miércoles, 23 de diciembre de 2009

Muerte de una asesina


El mal está presente en todos nosotros. En mayor o menor medida, y ante determinadas circunstancias, cualquiera sería capaz de un acto maligno. Nos aterroriza pensar en ello porque el mal nos hace inhumanos. Nos convertimos en monstruos. Tanto más monstruo cuanta mayor es la inocencia de nuestras posibles víctimas. No juzgamos igual a un ladrón que mata para conseguir su botín que a un violador de adolescentes o a un asesino de niños. El asesino de niños es un monstruo que no soportamos. En él está representado el mal absoluto. Destruye aquello que aún no ha tenido tiempo de vivir, de conocer, de desear. Nos desagrada incluso ver su imagen. Sabemos que tras esa apariencia acaso frágil, acaso mediocre, se esconde una criatura del abismo, un ser que habita los túneles de nuestras peores pesadillas. Y sin embargo, no podemos decir ante él que somos del todo inocentes. Quizá nos consideremos buenas personas, ciudadanos rectos; pero si hurgamos un poco en nuestras miserias tal vez hallemos un pensamiento cruel, un momento de debilidad, un deseo irrefrenable de hacer daño. Muerte de una asesina aborda cuestiones como la presente. No de una manera directa, sino a través de una historia que se desarrolla a lo largo de poco más de doce horas, pero que abarca toda una vida, la de Billy Tyler, un policía inglés al que se le encarga la misión de custodiar el cadáver de una mujer, Myra Hindley, acusada de haber matado a un buen puñado de niños durante los años setenta, junto a su pareja.

Durante el tiempo que dura la vigilancia en el interior del depósito de cadáveres de un hospital, Billy da un repaso a su vida. Su mujer, Sue, le ha pedido que por favor no acepte la misión, que se excuse diciendo que está enfermo. La proximidad de Myra, piensa ella, no puede acarrear nada bueno: como si el mal pudiese contagiarse, como si la mera vecindad de una asesina muerta fuese a provocar una reacción perniciosa a todo aquel que esté al alcance del mal que irradia. Sue no deja de tener razón. Al menos en el caso de Billy, pues al poco de hallarse en el depósito, los recuerdos que acuden a su mente dejan de ser placenteros y adquieren en cambio una sordidez que lo desconcierta al principio, pero que, quiera o no, es consustancial a los hechos de los que fue protagonista, testigo o víctima. Nadie está libre de pecado. Nadie puede asegurar que algún día no sea objeto del mal. Los distintos personajes que desfilan ante el lector son una cosa u otra, pero nunca neutrales. ¿Existe la bondad absoluta? Acabada la novela, la respuesta es que no. Ni siquiera la hija de Billy, Emma, aquejada de síndrome de Down, queda libre de sospecha. Sus deseos son órdenes. Su modo inconsciente de actuar genera dolor. Su enfermedad, desesperanza. Sue, su madre, teme el mal de Myra, pero tal vez porque ella misma, a su pesar, es un instrumento del mal: quiere a Emma tanto como la odia, y Billy lo sabe.

El autor de Muerte de una asesina es Rupert Thomson.

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