domingo, 4 de octubre de 2009

Pólvora negra


Tenía ganas de leer a Montero Glez. Hallé su novela Pólvora negra y me puse a leerla inmediatamente, movido por el deseo de comprobar si los elogios que había merecido por parte de otros escritores hallarían en mí el eco deseable. La trama se centra en un hecho histórico que pudo haber cambiado la historia de España: el intento de asesinato de Alfonso XIII minutos después de haber contraído matrimonio con Victoria Eugenia. La bomba, disimulada en un ramo de flores, fue lanzada por Mateo Moral, anarquista barcelonés enviado a Madrid con el cometido único de librar a los españoles de la rémora monárquica. El narrador sigue las vicisitudes del anarquista desde su primer atentado en París; pero también las de un policía farruco, torturador y machista, el teniente Beltrán, encargado de velar por la seguridad de la familia borbónica durante la boda, aunque finalmente sea superado por las circunstancias pese a su capacidad para intuir lo que gentes de mayor rango no quieren admitir que está ocurriendo o puede ocurrir.

Es de agradecer que haya escritores que se interesen por acontecimientos distintos a los de la Guerra Civil. Hay cierta saturación, y en España, durante el siglo XX, han sucedido cosas que acaso no tengan la relevancia del conflicto, pero sí tienen una importancia capital para poder conocer, por ejemplo, los ingredientes numerosísimos de una sopa en la que se cocieron a fuego lento los disparates y las desvergüenzas futuras. Montero Glez, pues, acierta en su aproximación a ese hecho concreto, y lo hace con un lenguaje que sorprende no tanto porque sea realista, sino porque ese realismo raya lo grotesco. Las criaturas que pululan en esta novela no merecen del narrador pincelada que no sea reflejo de sus inmundicias internas, a modo de un Goya armado de papel y pluma. Desde el mismo rey hasta el último de los miserables, el bisturí con el que disecciona sus carnes es igual de efectivo y demoledor. Y es aquí donde, como lector, me he visto en el brete de decidir entre seguir o no leyendo la novela, habiendo alcanzado ya la página 200 de las 323 que tiene, pues el detallismo de ciertas escenas escabrosas, la proliferación de escupitajos y, en fin, el exceso formal, me han parecido que velan lo en verdad importante, que es la historia en sí. El chisporroteo continuo de sus hallazgos expresivos admira, pero, como todo buen café o licor, no solo importa el gusto del primer sorbo, sino que a cada trago parezca que lo probamos por primera vez, embriagándonos progresivamente y no de golpe.

No hay comentarios:

Publicar un comentario