martes, 28 de diciembre de 2010

Ardiente secreto


Confirmo, con Ardiente secreto, segunda novela de Stefan Zweig que leo estos días, su asombrosa capacidad para retratar el alma humana de un modo tan detallado que duele ver sufrir a esos personajes que avanzan sobre la línea que separa lo trágico de lo ridículo. En este sentido, Zweig logra lo más difícil todavía: que en ningún momento sus palabras lleven al lector a pensar que se encuentra ante unos sucesos más propios de la bufonada que no del drama que es la vida, aunque pueda parecer en ocasiones que esa línea fronteriza cede. Si acaso, en lo que sí podemos pensar es en que los personajes de esta historia, tres, adquieren visos de marioneta que se agita al hilo de unas manos no siempre cariñosa con ellos. Porque lo que se nos narra, lejos de ser una historia de amor al uso, es una historia de amor que tiene a un niño, Edgar, como víctima de la misma, pero también como objeto de discordia y pasión. Porque si bien podemos pensar que es entre la madre de Edgar y el barón entre quienes se genera una atracción mutua que puede desembocar en una relación amorosa, es entre el niño y su progenitora donde debemos buscar realmente el amor puro, aquel que en ocasiones genera un odio visceral y otras un mutuo menester de sí que los llevará a compartir lo que solo una madre y su hijo son capaces: un secreto ardiente. La seducción vista como un juego de caza, en la que el barón asume el papel del cazador seguro de sí mismo y la dama la de víctima no del todo propicia, pero que cede lentamente al reclamo de aquél, es una actitud condenada al fracaso, pues no se tiene en cuenta en ese juego a quien puede finalmente resultar peor herido: la criatura inocente y engañada, la utilizada como cebo y sacudida por sentimientos que no corresponden a su edad, y que lo dejarán al borde de la locura. En este sentido, pienso que Stefan Zweig rompe con el concepto romántico del amor, pero también con el más realista de Flaubert, al dar protagonismo a un personaje ninguneado con frecuencia en este tipo de historias: el niño hijo de la seducida y dado de lado, sobre el que los adultos derraman sus temores y sus miserias sin contar con que posee unos sentimientos acaso más excitables que los suyos propios. Historia de amor, sí; pero quienes aquí se debaten entre seguir siendo fieles u odiarse en contra del orden natural, una desde la absoluta conciencia de que no hace bien, el otro desde su ignorancia y su inexperiencia vital, son Edgar y la madre, ambos bajo el mismo techo que un barón aventurero, en un hotel de montaña al que han acudido para descansar y recuperar la salud, del que, si se descuidan, saldrán con la vida destrozada, abatida, en fin, por el tiro de una pasión consentida que ninguno de los amantes ha sabido administrar.

viernes, 24 de diciembre de 2010

Estrella distante


Me había resistido a leer a Roberto Bolaño. El hecho de que la obra de un escritor determinado consiga éxito de ventas, de que un pintor alcance fama improvisada, o de que una película logre la repercusión que no tuvo en su estreno, me llevan a pensar que todo ello responde a unos intereses ocultos que van más allá de la calidad que pueda o no tener la creación ensalzada, originando en mí una reacción diría que alérgica o sospechosa que en ocasiones me ha impedido disfrutar antes de lo que al fin ha resultado ser un excelente objeto artístico. El caso de Bolaño es representativo. Su novela 2666 ha conseguido en EEUU un éxito insospechado para un obra que no ha sido escrita en inglés. En el ámbito hispano ya lo tuvo. No es la única del autor, sin embargo, que ha gozado de la alabanza de los críticos: Los detectives salvajes es considerada una obra excepcional. No he leído ninguna de ellas. Lo intenté con la segunda, pero confieso que me rendí a mitad de trayecto. Con todo, el fenómeno Bolaño sigue presente desde hace lustros, con altibajos que no dependen tanto de las reediciones que se hacen de sus novelas, como de las críticas gozosas que escriben de ellas conforme se conocen en otros países distintos a los que tienen el castellano como lengua.
Mi interés renació tras ver un documental en Televisión Española que, bajo el rótulo Imprescindibles, emitió hace pocas semanas. En dicho documental se hace un repaso a la vida del novelista, nada fácil, y se da la palabra a personas que lo conocieron. Entre ellas están sus editores, pero también intervienen gente vecina suya y tenderos de Blanes, ciudad en la que acabó viviendo tras pasar una temporada en Barcelona, en un piso próximo a las Ramblas. Descubrí que fue un tipo entregado absolutamente a la literatura, que para sobrevivir no dudó en aceptar cualquier trabajo que le proporcionase el dinero con que mantenerse en pie día tras día, que entre sus amistades incluyó drogadictos y sintencho, y eso me lo hizo simpático. Luego, hablando con personas que sí lo han leído, llegué a la conclusión de que acaso había llegado el momento de enfrentarme de nuevo a un modo de narrar que, por la experiencia pasada, sabía que me iba a resultar tal vez farragoso, pero que debía procurar el acercamiento, a sabiendas de que si conseguía romper el velo era posible que descubriese un tesoro que había estado siempre a mi alcance.
Decidí intentarlo con una novela breve: Estrella distante. Aborda la historia de Carlos Wieder, un poeta entre cuyas maneras de crear literatura está la de escribir poemas en el cielo pilotando un avión. No es ésta, con todo, su singularidad más llamativa; Carlos Wieder, además de poeta, es un asesino en serie, un personaje que se adapta al medio y se aprovecha de él para cometer sus homicidios con absoluta impunidad. Quien nos narra la historia es el alter ego de Roberto Bolaño. Como él, se ha visto obligado a huir de Chile y a vivir, como inmigrante, en Barcelona, que es donde escribe lo ocurrido desde que conociera, cuando él mismo formaba parte de un grupo de jóvenes poetas, al tal Carlos Wieder, pero con otro nombre. Han pasado varios años. El narrador sigue obsesionado con la figura informe, camaleónica de aquél al que algunos consideran muerto. Lo que no sospecha es que Wieder se halla más cerca de lo que sospecha, y que su carrera delictiva la ha seguido ejerciendo ininterrumpidamente al tiempo que experimentaba nuevos modos de hacer poesía.
La historia, como se ve, se aleja de aquellas a las que un lector común está acostumbrado, no solo por su trama, también porque Bolaño no sigue una línea argumental académica; dedica, además, capítulos en los que la referencia a Carlos Wieder es indirecta, y otros en los que su presencia es absoluta y desazonante. Consigue con ello ofrecer una imagen verosímil, casi veraz de un tipo que con toda probabilidad debió existir con otra fisonomía y otros gustos en el Chile de la dictadura, asesino exento de responsabilidades, capaz, sin embargo, de generar un cierto grado de encandilamiento entre sus posibles víctimas. Roberto Bolaño, pues, me ha seducido esta vez, y lo ha hecho con una obra de las primeras, lejos de la pregonada maestría que parecen contener las más extensas, a las que tal vez me enfrente algún día, esta vez sí, mejor dispuesto.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Viaje al pasado


Recuerdo haber visto obras de Stefan Zweig a la venta en puestos y librerías de lance. Era un autor desconocido para mí, más interesado entonces en novelistas americanos, del norte y del sur, que en los de este lado del Atlántico, excepto los españoles. Eran las suyas ediciones baratas, mal cosidas, si no me falla la memoria, y además se trataba de un escritor del que no había oído hablar ni leído crítica alguna sobre él. Han pasado los años y Acantilado, editorial empeñada en rescatar títulos y autores ocultos bajo el peso de otros no sé si más populares, pero sí más presitigiosos, ha estado publicando parte de su obra narrativa. Por otro lado, este mismo año 2010, apareció el libro Cumbre apagada, de Benjamín Jarnés, y con introducción de Domingo Ródenas, una especie de ensayo novelado con el que se nos da a conocer a Stefan Zweig, su vida y el modo con que afrontó la labor de construir mundos ficticios. Hallé, además, una referencia a una de sus novelas, Mendel el de los libros, en un bloc tan interesante como instructivo, El buscador de tusitalas, que me movió finalmente a interesarme por él, a buscar una obra suya que me lo diera a conocer, y descubrir lo que otros con mejor criterio han estado disfrutando durante años. Es así que me hice con Viaje al pasado, una novelita de noventa páginas en la que se nos narra una intensa historia de amor. Si algo me ha fascinado de su lectura ha sido el modo en que el autor detalla los sentimientos, con una precisión en ocasiones cirujana, exponiéndolos ante el lector de un modo casi obsceno, pero no con irrespetuosidad. La historia se inicia con el encuentro de dos viejos conocidos que emprenden un viaje en tren de Fráncfort a Heidelberg. Hace nueve años que no se han visto. Durante el viaje Ludwig recuerda su vida, cómo, desde la miseria más absoluta, logra ascender gracias a su ambición y a su perseverancia, pasando de trabajar en un empresa química a ser el hombre de confianza de un jefe enfermo, cuya esposa acabará convirtiéndose en la amada ideal, la pureza encarnada en un cuerpo del que no alcanza a gozar sino la piel. Un hecho inesperado separa a los amantes. Ludwig debe viajar a México dos años para hacerse cargo de una explotación minera. Pasado ese tiempo, el inicio de la Gran Guerra Mundial, y su origen alemán, le imposibilitan poder regresar junto a ella. Habrán de pasar los nueve años mencionados para que se reencuentren. El viaje a Heidelberg cerrará la breve estancia juntos. Reconozco que me ha sorprendido gratamente. Su lectura se me ha hecho ligera, llevado por las palabras pasajero de ellas. La acción, sin embargo, apenas existe; de donde cabe concluir que Zweig es un maestro a la hora de acometer la descripción de los sentimientos humanos, pues hace de ello un viaje tan apasionante como doloroso. La geografía por la que transitan los amantes no es plana ni amable, está repleta de accidentes íntimos que se superponen a los puramente externos. Luchan contra las adversidades, pero también contra sus propios miedos presentes. Qué mejor medicina, pues, que acudir al pasado en busca de una voz que interprete los recuerdos. Tal vez sea la mejor manera de entender el hoy.

martes, 7 de diciembre de 2010

El abrecartas


Hay nombres de autores con los que uno ha ido conviviendo y de los que sólo conoce la planta de quien los lleva; nada, en cambio, de lo que han escrito, salvo algún artículo de opinión en un periódico o revista. Este es el caso de Vicente Molina Foix, escritor menos mediático que otros tantos de su generación, y que de manera callada, o al menos a mí me lo parece, ha ido construyendo una obra sólida, de la que, repito, desconocía todo hasta ahora que me he puesto con El abrecartas, premio nacional de narrativa en el año 2007. A veces es preciso un premio tan importante como el presente para que autores de larga trayectoria empiecen a ser mencionados y ante todo leídos, y para que lectores que nos preciamos de estar más o menos al día de lo que se publica, caigamos en la cuenta de que más allá de la novedad existen escritores ya hechos, que más que escribir novela la están reinventando con su esfuerzo.
El abrecartas es una novela atípica porque sus distintas partes las conforman cartas entre dos interlocutores, no siempre los mismos. La primera de ellas está datada en 1926, la última en 1999, por lo que el contenido de las mismas tiene como referente la historia de un país que se va haciendo a lo largo de una república con los días contados, de una dictadura interminable, y de una transición en la que los sueños de algunos acaban cumpliéndose a medias. Si bien dicha estructura epistolar puede hacer creer en una distorsión narrativa debido al cambio de emisores y receptores, a medida que el lector avanza comprobará con agrado que en el poso de lo que se dice en las cartas hay varias historias paralelas, que se hacen con el siglo, y que poco a poco, de un modo a veces indirecto, se van cerrando. Logra con esto el autor presentar una realidad múltiple, en la que los agentes de la acción que se desarrolla pertenecen a distintos estratos y ámbitos: desde el infiltrado que trabaja para el régimen, hasta una locutora de radio que escribe libros infantiles, a un profesor universitario... todos partícipes de una trama que se nos antoja confusa a veces, pero que con la exactitud de una maquinaria perfectamente urdida va cobrando sentido a medida que conocemos lo que nos cuentan los narradores a través de sus correos. Es una obra, pues, de perspectivas múltiples, a la que van asomando personajes históricos como Vicente Aleixandre, Eugenio D'Ors, García Lorca, Rafael Alberti... Alguno de ellos, incluso, coge la pluma para responder a una carta enviada por uno de los personajes presuntamente ficticios que se engarzan en una cadena de misivas que abordan asuntos privados pero también públicos, de suerte que consiguen separar la Historia con mayúscula de la historia con minúscula, que es la que les incumbe de manera más lacerante. Y digo presuntamente ficticios porque cuanto dicen suena a verdad, son cosas que podrían haber sucedido, que carecen de esa pátina mentirosa que acarrea una novela al uso, como si el narrador, en vez de inventar, se hubiera limitado a recopilar o a copiar, al modo cervantino, esos papeles que son cartas y también fragmentos de alma.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Los perros de Riga


Uno de los aspectos que me gustan de las novelas protagonizadas por Kurt Wallander, el policía creado por Heinning Mankell, es que el lector, en todo momento, sólo conoce aquello que ve o siente dicho personaje, de tal modo que, al contrario que en otro tipo de novelas de igual género, carece de información mayor que la que obtiene el detective, ni le es dado jugar a investigador por su cuenta. Si bien ambas posibilidades resultan divertidas y ponen a prueba el ingenio de cada cual, la de Mankell es una técnica, opino, más acertada, común a clásicos estadounidenses, donde no importa tanto el qué como el cómo se desarrolla la trama y evolucionan los personajes. En esta novela, una de tantas de una serie de la que he leído solo dos títulos, Wallander vive separado de su mujer; visita de tarde a un padre que no ha asimilado aún, pese al tiempo transcurrido, que su hijo sea policía; y apenas si tiene contacto con su hija, estudiante en la universidad de Estocolmo. Dada su tendencia a dejarse llevar por el desánimo, Kurt empieza a plantearse la posibilidad de dejar su trabajo, que le exige una entrega absoluta y destructiva, y presentar una solicitud como jefe de seguridad en una empresa privada. Es entonces cuando se le presenta una nueva ocasión de ejercer su oficio, que no es otro que el de batirse a brazo partido con una realidad propensa a disfrazarse de dragón. La aparición de dos cadáveres en una barca a la deriva en la costa sueca, es la punta de un iceberg en el que la república letona ocupa buena parte de la masa sumergida. En cierto momento Wallander es requerido para que vaya a Riga, capital del recién independizado país, para que colabore con la policía a descubrir qué motivos han ocasionado el asesinato del mayor Liepa, un hombre íntegro empeñado en desenmascarar a quienes no desean perder los privilegios adquiridos durante la larga ocupación soviética. El mayor Liepa ha estado antes en Suecia, dado que los dos muertos encontrados en la barco eran de nacionalidad letona, pero justo al volver recibe una llamada y al día siguiente es encontrado muerto de un disparo. Wallander es una de las últimas personas con las que ha estado. Tal vez sepa algo que la policía de Riga desconoce. Lo que ignora Wallander es que al colaborar con sus compañeros del otro lado del mar Báltico se verá envuelto en un conflicto donde las fuerzas ocultas de raigambre totalitaria, perros al acecho, harán lo imposible por evitar que un país que renace las despoje de un poder y unas prebendas que nadie les ha discutido hasta el presente. Mankell domina a la perfección el tempo narrativo, y juega excelentemente la baza de configurar un héroe moderno a la altura de las circunstancias. Reconforta imaginar que existen tipos como Kurt Wallander, u otros tantos diseminados por la vieja Europa, capaces de entregarse en cuerpo y alma al esclarecimiento de hechos que para el resto de la comunidad pasan inadvertidos, pero que en ocasiones son el síntoma de una enfermedad que ha horadado los cimientos de una sociedad que se nos vende del bienestar y perfecta. Suecia y Letonia son símbolos de dos mundos opuestos, separados por unos pocos cientos de kilómetros. Los contrastes son evidentes, y si bien Wallander vive y representa al occidental, en un país envidia de cuantos se encuentran más al sur, sabe de sobras que basta hurgar un poco en su superficie para que supuren iguales miasmas que en uno oriental, como es el caso de Letonia. El mal posee la virtud de saber disfrazarse de muy distinto modo, haciendo gala de un poder de adaptación cuya finalidad es siempre la misma: el poder por encima de todo. Wallander se verá expuesto a peligros ciertos, pero como buen caballero, que basa su heroicidad en unos valores acaso periclitados, acudirá a salvar a su dama de las fauces que pretenden destrozarla. Lástima que esa dama sea viuda reciente del mayor Liepa. Un hombre solo se aferra al primer clavo que se le ofrece sin pensar si está o no oxidado, bien clavado o no.

domingo, 14 de noviembre de 2010

La buena letra


La prosa exacta de Rafael Chirbes es uno de sus grandes logros. También lo es encontrar historias que no por pequeñas dejan de ser buena muestra de todo un país con la suya, en mayúscula, a cuestas. Pocos escritores logran reducir a lo mínimo y, con ello solo, expresar grandes cosas. Pienso que Chirbes es uno; modelo, además, para quien pretenda dedicarse a esto de la escritura, porque con un puñado de capítulos, y en 156 páginas, uno puede decir tanto como a lo largo de mil. No menos admirable es su acierto al escoger el narrador, en este caso una mujer del pueblo que, en un intento por explicarse ante su hijo, redacta un documento en el que cuenta qué hechos acaecieron que trajeron este presente. No es fácil espigar del recuerdo lo más significativo o singular. Hay que tener muy claro el propósito. Ana lo tiene, y es por eso que nada de lo que dice es vano, todo importa en esta historia de posguerra, en la que una familia de ideas republicanas ve cómo las consecuencias de una contienda que debían haber ganado, van minando sus cimientos, los de la razón y el cuerpo. No es necesario, pues, recurrir a las grandes batallas o situar la acción en una ciudad importante: la tragedia se vivió en todas partes con igual magnitud. Basta que uno sea el vencido, que a su alrededor nada se ajuste a lo que por lógica debería ser, para que el drama de aquellos que sobrevivieron a las represalias, pero que no aceptaron la derrota, lo veamos reflejado en toda su cruel mezquindad. La buena letra es el título de esta obra. La leí hace algún tiempo y he vuelto a saborearla ahora. Resulta asombroso cómo cambia el modo en que una misma novela puede llegarnos a gustar más o menos, cómo descubrimos en ella cosas que no supimos ver entonces, durante nuestra primera aproximación, y ahora, en cambio, sí aparecen nítidas e importantes. Presumo que si de aquí a unos meses volviera a leerla, pese a su brevedad, hallaría nuevos motivos para admirarla. Me ha sucedido a veces que obras que me entusiasmaron hace años, se me caen de las manos cuando pretendo revivir aquellas emociones juveniles. No creo que sea el caso de Rafael Chirbes. De hecho, he aquí que al volverla a leer la he disfrutado de otro modo. Tal vez sea que soy más exigente; tal vez que, al leer su ensayo, he conocido qué preocupaciones son las suyas cuando se pone a escribir, o qué razones busca para seguir leyendo cualquier novela. Lo que tengo claro es que este escritor es de los grandes. Para apoyar mi opinión, véase la historia de amor subyacente en La buena letra, sugerida al tiempo que rechazada, pero no por ello menos hermosa.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Las mil noches y una noche


Los genios pueden llegar a ser muy crédulos. Y lo son porque forman parte de historias que cualquiera podría no creer. Cuando un genio se enfada su instinto le dice que debe matar al causante de su enojo. En este caso, el autor de dicho agravio es un mercader que, al lanzar los huesos de unos dátiles que ha estado comiendo, mata con ellos al hijo de un genio en concreto. El mercader, antes de someterse a su furia, le pide a éste que le deje despedirse de su familia, a lo que el genio accede. Cuando el mercader regresa al punto donde han concertado la cita para dar cumplida cuenta de su muerte, se presentan tres jeques, cada uno con su propia historia. Al aparecer el genio, le proponen contársela a cambio de un tercio de la sangre del mercader por historia, en un intento tan lícito como cualquier otro por salvar la vida del prójimo. El genio los escucha embelesado. Finalizado cada cuento, cumple su parte del trato, y no mata a quien tenía la muerte por segura, de tal modo que quien cuenta la historia del mercader y el genio, y de cada uno de los jeques, salva a su vez su vida y la posterga otra noche, así hasta un número de 1001. Pues no es otro el valor que tienen en esta obra los cuentos que Sherezade narra: el de moneda con la que va pagando un día más de vida, una oportunidad más de concluir una historia que el rey escucha cautivado, cual genio crédulo, pero con suficiente autoridad como para disponer a su antojo de la vida de sus súbditos. La literatura como arma de supervivencia. Una muchacha, solo por serlo, deberá recurrir a su ingenio y a su maestría para la narración, para de este modo aplazar una muerte que sabe sucederá. Su virginidad ya la ha perdido la primera noche junto al rey Schahriar, empeñado en no volverse a casar con ninguna mujer luego de haber sido traicionado por la suya. He aquí el planteamiento inicial de una obra descomunal, una recopilación de historias que tienen como fuente la tradición oriental de origen persa, y que llega a Europa, de manera completa, en el siglo XIX, admirando a autores como Stevenson. Obra cruel, sensual, que rebosa fantasía, y de la que uno, como lector, queda atrapado irremediablemente: red de palabras que se van hilando porque, simplemente, una muchacha desea seguir viva.

005-Costa de Silicia-Syria, the Holy Land, Asia Minor, etc 1840- Bartlett W. H

013-Rio Barrada-Syria, the Holy Land, Asia Minor, etc 1840- Bartlett W. H

sábado, 6 de noviembre de 2010

Ahora tocad música de baile


En su ensayo Por cuenta propia, Rafael Chirbes menciona a un escritor madrileño, Andrés Barba, exponente de una literatura que basa su motivo y valor en el modo como refleja la realidad de la que pretende ser espejo. La alabanza que hace Chirbes de sus novelas, las de Barba, especialmente de la primera, me movió a buscar alguna y hallé Ahora tocad música de baile, una historia incómoda que tiene como personaje central a Inés.

Inés es una mujer madura que empieza a presentar síntomas de un futuro Alzheimer. La enfermedad avanza rápido y en poco menos de cinco años hace de ella un ser pasivo, una criatura sin voluntad que vive al cuidado de su marido Pablo. Todo lo que se nos cuenta la tiene a ella como tuétano. Si muñeco ahora, sabemos a través de su esposo e hijos que sana no fue una mujer cariñosa, desafecta sí, tiránica incluso. Su forma de actuar dividió a la familia en dos facciones, la constituida por Pablo y su hija Beatriz; y la formada por ella misma y su hijo Santiago. Son tres las perspectivas, las voces, ya sean indirectas o no, a través de las cuales se nos cuenta lo que sucede a lo largo de esos meses en que Inés va haciéndose más dependiente. Cada una de esas perspectivas corresponde a uno de los miembros que conforman su familia. Falta la suya, pero no la necesitamos para conocer cómo fue Inés y cómo es ahora. Para Santiago, una suerte de diosa, modelo vivo de lo que él mismo quisiera aspirar. Para Beatriz, en cambio, un obstáculo que le impide la dicha propia, muro que abatir. Pablo, el marido, vendedor de billetes en la estación ferroviaria de Atocha, ya jubilado, al que jamás se le ha dado ocasión de mostrarse tal cual es, pues sus maneras no son ni mucho menos las que ella hubiera deseado encontrar en un compañero. La enfermedad, sin embargo, va a ofrecerles a todos ellos una oportunidad. Cada cual, acuciado por sus propios fantasmas, sumido en un pozo del que no le resulta sencillo salir, buscará el modo de librarse de una rémora que lo ha tenido sujeto desde siempre. Quien más fácil lo tiene es Pablo. Inés se encuentra a su disposición todas las horas del día. Se impone cuidar de ella y es el primero en comprender que ya no es la misma, que la mujer que mira y toca, con la que duerme, desayuna y comparte todo, no es aquella esposa hostil con la que ha convivido varios lustros. La degradación es paulatina, tanto más profunda cuanto mayor es el desconsuelo que experimentan sus hijos. El que peor lo lleva es Santiago. Hombre débil, busca con qué suplir lo que ya empieza a ser ausencia, al tiempo que un odio irracional se apodera de él. No es una novela gratificante para un lector que busque mera evasión. Es un novela que aborda cuestiones lacerantes, que hurga donde tal vez a nadie le gustaría ponerse a hurgar porque acaso hallaríamos la roña que se obstina, la que queda entre los pliegues. Avanza lenta, crece como un tumor maligno ante nuestros ojos lectores, llega a supurar incluso humores que no huelen bien. Pero tenemos que aceptar que las cosas, en según qué casos, son tal como se nos presentan. La vida no es grata por lo común. Y acaso el título, ese Ahora tocad música de baile, no sea más que una invitación a la felicidad, a esa felicidad que todos, por el simple hecho de haber venido a parar a este mundo, nos merecemos aunque solo sea durante un tiempo breve. Conseguirla, tal como sucede con estos personajes tristes, desenamorados de sí mismos, que conforman su trama, implica en muchos casos renuncia, pero también búsqueda angustiosa de aquello de lo que se carece. Novela, en fin, triste.


domingo, 31 de octubre de 2010

La chica de Paul


En el lento y fructuoso avance por las páginas que reúnen los cuentos esenciales de Maupassant, el siguiente paso me lleva a La chica de Paul, donde el autor vuelve a derrochar sensualidad. A sus personajes, a los de los cuentos que he leído hasta ahora, los mueve la lascivia o se aprovechan de ella. Mientras que en Bola de sebo, los ocupantes de la caravana se sirven de la entrega absoluta y desinteresada de su protagonista para librarse de los opresores, en La casa Tellier la ausencia de las pupilas del prostíbulo provocará entre los habitantes masculinos del pueblo un profundo sentimiento de desamparo. En el presente relato, Paul está muy enamorado de Madeleine. En su relación no hay platonismo, y sí una entrega desinhibida del uno hacia el otro, de tal modo que Paul cree poseer a Madeleine más allá de la pura pasión. Paul pertenece a una familia acomodada, es el hijo del Senador, y si es feliz con Madeleine es porque tal vez ha encontrado en ella lo que una mujer de su misma clase no puede darle, que es amor sin disfraces, pura esencia, animalidad en estado puro. Lo que le ofrece Madeleine llena su vida de tal modo que sin ese combustible todo parece carecer de sentido. Ambos acuden a una fiesta, en una laguna donde hay un café en el que se reúnen hombres y mujeres de la comarca en busca de diversión. La charca de las ranas, se llama el sitio. Cuatro mujeres, famosas por llevar una vida libre de hombres, entregadas sin tapujos a los placeres lésbicos, asoman por el baile. Madeleine es amiga de una de ellas. Madeleine se aburre acompañada de Paul y quiere sumarse al grupo de mujeres. Los celos de Paul van en aumento, le tortura pensar que Madeleine pueda sucumbir a la atracción que irradian los marimachos. Cuento deslumbrante. Cuento cruel, como todos los que he leído hasta ahora de Maupassant, que, sin embargo, no parece sino recoger un pedazo de vida, un hecho de los que puede depararnos el destino a cualquiera de los que nos aproximemos fascinados a ellos. ¿Feminista? Es posible. No conozco qué ideas movían a su autor a la hora de hablar de sexo y de mujeres. Tampoco importa. Se trata de un pedazo de realidad transmutado en palabra en el que Madeleine se rebela contra los celos, que no son más que otra forma de represión, para quien los siente y para quien los provoca. El final es magnífico. La muerte no es más que un suceso infortunado, y la vida sigue para todos.

jueves, 21 de octubre de 2010

Los disparos del cazador


Hurgar en la herida de los recuerdos. Eso es lo que hace Carlos, el protagonista de esta breve novela de Rafael Chirbes. A este autor lo había descubierto hace tiempo, pero a raíz del ensayo del que trato en la anterior entrada, me he visto en la obligación moral de releer dos de sus obras, que son las dos que poseo, la primera Los disparos del cazador. Lo que nos propone Chirbes con este viaje al pasado de un hombre solo, de un hombre que observa cómo se le va la vida sin remedio, es la autopsia de esa misma vida que huye. Carlos vive en la casa familiar al cuidado de un criado, cuya fortaleza física es causa de su envidia y de su admiración. En sus horas de insomnio, Carlos mete el dedo en la llaga del pasado y busca qué decir para explicarse su situación actual, y ese sentimiento de culpa que no menciona, pero que se intuye en cuanto dice. El pasado no es otro que ese periodo inmediato a la Guerra Civil, en el que mientras unos gobernaban con mano dura un país devastado, otros se llenaban a manos llenas los bolsillos. Carlos es uno de los que, en una sociedad hipócrita que premia a quien ha sabido ver la oportunidad de hacer negocios, fraudulentos o no, asciende económica y socialmente. Hijo de un contable, logra hacerse un hueco en la empresa en la que trabaja y, gracias a la amistad que mantiene con el hijo del propietario, Manuel, al que acompaña, lee y hace de chófer, puesto que éste no puede hacerlo por sí mismo, conoce a su hermana Eva y se casa con ella. Ninguna de las familias está de acuerdo con la boda. Es necesario un cambio, empezar de cero, sin ayuda de nadie. La joven pareja se traslada a Madrid e inicia una nueva vida desde la nada absoluta, pero con la intención de superar las adversidades cuanto antes. Lo importante es conseguir ayuda y consejo de quien puede dártelos. Lo que suceda después dependerá del grado de vulgaridad con el que uno afronte el destino.

El tema de la vulgaridad no es baladí en la novela. Eva, la esposa de Carlos, se escudará tras una pátina de exquisitez cultural y social, y todo cuanto huela a vulgar o suene a vulgar, no tendrá cabida en su órbita. Esta situación ahoga a Carlos. Él sí necesita mancharse las manos, él sí se ve obligado a buscar donde aplacar unos deseos que son sexuales, pero que tienen que ver también con la carencia de una realidad que no sea la aséptica que se le ha impuesto en casa. Carlos tendrá amantes, Carlos viajará por negocios, Carlos cederá ante la insistencia de su esposa de que su hijo estudie en un colegio francés. Rafael Chirbes posee la envidiable virtud de, con recursos que se nos atojan esenciales, reproducir un mundo complejo, ubicado en el mapa del alma. Su prosa alcanza el acierto de mostrarnos la verdad de un hombre sin necesidad de moralina alguna por parte del propio narrador. Éste expone, nos abre el abanico de fotografías que conforman su vida y nos da ocasión de conocerlo. Ni juzga ni nos invita a juzgar. Así fueron las cosas, así lo son ahora. Si acaso, a través de él, es posible que el autor nos esté diciendo que las causas de su infelicidad tienen su razón de ser en un estado de cosas, y que ese estado de cosas no es el mejor para que se desarrolle con eficiencia la vida de un hombre y su familia. No podemos negar, disfrazar la verdad, porque del mismo modo que la naturaleza tarde o temprano arrasa aquellos obstáculos que artificiosamente han pretendido someterla, la verdad rompe el velo que impone el disfraz hecho de palabra muerta, de reuniones e idas a conciertos, de rechazo de lo vulgar. Rafael Chirbes ha escrito una novela limpia, como si a fuerza de pasarle un cepillo de carpintero hubiese pulido el material del que está hecha: ni más ni menos que de palabras imprescindibles.

domingo, 17 de octubre de 2010

Por cuenta propia


Hay lecturas que golpean la conciencia, que, cuando las acabas, te hacen considerarlas imprescindibles porque ya no eres igual, o piensas igual, o te ves igual a como eras antes de iniciarlas. Puede parecer exagerado afirmar algo así, pero es sabido que a lo largo de nuestra vida hay experiencias que despiertan un sentimiento o una idea que puede que ya estuvieran presentes pero que permanecían aletargadas, igual que muertas. La lectura de determinados libros supone una experiencia de este tipo, y la de Por cuenta propia, ensayo escrito por Rafael Chirbes, ha venido a corroborar lo dicho: antes de abrirlo intuía determinadas impresiones; después de acabado, tales impresiones se han convertido en certezas, a partir de las cuales mi visión de le literatura ya no es la misma, ni mejor ni peor, distinta y pienso que más enriquecedora. No voy a exponer aquí las ideas que desarrolla Chirbes, si acaso las mencionaré por encima porque no me veo capaz de sintetizar en una entrada lo que el autor desarrolla durante 294 páginas de prosa fluida, uno de los valores nada desdeñables del libro, uno de sus logros. La maestría narrativa de Rafael Chirbes como novelista la ha usado para hablarnos de aspectos que en manos de un filólogo habrían quedado velados probablemente tras una cortina de erudición huera para un lector normal. Muy al contrario, cada uno de los pequeños ensayos o artículos que aparecen aquí recogidos son verdaderas piezas maestras de cómo debe afrontar un escritor su propio oficio, opinando sobre él, defendiendo una ética literaria que después de todo es la armazón que sostiene su obra. La estética de la novela, creo que viene a decir, parte no de una voluntad exclusiva del narrador -que casi siempre desconoce, hasta que no acaba su obra, el tema y el instrumento que usa-, sino de la misma realidad que le sirve de base y de la que él es ingrediente, sujeto sacudido por los avatares del devenir. Al escribir, el novelista organiza el lenguaje de una manera determinada, y esa manera muestra las tensiones que la sociedad implanta en el autor. Cuando Rafael Chirbes decide hablar de un puñado de autores, el criterio que le mueve a espigar entre tantos que han existido, que forman parte de la historia literaria, tiene su razón en lo expuesto (mal) anteriormente, y por eso dedica varias páginas a Pérez Galdós, a Max Aub, a La Celestina, al Quijote, autores y obras que surgen de una conciencia del lenguaje como reflejo del mundo, no como herramienta anquilosada que nada expresa salvo su propia inutilidad comunicativa. Por eso ataca a quienes atacaron a Galdós por considerarlo un mal escritor; a quienes arremetieron contra Max Aub por homenajearlo en alguna de sus novelas. La Celestina, en ese sentido, es un reflejo de los cambios que están sucediendo en el mundo donde nació. Su discurso rompe con el que se enseña en las universidades de la época y, sin ser un reflejo exacto de lo que se habla en la calle, permite que putas y delincuentes usen de argumentaciones elevadas, al tiempo que burgueses y nobles recurran a lo ordinario para comunicar sus ideas y sentimientos. Manuel Vázquez Montalbán, Andrés Barba, Vargas Llosa son algunos otros de los autores a los que dedica un espacio para alabar cómo han sabido retratar la historia de la que han formado o forman parte, consiguiendo que sus novelas recojan el aire que respiraron y que de este modo, en el futuro, cualquier lector que abra sus páginas pueda respirar el mismo. En la novela, dice Chirbes, la autoridad del relato no procede de la fidelidad precisa a los hechos, sino de la organización de la propia narración, que ha de suprimir el recelo del lector y convertirlo en cómplice a partir de una verdad interior, de una lógica que no es otra que su textura moral y que, en su más noble espacio, tiene que ver con el conocimiento, con ese papel de pequeño juguete que ayuda a entender los mecanismos del gran juego de la vida…, y que en su vertiente espuria tiene que ver con la seducción. Una ficción lograda, escribe mencionando a Vargas Llosa, encarna la subjetividad de una época.