martes, 22 de septiembre de 2009

La raya de tiza


He tenido una sensación extraña al leer La raya de tiza. Una sensación provocada en buena medida por la circunstancia de que la edad de su autor y la mía es prácticamente la misma, siendo así que lo que cuenta su novela me resulta tan familiar y tan mío como mi propio pasado. Vale que nos separan unos cuantos cientos de kilómetros, pues yo vivo a este extremo nordeste de la Península, en el que conviven dos lenguas no siempre bien avenidas, y él al otro lado, allí donde la pronunciación se llena de “consonantes extrañas” que a José Luis y Mendoza, dos de los personajes de su novela, se les enredan en la lengua y les hace sentirse “irremediablemente atrapados en un acento que a ellos mismos les sonaba áspero y desaliñado, como la vida cotidiana en la provincia”. El poso histórico sobre el que se asienta lo narrado, sin embargo, es el mismo sobre el que se fundan mis años ya idos, por lo que al leer determinados párrafos ha sido como leer palabras escritas de mi puño y letra, aunque si me lo propusiera no lo haría ni tan bien ni tan acertadamente.

Del narrador de esta historia sabemos que escribe en un cuaderno, que ese cuaderno lo ha comprado en una librería, y que cuanto dice se basa en las confidencias que muy probablemente le ha ido haciendo su amigo José Luis, verdadero protagonista de unos hechos que, tamizados por su punto de vista, por sus impresiones y “presunciones exageradas”, acaso no estén libres de tergiversaciones, en cualquier caso comprensibles. La vida de estos personajes es anodina, jalonada de acontecimientos absurdos en una edad en la que empiezan a penetrar en esa zona oscura e incierta que es la madurez, y en la que se sienten desubicados y tremendamente asustados. Con todo, esa voz narrativa que nos acompaña a lo largo de las peripecias que vive el antedicho José Luis, me ha producido una sensación no ya extraña, como señalaba al principio, sino también de repulsa hacia su modo cruel de retratar ese provincianismo en el que viven ahogados, a modo de condena, quienes en aquellas fechas se aferraban aún a cierto entusiasmo reivindicativo; tal vez porque yo mismo he sido parte constituyente de esos grupos difusos, entre cristianos e izquierdistas, empeñados en ayudar cuando nadie se lo pedía, en pasar por progres sin serlo…

Muy recomendable La raya de tiza, primera de las novelas publicadas por José Manuel Benítez Ariza, en 1996. Peca de cierto encorsetamiento tal vez, o al menos a mí me lo ha parecido. Con todo, ello no va en detrimento de la historia, al contrario, creo que ese modo en buena medida "academicista" (término aplicado a según qué películas y directores con intención en muchos casos peyorativa, pero que viendo su producción uno concluye que no hay alabanza mejor, salvo la de maestro) de contar cuadra con sus personajes no demasiado atrevidos ante las dificultades, ante los amores inesperados, ante la vida que se abre como boca de lobo, llena de dientes y oscuridad, y de los que me he sentido compañero tanto tiempo después.

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