio que tenga el autor del lenguaje, que es su herramienta, pero también de la construcción que le dé a lo que cuenta, posibilitarán que su obra dure, sirva de modelo, emocione. El libro de Connolly es de 1938. Por entonces, autores como William Faulkner se hallaban en el camino correcto.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Muerte de una asesina


El mal está presente en todos nosotros. En mayor o menor medida, y ante determinadas circunstancias, cualquiera sería capaz de un acto maligno. Nos aterroriza pensar en ello porque el mal nos hace inhumanos. Nos convertimos en monstruos. Tanto más monstruo cuanta mayor es la inocencia de nuestras posibles víctimas. No juzgamos igual a un ladrón que mata para conseguir su botín que a un violador de adolescentes o a un asesino de niños. El asesino de niños es un monstruo que no soportamos. En él está representado el mal absoluto. Destruye aquello que aún no ha tenido tiempo de vivir, de conocer, de desear. Nos desagrada incluso ver su imagen. Sabemos que tras esa apariencia acaso frágil, acaso mediocre, se esconde una criatura del abismo, un ser que habita los túneles de nuestras peores pesadillas. Y sin embargo, no podemos decir ante él que somos del todo inocentes. Quizá nos consideremos buenas personas, ciudadanos rectos; pero si hurgamos un poco en nuestras miserias tal vez hallemos un pensamiento cruel, un momento de debilidad, un deseo irrefrenable de hacer daño. Muerte de una asesina aborda cuestiones como la presente. No de una manera directa, sino a través de una historia que se desarrolla a lo largo de poco más de doce horas, pero que abarca toda una vida, la de Billy Tyler, un policía inglés al que se le encarga la misión de custodiar el cadáver de una mujer, Myra Hindley, acusada de haber matado a un buen puñado de niños durante los años setenta, junto a su pareja.

Durante el tiempo que dura la vigilancia en el interior del depósito de cadáveres de un hospital, Billy da un repaso a su vida. Su mujer, Sue, le ha pedido que por favor no acepte la misión, que se excuse diciendo que está enfermo. La proximidad de Myra, piensa ella, no puede acarrear nada bueno: como si el mal pudiese contagiarse, como si la mera vecindad de una asesina muerta fuese a provocar una reacción perniciosa a todo aquel que esté al alcance del mal que irradia. Sue no deja de tener razón. Al menos en el caso de Billy, pues al poco de hallarse en el depósito, los recuerdos que acuden a su mente dejan de ser placenteros y adquieren en cambio una sordidez que lo desconcierta al principio, pero que, quiera o no, es consustancial a los hechos de los que fue protagonista, testigo o víctima. Nadie está libre de pecado. Nadie puede asegurar que algún día no sea objeto del mal. Los distintos personajes que desfilan ante el lector son una cosa u otra, pero nunca neutrales. ¿Existe la bondad absoluta? Acabada la novela, la respuesta es que no. Ni siquiera la hija de Billy, Emma, aquejada de síndrome de Down, queda libre de sospecha. Sus deseos son órdenes. Su modo inconsciente de actuar genera dolor. Su enfermedad, desesperanza. Sue, su madre, teme el mal de Myra, pero tal vez porque ella misma, a su pesar, es un instrumento del mal: quiere a Emma tanto como la odia, y Billy lo sabe.

El autor de Muerte de una asesina es Rupert Thomson.

domingo, 20 de diciembre de 2009

Hermanas y libro

El cuadro es de Iman Maleki

La lectura como luz que nos guía a través de los vericuetos de la existencia, una luz a la que en muchas ocasiones nos acogemos atemorizados porque lo que nos rodea nos parece feo, obsceno o tenebroso. Abrir un libro es acceder a otra vida mejor, una ventana a través de la cual se puede huir hacia espacios sustentados en palabra que no son las nuestras, las que se pronuncian en casa o en la calle, o entre los muros de la escuela. Las niñas del cuadro acaso van a la escuela y hace muy poco que han llegado. Ambas tienen una expresión relajada, un poco cansada tal vez, como si luego de soltar los libros hubiesen tenido que realizar alguna labor en la casa. El pelo suelto de la mayor sugiere que ha estado moviéndose, puede que acarreando algún peso. O posiblemente hayan estado jugando un rato antes de acogerse a este lugar en penumbra que es probable sea una biblioteca. La biblioteca del padre. No vemos más libro que el que la niña tiene en sus manos. De él brota una luz blanca que ilumina su rostro y el de la niña a su espalda que, apoyada en el respaldo de la silla, lee las mismas palabras que su hermana. Difícil saber de qué historia se trata. Ambas están muy concentradas, olvidadas del silencio en torno, de las paredes a su alrededor oprimiéndolas. Están y no están. Han saltado por la ventana del libro y huyen, huyen por los jardines de un palacio más allá del confín que marcan las propias palabras, las que comparten con quienes miran de frente el agua atlántica y el Asia inconmensurable. Hay alfombras que vuelan en él, y príncipes a lomos de un caballo blanco, y un gorjeo continuo de pájaros que las hechizan, que las deslumbra y embellece…

lunes, 14 de diciembre de 2009

La nube de smog


En La nube de smog, de Italo Calvino, el protagonista llega a una ciudad del norte de Italia, cubierta por una espesa capa de contaminación que lo impregna todo, y siente que ese es el lugar que le corresponde, pues lo embarga una tristeza gris, pegajosa, de la que en el fondo no quiere desprenderse. Ha sido contratado como redactor de una revista, La Purificación, dirigida por el ingeniero Cordà. La revista está especializada en el estudio de la contaminación atmosférica y en cómo luchar contra ella. Pero es solo una tapadera. El ingeniero Cordà participa, como propietario o inversor, en varias empresas causantes de esa nube de smog que cubre la ciudad, y que la hace inhabitable y fea. Su actitud es de un cinismo desvergonzado, y sin embargo se siente orgulloso de su labor, pues es el único empresario que, siendo culpable de la situación, invierte parte de sus ganancias en la búsqueda de un remedio para el mal que él mismo genera. El protagonista tarda en darse cuenta de esto. Pero cuando se entera, parece no importarle gran cosas. Él hace su trabajo, cena en un restaurante que se halla en la planta baja del edificio donde se aloja y, tumbado en su cama, siempre cubierta de una fina capa de polvo negro, lee los escasos libros que ha transportado en su maleta. Nada se nos dice de un pasado que, no obstante, irrumpe en su presente cuando una mujer bellísima, Claudia, su novia, logra dar con él, pese a las medidas de éste para evitar el reencuentro. Ella pertenece a una clase social más elevada, gusta de caprichos exquisitos, come en los mejores restaurantes, y es llevada y traída en los coches más caros. Nada de eso puede darle él, mero empleado en una revista de la que nadie compra un solo número.

Pese a haber sido publicada en 1958, La nube de smog, leída hoy, es de una actualidad abrumadora. En pleno debate sobre el futuro de nuestro planeta, amenazado por un smog no solo hecho de humo contaminante, leer una novela de estas características reconforta porque es un discurso el suyo que pareció nacer en el mismo instante en el que una chimenea industrial empezó a escupir la suciedad que, sumada a la de miles y miles de chimeneas que salpican nuestros paisaje urbano, ha traído estos lodos en los que chapoteamos todos. El final se nos antoja esperanzador cuando, en una excursión que lo lleva a las afueras de la ciudad, el protagonista descubre la ocupación de aquellos que viven en el extrarradio, que no es otra que lavar la ropa de quienes habitan sus calles infectas, y cubrir los prados de sábanas y ropa interior blanca, como parásitos expurgando la piel de un rinoceronte.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

La viuda Couderc


George Simenon acostumbra retratar personajes profundamente humanos. Pueden resultarnos desagradables o antipáticos, primitivos o despóticos, pero poseen la capacidad de emocionarnos pese a no estar de acuerdo con sus actos. La viuda Couderc es una mujer que se aferra a lo poco que tiene y está dispuesta a luchar por ello con todas sus fuerzas. Desde los catorce años ha tenido que sufrir las humillaciones de una familia que la ninguneaba, los Couderc; pero al casarse con el primogénito y morir éste, es la heredera legítima de una casa, de unos campos de cultivo y de animales bastantes como para producir un excedente con el que puede comerciar. Sus cuñadas pretenden arrebatarle lo que ella considera suyo. La apoya su suegro. Éste, a cambio, recibe favores sexuales de su nuera Tati, que es el nombre de la viuda: mujer de cuarenta y cinco años, poco agraciada físicamente, pero cuya vitalidad se contagia a cuanto ser viviente la rodea. El viejo vive feliz. Cuida de un par de vacas, fuma al sol y, si la noche se presenta propicia, goza de las carnes tibias de quien lo acoge y protege. Es un tacto tácito y beneficioso para ambos. Roto éste, la desgracia se cierne como un buitre voraz sobre la casa en discordia.

Jean, por su parte, mató a un hombre y ha pagado por ello. Decide ser criado en casa de Tati, a la que casualmente conoce en el autocar que la traslada del mercado a su parcela. Jean tiene pasado, que iremos conociendo conforme avanza la historia, pero no futuro. Esta circunstancia es la que lo mueve a comportarse como lo hace, de manera irreflexiva a veces, pero convencido de que todo lo que decida estará bien. Jean acepta las normas que se le imponen en su nuevo trabajo. Entre ellas, ser amante de la viuda. Nunca ha trabajado en el campo, sin embargo. Pero está contento con cada nueva tarea que aprende, ya sea recoger unos tomates, ya cortar unas hierbas, o bien cuidar de que no falte luz ni agua a la incubadora.

Por último está Félicie, sobrina política de Tati, que se pasea con su hijo de pocos meses a cuestas. Jean se fija en ella. Se convierte en su obsesión. El suyo es un juego erótico en el que prevalecen las miradas. Tarde o temprano, lo saben, ella sucumbirá al acecho al que es sometida. No hay violencia. Todo sucede de un modo natural, primitivo. Todo en esta novela es, a un tiempo, muy humano pero también muy primitivo. Y a Jean le gusta que sea así. No hay lugar al pintoresquismo, ni a la belleza artificial del artista. El mundo en el que sobreviven no es el locus amoenus de los renacentistas, aunque tampoco la naturaleza salvaje de los románticos, es un espacio en el que las pasiones y los placeres sencillos se alternan con la misma fluidez con la que la lluvia resbala por el cristal de una ventana. Por eso mismo, cuando el lector empieza a intuir la tragedia, ésta, si llega, le resulta consecuencia lógica de los hechos. Con todo, la impresión de vacío es absoluta, como si de pronto comprendiéramos que no se puede jugar así con la vida, pues estamos hechos de sangre y huesos, no de trapos y paja.

jueves, 3 de diciembre de 2009

El comprador de aniversarios


Hay novelas necesarias, novelas que reniegan conscientemente del mero entretenimiento y se presentan como vehículo estético para hacer un relato conciso, convincente y emotivo de una historia que no por inventada deja de ser veraz, pues a poco que nos esforcemos habremos comprendido que estos personajes de los que nos habla Adolfo García Ortega existieron realmente, con otros nombres y otra apariencia, pero no muy distinta a como se nos muestran en este libro; no recomendable, por otro lado, para quienes busquen pasar un rato divertido, pues carece de las hechuras de un best-seller, ni su lenguaje pretende la belleza huera de una literatura para el onanismo intelectual; la suya es una prosa eficaz, directa, y lo que cuenta es de una transparencia luminosa, donde hay horror a espuertas, pero también ternura y fragilidad.

La novela tiene como protagonista a Hurbinek, un niño muerto, pero con el que el narrador pretende construir una historia, la de su vida, pues considera que merece tenerla. Hurbinek no es un nombre, es un ruido emitido, casi un estertor, por una criatura que se consume, que ha sido sometida, a lo largo de su corta vida, tres años, a condiciones de lo más adversas. Hurbinek, que en realidad se llama Ari, o al menos ese nombre es el que dice el narrador que le da su madre, sobrevive, junto a un puñado de hombres, al infierno de un campo de concentración nazi, el de Auschwitz. Hurbinek es un niño real, mencionado por Primo Levy en uno de los tres libros que escribió sobre su estancia en el campo. La tregua es su título. Dice de él que, con tres años, su cuerpo apenas si ocupaba el hueco de las dos manos abiertas. Tenía las piernas atrofiadas y le costaba respirar. Cuando los rusos entran en Auschwitz y observan qué crímenes se han estado cometiendo en él, es tal su espanto que apenas si sienten ánimos para ayudar a los pocos supervivientes, cadáveres en vida, a los que el miedo les impide mostrar un mínimo de entusiasmo porque por fin son libres. Hurbinek yace en una manta. El resto de presos judíos cuida de que no sufra más, pero el niño muere. Hurbinek, para el narrador, un español que se dirige a Auschwitz, no se sabe bien a qué, pero que nunca llegará porque sufre un accidente de tráfico, es un símbolo de todos aquellos niños que mataron los nazis. Nada se sabe de ellos. Nacieron para morir a los pocos minutos, a las pocas horas; los más afortunados, a los pocos días o semanas. ¿Qué otra cosa puede hacer por ellos, mientras se halla hospitalizado en un centro médico de Frankfurt, que hablar de este niño, mencionado brevemente en una obra escrita por un judío que con el tiempo sería uno de los personajes más representativos del trágico siglo XX, y comprarle aniversarios? Porque el título de la novela obedece a una voluntad firme: hacer de la vida que no tuvo Ari un homenaje a todas las criaturas que fueron asesinadas antes que él. Y lo consigue, a mi parecer, sin recurrir al sentimentalismo fácil, con un estilo notarial a veces, tanto más efectivo cuanto más fría resulta la enumeración de atrocidades, pero nunca distanciado, nunca falto de humanidad.

Imprescindible novela, autor magnífico, del que acaba de publicarse un nuevo título muy alabado: El mapa de la vida, sobre los atentados del 11-S en Madrid. El capítulo VI de la presente se inicia así: Es imposible no pensar en los niños a quienes mataron los nazis, ni en los modos tan crueles y salvajes cómo lo hicieron. Y es imposible no estremecerse, si se saben. Al pensar en Hurbinek, al crear el universo de Hurbinek, es imposible también abstraerse de que, como él, hubo miles, cientos de miles de niños, judíos y no judíos, aplastados por la vorágine criminal de los alemanes.

domingo, 29 de noviembre de 2009

Die kleine Lesende

El cuadro es Jean-Babtiste Camille Corot

La muchacha se ha alejado unos metros del rebaño que pasta al fondo. Ha subido hasta un pequeño promontorio en el terreno, desde donde le resultará fácil controlar que ninguna de las ovejas se le descarríe. Algún perro debe de andar cerca. Uno de esos perros lanudos, incansables, que conocen bien su oficio, echado tal vez sobre sus cuatro patas a los pies de la niña. En estos momentos de descanso, luego de haber caminado un trecho largo desde la casa donde habita, le resulta muy grato sentarse a leer un libro. Lo lleva oculto, para que no se le manche, en un bolsillo interior de su vestido. Pretende, de paso, evitar que sus hermanos mayores se le rían por sus tontunas de adolescente con la cabeza a pájaros, o que su madre la regañe por entregarse a ocupaciones propias de hombres ociosos, no de chiquillas que a lo más que deben aspirar es a encontrar un buen marido que las respete. Es un libro que le gusta mucho. Una novela de Walter Scott llena de aventuras con la que consigue olvidar el olor a cagarruta y a ubres, a tierra húmeda; pero también el silencio que la acompaña durante horas, y que a veces se le hace insoportable. Desearía inventarse sus propias historias. Por escrito, si supiera escribir bien. Debe recurrir a su imaginación y trazar las palabras en un papel hecho de aire. Se ve a lomos de un caballo, por un bosque tenebroso, camino de una ermita. Le asaltan unos bandidos. Grita, le meten un trapo sucio de tierra en la boca, tiran de ella agarrándola de las muñecas, intentan violarla. Pero entonces, de no se sabe qué agujero entre la maleza, empiezan a llover saetas que derriban uno a uno a los bandidos. Un muchacho, no mayor que ella, rubio y estilizado como un ciervo, la recoge del suelo y la monta en su corcel de pelo blanco. Él la conduce a la ermita. Ella, humillada ante la imagen, llora por su suerte y agradece que él estuviese cerca para rescatarla del maligno. Deposita un ramo de flores, que ha recogido junto al sendero, en un hueco de la piedra al lado de la figura. Luego, ayudada de nuevo por su galán, regresan juntos adonde espera el caballo y los cadáveres, y la acompaña hasta casa. Es una escena ésta que se ha recitado cientos de veces, como si la leyera realmente de un libro. En ocasiones, para no sentirse tan sola, lee en voz alta las palabras de la novela. El perro levanta las orejas. El silencio deja de acobardarla. La tierra mojada y los excrementos huelen de otro modo. Cada tarde, antes de que llueva, camina por el páramo y sueña que su destino es un castillo, que el rebaño es su séquito, y que el perro, su alazán.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Lo que es cierto


Visitamos los lugares donde sucede Marina: el cementerio de Sarrià, rodeado de edificios, al que se accede por un pasaje estrecho, apenas un pasillo entre paredes que flanquean su acceso, una suerte de isla como las del Ensanche de Barcelona, pero en la que los muertos (algunos ilustres), yacen pacíficos en sus mausoleos o sus nichos, ajenos al guirigay de alumnos en busca de la lápida sin nombre, convencidos de que la literatura es un reflejo de la realidad punto por punto. Sucede exacto al mirar las vías del tren desde un balcón natural, las mismas, piensan, en las que Óscar y Marina son atacados por los autómatas hechos de carne y madera que cuelgan del techo del invernadero, como títeres de sus hilos. ¿Es aquel el invernadero?, preguntan, como si necesariamente tuviese que existir un elemento de ficción. Luego discuten cuál puede ser la casa en la que se aloja Marina con su padre. El colegio, sin embargo, sí es real, el de los Jesuitas, el mismo en el que Óscar vive interno. Profusión de estudiantes a sus puertas, en las aceras, repasando sus libros, comentando acaso el examen que se les viene encima en pocos minutos. Próxima parada, la plaza, la de Sarrià, donde los alumnos, ya fatigados y hambrientos, encuentran la pastelería Foix, que es donde Marina compra bollos y cruasanes todas las mañanas, donde yo mismo pido que me despachen uno que no sea de “mantega”, conviene vigilar el colesterol.

Sorprende su incapacidad para delimitar aquello que es cierto de lo que no lo es. Pienso en las gentes del dieciséis, y manchegas, que aceptaron a pies juntillas que don Alonso Quijano era un vecino suyo, que enloqueció realmente por culpa de los libros. Me gusta, sin embargo, que sea así. La literatura propicia todavía la ingenuidad. La televisión, en cambio, de tan explícita, acaba con la inocencia necesaria. Lástima que a la hora de elegir prefieran la imagen ya mascada a la maravilla de la palabra por mascar.

viernes, 20 de noviembre de 2009

Cineclub


No había oído hablar nunca de David Gilmour. Es un escritor canadiense, autor de algunas novelas y biografías, presentador de un programa de televisión en su país, comentarista de cine. David Gilmour, además, es padre, casado tres veces, y ha escrito un libro titulado Cineclub. ¿De qué trata este libro? Va de un acuerdo entre dos personas. Una de esas personas es Jesse, un joven de dieciséis años al que no le gustan los estudios. La otra persona es el propio David Gilmour, padre de Jesse. Ante la incapacidad de este último para seguir adelante una educación que le es infructuosa, su padre le propone si quiere seguir o no en el instituto. Si no quiere, la condición es que no tome drogas nunca. Al Gilmour le aterroriza pensar que su hijo acabe convertido en un delincuente. Otra condición, más extraña, es que vean juntos todas las semanas tres películas que él se encargará de escoger. Jesse acepta. Le gusta el cine y para él no supondrá mayor esfuerzo que el de pasar unas pocas horas sentado en el sofá al lado de su progenitor. Lo que pretende David es que, a través de las historias que le cuentan las películas, Jesse reciba la educación que no ha encontrado en las aulas, dirigida a que madure personal y sentimentalmente. Todo ello aderezado de conversaciones que van surgiendo sin más, de paseos y comidas en restaurantes a los que David no puede dejar de asistir aunque la economía en casa le aconseje lo contrario, de encuentros y desencuentros por culpa de una propensión inevitable por parte de Jesse a caer en brazos de chicas que no le convienen.

El libro, que, según su propio autor, no es una novela, sino que recoge un episodio autobiográfico, una historia que dura algo más de tres años en su vida y en la de su hijo, es en el fondo una intensa historia de amor entre ambos. David Gilmour la cuenta con ternura, pero sin excesos. No parece ocultar nada. Jesse es un adolescente con problemas y David siente la obligación de ayudarle a resolverlos porque sabe que si no lo hace la vida de Jesse acabará siendo un desastre. Los límites que separan el interés de la mera injerencia inmotivada son muy finos y hay que hacer equilibrios a veces mortales. En su empeño, sin embargo, David se auxilia de consejeros cuya ayuda resulta impagable: de James Dean en Gigante, de Jean-Pierre Léaud en Los cuatrocientos golpes, de Marlon Brando en El último tango en París. Fijarse en un simple gesto de James Dean durante una escena da pie a una reflexión sobre la libertad del individuo que no se vende a quienes poseen el dinero. Una playa desierta, y un niño que mira al horizonte luego de haber corrido kilómetros sin rumbo, muestran la desesperanza y el miedo que implica una infancia triste. Dan ganas de ver, o de volver a ver, las películas que ambos comparten, pero a su lado, sentado en ese mismo sofá ante una pantalla de televisión por la que no fluyen imágenes horteras, ni se oyen improperios, sino diálogos inteligentísimos (Pulp Fiction, Manhattan, Tener o no tener), o secuencias que nadie rodará nunca mejor que sus realizadores (Ingrid Bergman descendiendo una escalera interminable en Sospecha a las órdenes de Hitchcock).

En fin, libro en el que un padre lucha porque su hijo no pierda del todo la inocencia y recupere la confianza perdida. Un logro nada desdeñable según los tiempos que corren. No le será fácil a David, pues acecha el fantasma de la cocaína, el del sufrimiento a causa del amor no correspondido, el de la incomunicación inherente a toda relación filial. No hay que ceder a esos embates. David Gilmour, con todo, juega con una baza a su favor, y es que durante esos tres años que dedicó a la atención prácticamente exclusiva de su hijo él tuvo todo el tiempo del mundo para hacerlo: sin trabajo, sin esperanza de encontrar uno nuevo, con el deber impuesto de salvar a Jesse de sí mismo y de los otros. Pasado el tiempo, fue el mismo Jesse quien le propuso contar su historia, la de ambos.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Firmin


Firmin es una rata fea y poco espabilada que logra sobrevivir con los restos que consigue extraer de los pezones de su madre luego de que sus doce hermanos la hayan dejado prácticamente seca. Flo, la madre, ha parido a su prole en el sótano de una librería en la que miles de libros se alinean en estanterías a rebosar de ellos. Será aquí donde Firmin pase buena parte de su vida. Al principio los libros serán una golosina de la que se alimenta, siendo así que descubrirá distintos sabores según sea el autor que ha escrito las palabras impresas en ellos. Más tarde se convertirá en un lector voraz, ante cuyos ojos irán pasando todas y cada una de las páginas almacenadas en ese reducto del que será roedor único, pues su familia, pasadas las primeras semanas de dependencia materna, irá abandonando el nido para enfrentarse al mundo de fuera, que es desabrido y demasiado inmenso para tan pequeñas criaturas. A lo más que se aventura Firmin es a visitar, cada vez con mayor frecuencia, la planta superior, donde Norman, propietario de la librería Pembroke, pasa las horas atendiendo a sus clientes; y el cine Rialto, donde encuentra restos de comida bajo las butacas y puede ver películas antiguas, y, a partir de las doce de la noche, cintas pornográficas protagonizadas por lo que él llama Beldades. Más adelante, Jerry, un escritor de ciencia ficción que vive en el mismo edificio en el que se halla Libros Pembroke, lo acoge en su casa después de encontrarse a Firmin herido. Los días que pasen juntos serán los más felices para Firmin que, si bien no puede comunicarse con la palabra con Jerry, lo hace a través de la música que arranca a un piano de juguete, o haciendo ver que puede leer los pocos libros que posee.

Todo esto nos lo cuenta el propio Firmin por medio de un monólogo interior que mantiene cuando ya todo ha terminado, pero después de haber bailado con Ginger Rogers desnuda. Lo interesante de dicho monólogo es que Firmin, a causa de su apetito voraz por los libros, conoce cómo modular su discurso para que sea de lo más sugerente y enternecedor. Su historia, pese a ser la de una rata, es la de un hombre condenado a vivir en el cuerpo de una alimaña por la que los humanos, en general, sienten desprecio y asco. Firmin, como Norman y Jerry, es un ser frustrado, un personaje víctima de un sino contrario a su voluntad, cuya gran odisea no es haberse leído todo cuanto ha encontrado, sino narrar su miserable vida de rata y hacerla deliciosamente literaria jugando con las referencias a otras obras, las escritas por los que él considera grandes, desde Joyce a Dickens.

Firmin, a falta de poder usar papel y tinta, escribe en su mente y se inventa un destinatario para su historia. A dicho destinatario lo menciona de tarde en tarde por medio de una segunda persona en singular, con un usted distanciado cuyo referente tal vez sea Sam Savage, autor de la novela; aunque tiendo a pensar que lo que hace Savage no es otra cosa que mirarse en un espejo, de tal modo que se sirve de Firmin para hablar de sus miedos y de sus sentimientos, y que a quien se dirige de modo tan cortés como deferente es a cada uno de nosotros, lectores fascinados, con un poco o mucho de rata que ocultar.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Los emigrados


En ocasiones el abandono de una lectura no obedece a una mala recepción de la obra, sea porque no gusta, sea porque no acabamos de entrar en su juego, sea porque nos repele el estilo. A veces, pese al placer que nos proporciona, tenemos que dejarla aun a riesgo de no volver nunca al libro, pues ni las condiciones presentes, ni las circunstancias que rodean el disfrute, posibilitan que éste sea pleno o mejor, quedándonos la sensación de que nos perdemos buena parte de la sustancia que contiene. Algo así me ha sucedido con la lectura de Los emigrados, de W. G. Sebald, obra fascinante como cualquiera de las suyas, que recoge la historia de algunos personajes relacionados con Sebald, ascendentes suyos, maestros, que comparten con él, además, su condición de judíos y de exiliados. No es una novela propiamente. Es un viaje hacia el conocimiento del otro. Un viaje que se inicia con un recuerdo, con una fotografía, con una esquela de periódico, y que concluye luego de que el autor haya empleado algún tiempo en recopilar información sobre ese personaje, a ordenarla e interpretarla y, por último, a darle cuerpo narrativo por medio de una prosa elegante, donde cada palabra se ajusta a la perfección a lo que su autor pretende, que es darnos fe de aquellos que por razones políticas, económicas, o tal vez sexuales, se vieron en la necesidad de abandonar casa y país e instalarse en otro muy distinto. Pese al empeño de Sebald por recuperar figuras como la de su antiguo maestro de primaria, Paul Bereyter, y la de su tío abuelo, Ambros Adelwarth, en verdad nos está ofreciendo una imagen de sí mismo reflejada en esos otros. La historia nos moldea, nos sacude violentamente; otras veces nos aplasta como a insectos. Los que emigran son víctimas de la historia, y si es la del siglo XX de seguro que quedaron maltrechos y sin apenas esperanza. Sebald es un maestro en su manera de contar las cosas. Su prosa es poética y exige por parte del lector una compensación: la de dejarse llevar de su mano por los vericuetos de la sintaxis porque son los de la realidad misma. El viaje resulta prodigioso y muy enriquecedor. Lástima que al llegar a Max Ferber, un pintor amigo suyo, el mío se haya interrumpido hasta un mejor momento. Me consolaré pensando que he entrado en un túnel y que la oscuridad me impide seguir hasta nueva luz.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Compartment C, Car 293


El cuadro es de Edward Hopper

Siempre he pensado que el viaje en tren invita a la introspección. La lectura, a su modo, es una forma de introspección. El libro, sea o no literario, nos ayuda a conocernos mejor y más. Leer en un tren procura un doble placer: el del viaje horizontal a lo largo de un paisaje hacia el que de vez en cuando mostramos algo de curiosidad, y el del viaje hacia lo profundo de nosotros mismos, donde la geografía puede ser tan escarpada o suave como la externa. El paisaje del cuadro queda reducido al que nos muestra la ventanilla: una masa de árboles y un puente sobre un río. Encima, el cielo al atardecer. Al pintar su cuadro, Hopper, que debió imaginarse el recorrido de ese tren infinitas veces, pudo haber escogido cualquier otro momento de su trayecto. El puente acaso simbolice alguna cosa. Entre el ensimismamiento de la pasajera y aquello que la rodea existe un abismo. El puente la ayudará a salvarlo. Es una mujer joven. Es muy probable que el viaje lo haga todos los días a la misma hora. Regresa a su hogar tras una jornada de trabajo duro. Imagino que es una secretaria. Una de esas secretarias eficientes, tal vez soltera, enamorada discretamente de su jefe, un hombre machista que pone los cuernos a su esposa pero que nunca ha imaginado a su empleada con un sexo y un anhelo distinto al de seguir siendo válida. La lectura la reconcilia con ella misma. Esos cuarenta y cinco minutos entre la salida de la estación y su llegada al apeadero, donde tiene aparcado un coche de segunda mano, le bastan para recuperar algo de aplomo. La consuelan las amarguras de Higsmith, que siempre revientan inevitables. A veces, la tristeza de Bradbury, encarnada en seres que no son de este mundo. ¿Lo es ella acaso?, se pregunta, mientras el tren deja de traquetear (tracatracatrasssssssssss) previo anuncio de su parada.

viernes, 6 de noviembre de 2009

Mujer leyendo


El cuadro es de Fernando Botero

Qué piensa la mujer del cuadro. Es lo primero que me pregunto al advertir el modo en el que mira, desentendida momentáneamente del libro, algún punto más allá de las nubes y de las mismas estrellas. Acaso medita sobre algún paraje especialmente bello, o sobre alguna palabra evocadora de un pasado no demasiado remoto. Me quedo con la primera posibilidad. El libro desechado, abierto en el césped, no ha debido contentarla, o puede que esté alternando ambas lecturas. El que tiene en su mano izquierda imagino que es un libro de caballerías. El pasaje que ha dejado suspendido: aquel en el que el caballero, con la espada y el peto de su armadura bañados en sangre de dragón, logra rescatar a la dama de sus fauces y le recita, a modo de preámbulo, las virtudes que descubre en ella y en las que jamás había reparado. La lectora del cuadro sueña ser esa dama discreta. Es capaz de representarse a su salvador tal cual si lo tuviera delante. Es hermoso. Ha llegado a caballo por el camino que se ve al fondo. No trae perneras ni faldón cubiertos de sangre. Los dragones dejaron de existir hace tiempo. Trae un aire de fatalidad en su rostro y, antes de que la mujer pueda creer tocarlo, se le desvanece efímero como una fantasía cualquiera. ¿A qué preguntarse sobre su desnudez? La materia del cuadro se halla en las páginas del libro y en lo que se oculta tras la mirada de su lectora.

lunes, 2 de noviembre de 2009

Sang!


Sang! es una novela violenta. Sang! bebe de Tarantino y también de Boris Vian. Desconozco si su autor ha tenido en cuenta a estos dos creadores a la hora de abordar su historia. Lo cierto es que la contundencia con la que se desarrollan las escenas de muerte hace pensar en la coreografía milimétrica con la que lo hacen secuencias de Pulp fiction o Reservoir dogs, solo falta el sonido de los disparos y el color de la sangre tiñendo el suelo y las paredes. Porque la impresión que he tenido al leer esta nouvelle es la de que su autor, Xavier Bermúdez, ha querido superar un reto nada desdeñable: hacer de la violencia el eje que guía toda la acción. Desde el inicio de la historia, el narrador, que escribe en un tiempo prácticamente simultáneo a los hechos, se ve inmerso en una espiral de la que le resulta imposible salir. Una llamada de la policía le anuncia que un buen amigo suyo, con el que compartió años en la universidad, ha sido encontrado muerto. Cuando acude a su casa, le sorprende la presencia en ella de una mujer que asegura ser amiga del fallecido. Se llama Sophie. Vuelve a verla casualmente en la calle. La sigue hasta un local. Lo reconoce, comen juntos, llegan unos tipos, y el narrador sufre una amputación. Poco sabemos de su pasado. En pocos días, nos asegura, el Gerard que escribe poco o nada tiene que ver con el Gerard que descolgó el teléfono. Entre uno y otro se ha iniciado una cadena de destrucción de la que es víctima y artífice a un tiempo. Ha traspasado la línea que separa lo racional de lo canalla. Es un ángel de la muerte. Sin transición apenas. De ahí el desconcierto del lector, que asiste a su carnicería sin la justificación de lo inevitable. Él enarbola la venganza. Pero los clichés son llevados a tal extremo que la verosimilitud se resiente. A no ser que la finalidad del autor fuese paródica. En ese caso, se echa de menos algún guiño que saque de su estupor al lector, víctima, en cualquier caso, de un estilo que va al grano y logra herir.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Infidelidad


Nuevas técnicas, tacañería, facilidad de acceso, crisis económica, cualquiera de estas etiquetas puede servir para justificar la lectura en ordenador de “pedeefes”. La incomodidad de permanecer delante de una pantalla las horas que exige la lectura de cualquier libro, la resarce no solo la calidad de la obra que estemos leyendo, sobre todo su gratuidad, la inmediatez con la que la conseguimos, el pensar que hacemos un acto de justicia con quien no tiene otro modo de dar a conocer sus escritos. Leo estos días una novela breve en mi ordenador. Durante el rato que fijo mis ojos en la pantalla, echo de menos la comodidad del sillón con orejeras, el tacto del papel en mis dedos, el olor que se desprende de las páginas siempre que sumamos una más a lo ya leído. La lectura en ordenador es insípida e inodora, aséptica como entrar a un quirófano. Daña a los ojos, pero también al espíritu. He oído decir que el libro del futuro, ese que ya venden algunos comercios, con pantalla y capacidad para cientos de títulos, llevará incorporado un aspersor de perfume que nos evocará el del libro encuadernado. A mí, mientras avanzo párrafo a párrafo en la lectura de Sang!, me alivia la acercanza de mis volúmenes, la atmósfera de este estudio angosto, aunque luminoso, donde el olor que prevalece es el de las palabras impresas y el de los lomos alineados, y donde no hace mucho seguía empeñado en serles fiel, y no he cumplido.

jueves, 29 de octubre de 2009

Barrio negro


Una pareja de recién casados llega a Panamá. Él, Joseph Dupuche, es ingeniero. Acude a trabajar para una compañía minera que ha entrado en bancarrota. Se entera de ello una vez han desembarcado. El matrimonio tiene que abandonar el primer hotel donde se alojan y se instalan en uno más económico, cerca del barrio negro. Carecen de ingresos y no pueden pagarse el viaje de vuelta.

A Dupuche empieza a atraerle el suburbio donde viven los negros. Su olor esencial, la languidez de sus gentes, despiertan en él el deseo de compartir con ellos parte de ese ritmo vital que no se corresponde con el de los franceses que viven de sus negocios, ni mucho menos con el de los estadounidenses atrincherados tras vallas infranqueables, ajenos a la mugre y a la pulsión de los cuerpos semidesnudos.

Las circunstancias le obligan a vivir separado de su mujer, a la que contratan como recepcionista en el mismo hotel donde se encuentran. Logra una habitación sobre un almacén de telas y a su esposa la ve de tarde en tarde.

A Dupuche, la fatalidad se le ensaña, pero no hace por luchar contra ella. Irremediablemente, sin pensar en las consecuencias que sus actos puedan acarrear al futuro de su matrimonio, se acuesta con Veronique, una chiquilla negra de dieciséis años, y la convierte en su amante. Su impudicia adolescente y su belleza son un acicate más que el ingeniero aprovecha para distanciarse de sus iguales: la comunidad gala establecida junto al Canal desde hace lustros, y entre cuyas prioridades cuenta, de manera rígida e incuestionable, mantener las distancias con la negritud circundante y llevar un modo de vida digno, consecuente con el espíritu colonialista que los ha traído hasta allí no para convivir con los otros, sino para servirse de ellos.

Pese a todo, Dupuche no acierta a estar a gusto consigo mismo. Es un hombre herido por la desdicha, desubicado, que halla en la chicha, bebida indígena elaborada a partir del jugo que se consigue tras la masticación de unas hierbas, un cubículo de serenidad en el que cobijarse; aunque donde le gustaría acabar, por la simplicidad de sus necesidades, por el modo de vida tan simple, es de inquilino en una chabola a orillas del mar y alimentarse de la pesca lograda con sus manos, sin otro deseo que el de ser sin más, libre de prejuicios y normas.

Georges Simenon es un magnífico novelista. Ama a sus personajes, los mima. No es una novela de las que se olvidan pronto. Queda un poso hecho de imágenes y de diálogos inmejorables. Porque esta es una novela de diálogos. Y en ellos los personajes se dan plenos, como en un acto de contrición ante el lector fascinado. Verbigracia, la conversación entre Joseph Dupuche y Germaine, su esposa, cuando ésta acude a intentar salvar lo poco que sigue habiendo entre ellos, que es nada y todo, en función de lo que decida el primero. Libro, Barrio negro, que hallé por azar, como otros tantos.

Releo la reseña a Barrio negro y no la considero digna del libro. No es una buena reseña, al menos no es una reseña de la que haya quedado satisfecho. Me limito a hacer una sinopsis. Las contraportadas de los libros ya tienen la suya. Debía haberme centrado en la impresión. Porque estas son reseñas impresionistas, poco objetivas. Ello va en su contra, lo sé. Pero me es indiferente. El lector, al contrario que el crítico, posee la potestad de decir lo que le venga en gana siempre que sea razonado y se fundamente en el conocimiento.

A George Simenon lo he leído desde siempre. Sus novelas sobre el comisario Maigret son fundacionales, el poso sobre el que los actuales novelistas policíacos europeos han asentado sus bases para construir un universo menos cínico que el de los americanos. Pero además de las dedicadas a ese ciclo, que son muchas, escribió otras no tan conocidas, pero de calidad superior. La presente aborda el tema del desarraigo, de la fatalidad, del abandono cuando se es consciente de que cualquier cosa que se haga por remediar lo irremediable es inútil. La lectura reciente de Kafka me ha hecho pensar en él mientras asistía al progresivo abandono de Joseph Dupuche a manos de una calamidad consentida, en la que se refocila sin tener en cuenta las consecuencias de su acto.

¿Una parábola? Es posible. No en balde Simenon hizo esta novela en un momento de la historia de Europa en el que la existencia humana comenzó a plantearse como un absurdo. Lo que le ocurre a Dupuche es absurdo, pero también trágico, porque, siendo víctima, aprieta contra sí la espada que lo atraviesa. Germaine, su esposa, no entiende nada, cuando ella misma ha contribuido, acaso de manera inconsciente, a ese estado de cosas, en opinión de la comunidad gala en Panamá, abominable. Como ellos, observa la degradación de su marido sin hacer nada por remediarlo. Gregorio Samsa, al menos durante las primeras semanas, recibió una atención, no exenta de asco y terror, por parte de su hermana que, pese a la transformación, sabía que aquel insecto era un miembro más de su familia. Dupuche, a lo largo de su metamorfosis, sufre la amenaza y el desprecio de quienes se dicen compatriotas. A mayor descortesía, más se reafirma en su indolencia. Su patria no está hecha de fronteras, está hecha de humanidad, de ser en esencia, de carne sin Dios. Que muera en una choza, luego de convivir amancebado durante años con una muchacha negra, lo convierte en un proscrito o en un héroe, baste que simpaticemos con él o lo despreciemos. Lo que está claro es que como personaje vale quilates, y eso debe pesar en nuestro juicio.

sábado, 24 de octubre de 2009

Un billete de tren


Algunos libros de los que se poseen contienen, además de sus historias, anotaciones que se hicieron durante su primera o segunda lectura; la fecha del día, mes o año de su compra; el teléfono de alguien al que ya no recordamos pero cuya importancia entonces nos movió a pedírselo (número que no es el de un móvil, pues ni siquiera imaginábamos que algún día llevaríamos uno en el bolsillo); o algún papel u objeto plano entre sus páginas, que usamos a modo de punto, y que se ha conservado incorruptible igual que un fósil. La metamorfosis de Kafka que poseo la editó Alianza en su colección El libro de bolsillo y corresponde a su edición decimoquinta, de diciembre de 1980, que yo adquirí en 1981 con 17 años. Han pasado casi treinta. Vuelvo a leerlo y me encuentro dentro un billete de tren. Es un billete de color amarillo, de cartón duro, con sendas muescas realizadas con un aparato que llevaban a mano los revisores: una correspondiente a la ida, y la otra a la vuelta. 32 kilómetros de recorrido desde la estación de Mataró hasta la de Plaza Cataluña en Barcelona. Fecha en la que fue comprado el billete: 5 de julio de 1989; esto es, ocho años después de adquirido el libro.

En 1989 yo estudiaba en la Universidad Central; pero no en julio. Ese día debí quedar con un amigo con el que sigo manteniendo una relación firme, cimentada sobre el conocimiento mutuo, sobre lecturas compartidas, sobre encuentros en cafeterías y restaurantes a lo largo de media vida, sobre la comprensión y la generosidad. Quiero pensar que durante la cita hablamos de Kafka y de su obra, y que volví a adquirir de mi amigo nuevos conocimientos, nuevas maneras de abordar la literatura. Debió ser mi segunda lectura de La metamorfosis. La tercera o cuarta la hice pocos días atrás, en este año de 2009. Me tienta llamar a ese viejo amigo y comunicárselo, si no es que ha entrado en el blog y ha leído ya la reseña. “Te llamo por una tontería: he vuelto a leer a Kafka y la verdad, sigue maravillándome”, le diría, y echaríamos unas risas a costa del tiempo ido. Pero nos veremos el viernes que viene. Comeremos juntos y Joaquín estará con nosotros. Y pensar en ello me emociona, porque será como regresar al pasado. Más viejos todos y más calvos, sí, pero también un poco más sabios.

miércoles, 21 de octubre de 2009

La metamorfosis


Uno de mis grandes placeres como lector es el de descubrir nuevos títulos y nuevos autores que añadir a mi inventario. Otro, no menor, es el de recuperar lecturas ya olvidadas de las que conservo una impresión sutil, el recuerdo de un pasaje que me conmovió especialmente, y que, releídas ahora, me resultan acaso no tan deslumbrantes (tal vez porque no soy el mismo de hace quince o veinte años), pero sí igual de seductoras.

Finalizo La luna roja y tengo dos nuevos títulos a mano que llevarme a los ojos. Me digo que tal vez valga la pena revisar antes los alineados en los anaqueles, invisibles de tanto tiempo que hace que me acompañan. Miro los que conforman la colección Alianza bolsillo y topo con un volumen breve, de no más de 140 páginas. Se trata de La metamorfosis, la de Kafka, con una portada en negro en que la palabra METAMORFOSIS pasa, progresivamente, del blanco a un marrón desvaído. Reúne el volumen dos cuentos más: Un artista del hambre y Un artista del trapecio. El libro lo compré en 1981, según consta en la primera página. Puede que lo leyera entonces, no lo recuerdo bien. Sé que me impresionó profundamente. Había oído hablar mucho del libro. En aquella época se hablaba mucho de determinados autores, Kafka entre ellos. Releído ahora, la historia, más que sorprenderme, me ha conmovido.

La conmiseración no va dirigida tanto hacia el personaje, Gregorio Samsa, como hacia su familia. Me pongo en el lugar de cualquiera de ellos (de la hermana, que vence su repugnancia y procura que a Gregorio no le falte alimento y cierta comodidad, hasta que le puede más el asco que el cariño; o de los padres, que asisten a la inusitada transformación de su hijo sin saber qué hacer ante lo que no pueden por más que considerar una desgracia, acaso un castigo del que deben avergonzarse), y confieso que en una situación igual no sabría cómo comportarme: la monstruosidad requiere por parte de quien no la sufre, pero sí debe convivir con ella, un alto grado de sacrificio que ignoro si poseo. Si a ello se añade la dependencia económica que los miembros de la familia Samsa tienen respecto a los ingresos de su vástago: prometedor viajante cuyo futuro en la empresa en la que trabaja está más que garantizado; y el deterioro progresivo que observan en el estado físico del “bicho”, al que solo ven como tal, no como Gregorio, se comprende que mi lástima haya ido decantándose hacia aquellos condenados a vivir con la culpa de no saber si han hecho todo lo posible, mientras el escarabajo estuvo con ellos, por que la vida de éste fuese más decorosa, más digna de atención.

Me seduce además cómo Kafka presenta la historia y rompe esa separación sutil entre lo veraz y lo verosímil, aspecto al que directores de cine están dedicando últimamente sus películas, entre ellas Distrito 9, que, curiosamente, trata también de una metamorfosis de humano en insecto. Kafka, como suele decirse, se adelantó a su tiempo y presentó un hecho extraordinario sin recurrir a la escenografía siniestra de Stevenson con su mister Hyde, limitándose a realizar una crónica sin aspavientos de cómo un hombre común se despierta escarabajo y malvive con su familia.

viernes, 16 de octubre de 2009

La luna roja


Me ha ocurrido algo curioso con esta novela de Luis Leante. La llevaba mediada cuando sentí el impulso de consultar en Google qué escritor era ese del que se me estaba contando su historia: Emin Kemal y, al pulsar la tecla enter, sin pensar en lo que estaba haciendo, se me ha abierto en la pantalla una primera página de Google con 11 entradas de aproximadamente 1.850.000. Tales entradas remitían a información sobre la novela que estaba leyendo, pero no a ningún autor real con ese nombre. Solo entonces me he dado cuenta de lo que estaba haciendo: buscar información sobre un personaje ficticio. La cosa no resultaría extraña si me hubiera interesado conocer cosas de Emma Bovary o de Sam Spade, porque, aun siendo personajes también fruto de la imaginación, la historia de la literatura les ha concedido carta de naturaleza; esto es, una cédula con la que se les permite circular libremente por este mundo ingrato del que forma parte el lector -muy a su pesar-, si no es que el propio autor, merced a su maestría, no les ha dotado antes de una veracidad comparable a la nuestra, haciendo creer a sus contemporáneos que su criatura podían encontrársela por la calle a poco que se esforzasen. Es la explicación que doy a mi ingenuidad perdonable. Luis Leante, con Emin Kemal, me ha hecho creer que el escritor existía. Más adelante, conforme he ido conociendo nuevos datos, conforme la trama se ha complicado, la anécdota se me ha antojado no solo curiosa, también consecuencia lógica de una tradición en la que pienso queda enmarcada La luna roja, la de la novela cervantina por excelencia, aquella que juega con la realidad y la ficción en un mismo plano. Pero no pienso meterme en berenjenales de los que puedo salir escaldado.

La luna roja es una buena novela. Hoy mismo, sentado a una mesa con un amigo, hemos hablado de ella. A él no le ha gustado. Su estilo le ha parecido poco trabajado y la ha englobado entre aquellas novelas que últimamente responden a unos gustos muy concretos, que son los que las hacen vendibles, asequibles a todo tipo de lector. Yo no estoy de acuerdo. El estilo trabajado no es garantía de calidad. La fórmula en la novela tampoco implica que sea mala. Y La luna roja es más compleja que todo eso, pues habla de la naturaleza de la escritura literaria tomando como referente a dos personajes heridos por la palabra: el ya mencionado Emin Kemal, y René Kuhnheim; aunque si hay otro de mayor relevancia, origen de todo lo que sucede en la novela, ese es Helkias Helimelek. Hablar de ellos, sin embargo, sería traicionar el espíritu de la obra, que no es otro que atrapar al lector desde el inicio y conducirlo por un sendero en el que no todo lo que lo flanquea es lo que parece. Pese a todo, me ha vuelto a sorprender gratamente, como lo hizo El canto del zaigú y Mira si yo te querré, la intensa historia de amor que se nos relata en ella, porque tal vez no es frecuente encontrar historias de amor tan apasionadas, tan tristes.

sábado, 10 de octubre de 2009

Como un canto de amor, más que de muerte


Releo las Coplas de Manrique. Me emociono de nuevo con la sencillez de esos versos, que han pervivido en el tiempo a lo largo de seiscientos años sin que hayan perdido un ápice de su fuerza expresiva. Todos, alguna vez en nuestras vidas, deberíamos leerlas. No sentirlas como literatura, sino como expresión dolida de un sentimiento en el que no ha lugar el llanto. Como un canto de amor, más que de muerte, a todo cuanto se ha sido y experimentado, pese a lo efímero y engañoso. Es lo que hay, diría un castizo. Y sabiéndolo, no cabe sino aceptar el contrato con voluntad firme de pervivir en lo futuro. Dejar memoria, por pequeña que sea. Ser sin pretender y gozar de los dulzores, pero sin empalagarnos. Abrir el libro, buscar la primera de ellas, empezar a recitarla en voz alta, dejarse llevar por la melodía serena de sus versos: placer sumo al alcance de letrados y de quienes trabajan por sus manos, aunque muramos. La sencillez con la que Manrique supo transmitir el ideal de su tiempo, el modo tranquilo con el que llega la muerte y el maestre Rodrigo la recibe, tal que a vieja amiga, es de esos logros que hallan la eternidad sin pretenderlo.

miércoles, 7 de octubre de 2009

Hilo comunicante


Resulta curioso descubrir los hilos que unen entre sí las innumerables manifestaciones de la literatura, conformando una malla tupidísima, un océano de palabras e imágenes por el que el lector no solo atraviesa nadando, sino empapándose en ellas tal que una esponja jamás saciada. Leo Muerte en Estambul, de Petros Márkaris, y hallo continuas referencias a hechos ocurridos a mediados del siglo XX en la capital turca, acciones violentas contra la comunidad cristiana que reside en la que los griegos siguen llamando Constantinopla, y que provocaron el asalto de comercios e iglesias, agresiones sobre ciudadanos no turcos, la huida de quienes sin más se vieron envueltos en una espiral de odio por parte de los que hacía poco eran probablemente vecinos y clientes suyos. En la novela de Márkaris tales acontecimientos se mencionan, son parte de la memoria de aquellos griegos que optaron por quedarse y sobrevivir en la que consideran su patria.

Luis Leante, en La luna roja, dedica un capítulo, el tercero (que acabo de leer hace unas horas), a hablar de la juventud de un personaje central en la novela, el escritor Emin Kemal. A sus diecinueve años, el joven Emin, que se declara poeta, trabaja como ayudante de fotografía para el señor Anmet. Los disturbios sorprenden a ambos personajes en casa de Emin, pues el señor Anmet corteja a la madre de aquél, viuda desde hace años. Emin, ansioso de demostrar su valía ante los demás, pero sobre todo ante sí mismo, decide salir a la calle para recoger en imágenes fotográficas lo que está sucediendo, pese a que tanto Anmet como Aysel, su madre, intentan impedírselo. Durante varias páginas, los hechos sucedidos en Estambul durante el verano de 1955 son marco en el que Emin Kemal se juega la vida, donde en cierto modo la recupera luego de un largo periodo de postración y desconcierto. Hechos crueles, irracionales, de los que la humanidad deja constancia de tarde en tarde. Hilo, en fin, que ata a estas dos novelas (quizá de los más gruesos, pues seguro hay infinitos e inapreciables de tan sutiles): puente sobre el Cuerno de Oro de la lectura.

domingo, 4 de octubre de 2009

Pólvora negra


Tenía ganas de leer a Montero Glez. Hallé su novela Pólvora negra y me puse a leerla inmediatamente, movido por el deseo de comprobar si los elogios que había merecido por parte de otros escritores hallarían en mí el eco deseable. La trama se centra en un hecho histórico que pudo haber cambiado la historia de España: el intento de asesinato de Alfonso XIII minutos después de haber contraído matrimonio con Victoria Eugenia. La bomba, disimulada en un ramo de flores, fue lanzada por Mateo Moral, anarquista barcelonés enviado a Madrid con el cometido único de librar a los españoles de la rémora monárquica. El narrador sigue las vicisitudes del anarquista desde su primer atentado en París; pero también las de un policía farruco, torturador y machista, el teniente Beltrán, encargado de velar por la seguridad de la familia borbónica durante la boda, aunque finalmente sea superado por las circunstancias pese a su capacidad para intuir lo que gentes de mayor rango no quieren admitir que está ocurriendo o puede ocurrir.

Es de agradecer que haya escritores que se interesen por acontecimientos distintos a los de la Guerra Civil. Hay cierta saturación, y en España, durante el siglo XX, han sucedido cosas que acaso no tengan la relevancia del conflicto, pero sí tienen una importancia capital para poder conocer, por ejemplo, los ingredientes numerosísimos de una sopa en la que se cocieron a fuego lento los disparates y las desvergüenzas futuras. Montero Glez, pues, acierta en su aproximación a ese hecho concreto, y lo hace con un lenguaje que sorprende no tanto porque sea realista, sino porque ese realismo raya lo grotesco. Las criaturas que pululan en esta novela no merecen del narrador pincelada que no sea reflejo de sus inmundicias internas, a modo de un Goya armado de papel y pluma. Desde el mismo rey hasta el último de los miserables, el bisturí con el que disecciona sus carnes es igual de efectivo y demoledor. Y es aquí donde, como lector, me he visto en el brete de decidir entre seguir o no leyendo la novela, habiendo alcanzado ya la página 200 de las 323 que tiene, pues el detallismo de ciertas escenas escabrosas, la proliferación de escupitajos y, en fin, el exceso formal, me han parecido que velan lo en verdad importante, que es la historia en sí. El chisporroteo continuo de sus hallazgos expresivos admira, pero, como todo buen café o licor, no solo importa el gusto del primer sorbo, sino que a cada trago parezca que lo probamos por primera vez, embriagándonos progresivamente y no de golpe.

martes, 29 de septiembre de 2009

Contra el alzheimer


La aparición de nuevos títulos en las librerías es constante y abrumadora. Resulta casi imposible seguir el ritmo con el que aparecen libros en las mesas de los comercios, porque de una semana a otra puede cambiar el paisaje: donde había una pila de ejemplares hoy encuentras otra portada con otro autor, y si es de los más vendido la hallarás reducida o por el contrario más alta. Sobre anaqueles y tablas parece soplar un viento constante que lo transforma todo minuto a minuto. Sucede en las librerías grandes, en las más concurridas, donde la crisis no parece notarse tanto acaso porque un libro de tarde en tarde no es dinero si lo que consigues a cambio es un placer intenso, un olvido pasajero de cuanto te rodea. Se sabe que a la literatura se llega por azar o interés. Mi interés hacia Philip Roth viene de antiguo porque, salvo una novela, el resto de las suyas que he leído me han apasionado y me han hecho sentir pequeño.

Cuando aparece una obra de este autor (cosa que sucede con frecuencia admirable), mi primera intención es adquirirla y recuperar la maravilla que he sentido con la lectura de otras tantas que a lo largo de los años he podido acumular en mi estudio. Pero me digo: aguarda la edición de bolsillo, más económica, tan válida como esta otra; si por ti fuera, la librería entera te llevabas: no es un libro de tarde en tarde, es un goteo continuo que implica un espacio más reducido en casa, un silencio incómodo de quienes comparten piso y exigen su rincón; el libro de bolsillo ocupa menos, te consuelas, puedes disimularlo entre otras compras. Y decides esperar entonces a que se edite en ese formato que ocupa poco y da tanto como el otro. Para cuando aparece, sin embargo, ya te has olvidado de esa urgencia que sentiste. Han pasado seis meses. Y puede que otro título u otro autor al que veneras haya hecho acto de presencia en las estanterías y reclame igual querencia.

Sucedió con La mancha humana. Luego de mucho tiempo, el azar ha hecho posible el reencuentro con un título que creía no iba a poder disfrutar nunca, a no ser que en una de mis visitas a la biblioteca se me hubiese ocurrido consultar en el catálogo su constancia en él. El sábado topé con un puesto de libros. La pretensión de quienes los vendían era recaudar fondos contra el alzheimer. Entre otros muchos, hallé esta novela de Philip Roth, versionada para el cine hace algún tiempo e interpretada por Anthony Hopkins y Nicole Kidman. No he visto la película. Leí que no era buena, pese a la solvencia de sus actores. Me hice con el libro. Pagué cinco euros por él. Fue editado por Círculo de Lectores en tapa dura. Ahora aguarda a que le llegue el turno tras Pólvora negra, de Montero Glez y La luna roja, de Luis Leante, en ese orden. Los tengo apilados y a mano. Con solo que retire el brazo del teclado…