domingo, 31 de octubre de 2010

La chica de Paul


En el lento y fructuoso avance por las páginas que reúnen los cuentos esenciales de Maupassant, el siguiente paso me lleva a La chica de Paul, donde el autor vuelve a derrochar sensualidad. A sus personajes, a los de los cuentos que he leído hasta ahora, los mueve la lascivia o se aprovechan de ella. Mientras que en Bola de sebo, los ocupantes de la caravana se sirven de la entrega absoluta y desinteresada de su protagonista para librarse de los opresores, en La casa Tellier la ausencia de las pupilas del prostíbulo provocará entre los habitantes masculinos del pueblo un profundo sentimiento de desamparo. En el presente relato, Paul está muy enamorado de Madeleine. En su relación no hay platonismo, y sí una entrega desinhibida del uno hacia el otro, de tal modo que Paul cree poseer a Madeleine más allá de la pura pasión. Paul pertenece a una familia acomodada, es el hijo del Senador, y si es feliz con Madeleine es porque tal vez ha encontrado en ella lo que una mujer de su misma clase no puede darle, que es amor sin disfraces, pura esencia, animalidad en estado puro. Lo que le ofrece Madeleine llena su vida de tal modo que sin ese combustible todo parece carecer de sentido. Ambos acuden a una fiesta, en una laguna donde hay un café en el que se reúnen hombres y mujeres de la comarca en busca de diversión. La charca de las ranas, se llama el sitio. Cuatro mujeres, famosas por llevar una vida libre de hombres, entregadas sin tapujos a los placeres lésbicos, asoman por el baile. Madeleine es amiga de una de ellas. Madeleine se aburre acompañada de Paul y quiere sumarse al grupo de mujeres. Los celos de Paul van en aumento, le tortura pensar que Madeleine pueda sucumbir a la atracción que irradian los marimachos. Cuento deslumbrante. Cuento cruel, como todos los que he leído hasta ahora de Maupassant, que, sin embargo, no parece sino recoger un pedazo de vida, un hecho de los que puede depararnos el destino a cualquiera de los que nos aproximemos fascinados a ellos. ¿Feminista? Es posible. No conozco qué ideas movían a su autor a la hora de hablar de sexo y de mujeres. Tampoco importa. Se trata de un pedazo de realidad transmutado en palabra en el que Madeleine se rebela contra los celos, que no son más que otra forma de represión, para quien los siente y para quien los provoca. El final es magnífico. La muerte no es más que un suceso infortunado, y la vida sigue para todos.

jueves, 21 de octubre de 2010

Los disparos del cazador


Hurgar en la herida de los recuerdos. Eso es lo que hace Carlos, el protagonista de esta breve novela de Rafael Chirbes. A este autor lo había descubierto hace tiempo, pero a raíz del ensayo del que trato en la anterior entrada, me he visto en la obligación moral de releer dos de sus obras, que son las dos que poseo, la primera Los disparos del cazador. Lo que nos propone Chirbes con este viaje al pasado de un hombre solo, de un hombre que observa cómo se le va la vida sin remedio, es la autopsia de esa misma vida que huye. Carlos vive en la casa familiar al cuidado de un criado, cuya fortaleza física es causa de su envidia y de su admiración. En sus horas de insomnio, Carlos mete el dedo en la llaga del pasado y busca qué decir para explicarse su situación actual, y ese sentimiento de culpa que no menciona, pero que se intuye en cuanto dice. El pasado no es otro que ese periodo inmediato a la Guerra Civil, en el que mientras unos gobernaban con mano dura un país devastado, otros se llenaban a manos llenas los bolsillos. Carlos es uno de los que, en una sociedad hipócrita que premia a quien ha sabido ver la oportunidad de hacer negocios, fraudulentos o no, asciende económica y socialmente. Hijo de un contable, logra hacerse un hueco en la empresa en la que trabaja y, gracias a la amistad que mantiene con el hijo del propietario, Manuel, al que acompaña, lee y hace de chófer, puesto que éste no puede hacerlo por sí mismo, conoce a su hermana Eva y se casa con ella. Ninguna de las familias está de acuerdo con la boda. Es necesario un cambio, empezar de cero, sin ayuda de nadie. La joven pareja se traslada a Madrid e inicia una nueva vida desde la nada absoluta, pero con la intención de superar las adversidades cuanto antes. Lo importante es conseguir ayuda y consejo de quien puede dártelos. Lo que suceda después dependerá del grado de vulgaridad con el que uno afronte el destino.

El tema de la vulgaridad no es baladí en la novela. Eva, la esposa de Carlos, se escudará tras una pátina de exquisitez cultural y social, y todo cuanto huela a vulgar o suene a vulgar, no tendrá cabida en su órbita. Esta situación ahoga a Carlos. Él sí necesita mancharse las manos, él sí se ve obligado a buscar donde aplacar unos deseos que son sexuales, pero que tienen que ver también con la carencia de una realidad que no sea la aséptica que se le ha impuesto en casa. Carlos tendrá amantes, Carlos viajará por negocios, Carlos cederá ante la insistencia de su esposa de que su hijo estudie en un colegio francés. Rafael Chirbes posee la envidiable virtud de, con recursos que se nos atojan esenciales, reproducir un mundo complejo, ubicado en el mapa del alma. Su prosa alcanza el acierto de mostrarnos la verdad de un hombre sin necesidad de moralina alguna por parte del propio narrador. Éste expone, nos abre el abanico de fotografías que conforman su vida y nos da ocasión de conocerlo. Ni juzga ni nos invita a juzgar. Así fueron las cosas, así lo son ahora. Si acaso, a través de él, es posible que el autor nos esté diciendo que las causas de su infelicidad tienen su razón de ser en un estado de cosas, y que ese estado de cosas no es el mejor para que se desarrolle con eficiencia la vida de un hombre y su familia. No podemos negar, disfrazar la verdad, porque del mismo modo que la naturaleza tarde o temprano arrasa aquellos obstáculos que artificiosamente han pretendido someterla, la verdad rompe el velo que impone el disfraz hecho de palabra muerta, de reuniones e idas a conciertos, de rechazo de lo vulgar. Rafael Chirbes ha escrito una novela limpia, como si a fuerza de pasarle un cepillo de carpintero hubiese pulido el material del que está hecha: ni más ni menos que de palabras imprescindibles.

domingo, 17 de octubre de 2010

Por cuenta propia


Hay lecturas que golpean la conciencia, que, cuando las acabas, te hacen considerarlas imprescindibles porque ya no eres igual, o piensas igual, o te ves igual a como eras antes de iniciarlas. Puede parecer exagerado afirmar algo así, pero es sabido que a lo largo de nuestra vida hay experiencias que despiertan un sentimiento o una idea que puede que ya estuvieran presentes pero que permanecían aletargadas, igual que muertas. La lectura de determinados libros supone una experiencia de este tipo, y la de Por cuenta propia, ensayo escrito por Rafael Chirbes, ha venido a corroborar lo dicho: antes de abrirlo intuía determinadas impresiones; después de acabado, tales impresiones se han convertido en certezas, a partir de las cuales mi visión de le literatura ya no es la misma, ni mejor ni peor, distinta y pienso que más enriquecedora. No voy a exponer aquí las ideas que desarrolla Chirbes, si acaso las mencionaré por encima porque no me veo capaz de sintetizar en una entrada lo que el autor desarrolla durante 294 páginas de prosa fluida, uno de los valores nada desdeñables del libro, uno de sus logros. La maestría narrativa de Rafael Chirbes como novelista la ha usado para hablarnos de aspectos que en manos de un filólogo habrían quedado velados probablemente tras una cortina de erudición huera para un lector normal. Muy al contrario, cada uno de los pequeños ensayos o artículos que aparecen aquí recogidos son verdaderas piezas maestras de cómo debe afrontar un escritor su propio oficio, opinando sobre él, defendiendo una ética literaria que después de todo es la armazón que sostiene su obra. La estética de la novela, creo que viene a decir, parte no de una voluntad exclusiva del narrador -que casi siempre desconoce, hasta que no acaba su obra, el tema y el instrumento que usa-, sino de la misma realidad que le sirve de base y de la que él es ingrediente, sujeto sacudido por los avatares del devenir. Al escribir, el novelista organiza el lenguaje de una manera determinada, y esa manera muestra las tensiones que la sociedad implanta en el autor. Cuando Rafael Chirbes decide hablar de un puñado de autores, el criterio que le mueve a espigar entre tantos que han existido, que forman parte de la historia literaria, tiene su razón en lo expuesto (mal) anteriormente, y por eso dedica varias páginas a Pérez Galdós, a Max Aub, a La Celestina, al Quijote, autores y obras que surgen de una conciencia del lenguaje como reflejo del mundo, no como herramienta anquilosada que nada expresa salvo su propia inutilidad comunicativa. Por eso ataca a quienes atacaron a Galdós por considerarlo un mal escritor; a quienes arremetieron contra Max Aub por homenajearlo en alguna de sus novelas. La Celestina, en ese sentido, es un reflejo de los cambios que están sucediendo en el mundo donde nació. Su discurso rompe con el que se enseña en las universidades de la época y, sin ser un reflejo exacto de lo que se habla en la calle, permite que putas y delincuentes usen de argumentaciones elevadas, al tiempo que burgueses y nobles recurran a lo ordinario para comunicar sus ideas y sentimientos. Manuel Vázquez Montalbán, Andrés Barba, Vargas Llosa son algunos otros de los autores a los que dedica un espacio para alabar cómo han sabido retratar la historia de la que han formado o forman parte, consiguiendo que sus novelas recojan el aire que respiraron y que de este modo, en el futuro, cualquier lector que abra sus páginas pueda respirar el mismo. En la novela, dice Chirbes, la autoridad del relato no procede de la fidelidad precisa a los hechos, sino de la organización de la propia narración, que ha de suprimir el recelo del lector y convertirlo en cómplice a partir de una verdad interior, de una lógica que no es otra que su textura moral y que, en su más noble espacio, tiene que ver con el conocimiento, con ese papel de pequeño juguete que ayuda a entender los mecanismos del gran juego de la vida…, y que en su vertiente espuria tiene que ver con la seducción. Una ficción lograda, escribe mencionando a Vargas Llosa, encarna la subjetividad de una época.

viernes, 8 de octubre de 2010

Los invictos


Regreso a Faulkner por medio de una novela de título Los invictos, que hace referencia a aquellas gentes que, viviendo en el Sur de lo que en el futuro será los actuales Estados Unidos de América, se resistieron a darse por vencidos pese a que perdieron la guerra de Secesión. El universo de Faulkner no deja indiferente al lector y, por muchas novelas suyas que lea, siempre le asombra, le inquieta, le hace pensar que modos de narrar como éste son únicos, exclusivos de un escritor irrepetible que supo escenificar sus historias como si se desarrollaran en el interior de un sueño que a veces se convierte en pesadilla. Entre sus técnicas, entre tal vez sus poderes demiúrgicos, se encuentra la de dar voz a unos personajes inusuales. Bayard Sartoris es el narrador testigo de lo que se nos cuenta, protagonista de alguno de los episodios que va desgranando desde un futuro inmediato a los hechos, que le sirve para ofrecernos una visión alucinada de parte de la historia de su país. La novela recoge varios años de su vida, de los diez a los veinticuatro, momento en el que la guerra entre Confederados y Yankis removerá las aguas estancadas de un mundo bien hecho, en el que el hombre negro es esclavo del blanco, y en el que las razones con las que se justifica cualquier decisión destinada a que su andamiaje se sostenga igual de firme, no se basan en una ley hecha por los hombres, sino en una que parece haber sido grabada a fuego por los dioses. La voz de Bayard narrador va cambiando conforme la ajusta a una edad distinta en función del episodio narrado. Así, la ingenuidad del inicio, cuando con diez años ve por primera vez desde detrás de un seto la figura a caballo de un soldado yanki, se transmuta en voz reflexiva al final, con ya veinticuatro años, momento en el que debe vengar, según los principios que rigen las relaciones sociales entre caballeros sureños, a su padre, John Sartoris, rebelde empeñado en continuar un conflicto que, pese a su tozudez, está resuelto desde hace tiempo. El empeño de Faulkner, sin embargo, se me antoja el de desmitificador de una Historia que el cine de su tiempo está mostrando digna de emulación, baúl en el que se guardan las esencias de una nación que no tiene apenas pasado, que se está formando aún, que precisa de modelos en los que mirarse.

Son sobrecogedoras aquellas escenas en las que una muchedumbre humana formada por negros de toda edad, de repente libres, marcha por los caminos hacia lo que consideran río Jordán, una promesa de la que no saben ni imaginan nada, salvo que ya no tienen amo al que servir y, por tanto, lugar en el que quedarse. Sorprende la forma con que las mujeres afrontan el presente que les ha tocado vivir, sin concesión ninguna al desánimo, luchadoras acérrimas por defender lo que ellas creen que es lo justo. No precisan de armas, les basta con su insistencia, con su manera de presentarse ante aquellos que saben sus enemigos, pero que por encima de todo son hombres que se acobardan cuando tienen que tratar con señoras. Es de ellas, y no de su padre, hombre cruel y despótico, de las que aprende Bayard cómo hay que tratar con sus iguales. De ahí que se me ocurra decir que en Los invictos no son dos mundos política y socialmente contrarios los que se enfrentan, el del Sur y el Norte, son los de las mujeres y los hombres los opuestos, siendo así que en el instante en que una de ellas, Drusilla, prima de Bayard y sobrina de John Sartoris, decide incorporarse al grupo de éste último para combatir a las fuerzas ocupantes, sus maneras se hacen rudas y su pensamiento lo gobierna una lógica que conduce a la muerte de los otros, si es que éstos no cumplen con lo que se espera de ellos.

martes, 28 de septiembre de 2010

La arboleda perdida


He disfrutado estos días con una autobiografía, la de Rafael Alberti. La obra la presenta dividida en dos partes: una dedicada a su infancia gaditana, la otra a su juventud en Madrid, ciudad a la que lo condujo la necesidad de un cambio en su familia. Ambas fueron escritas durante su exilio. Ya se sabe que aquellos que debieron huir de una España esquilmada por su guerra fratricida, se exiliaron dos veces. La mayoría acabó en Francia, unos en París, otros en campos de concentración, unos pocos en pueblos próximos a la frontera, caso de Antonio Machado, que murió en Colliure. Alberti llegó a París. Y mientras sobre la ciudad se cernía una amenaza acaso más peligrosa que la del fascismo vencedor en la Península, escribió las páginas que recogen su niñez en las playas y tejados de su ciudad, bajo la luz de un cielo vivificador que los citaba, a los alumnos jesuitas, para que abandonaran las clases tristes y correr desnudos hasta la orilla del mar, donde bañarse y experimentar la vida fuera de toda norma. Más tarde, en Argentina, recuperaría el proyecto de la autobiografía, e inició la segunda parte, la dedicada a ese periodo magnético para el lector, que ve desfilar ante sus ojos a las mayores figuras intelectuales y literarias de aquel momento, el que fue del año veinte al treinta, década prodigiosa que dio a luz una generación de poetas que cambiaron la historia de la literatura española. Lorca, Dámaso Alonso, Aleixandre, Gerardo Diego, Luis Cernuda, Salinas…y otras figuras menos conocidas, pero igual de importantes por su labor a la sombra de los mencionados, aparecen caracterizados por sus virtudes y sus defectos, los que en ellos vio Alberti, joven mal estudiante que, ante la sabiduría de los que eran profesores universitarios, que simultaneaban el ejercicio de la poesía con el estudio exhaustivo de los clásicos, no podía por más que sentirse inferior. Especialmente jugosos son los párrafos que dedica a la figura de Juan Ramón Jiménez, maestro admirado a la par que odiado por algunos de ellos, al que el éxito y ocurrencias de sus discípulos provocó reacciones airadas, insultantes, con mala fe. No menos brillantes son las que hablan del homenaje que se dedicó a Góngora, al denostado poeta culteranista, que vio recuperada y enaltecida su figura a manos de una juventud entusiasta que, si bien optó por la sencillez y lo popular en sus primeros poemas, comprendieron pronto que aquella era una veta exprimida y que el valor de la poesía se halla en su forma, en el rigor con el que se expresa un pensamiento profundo. Consecuencia de que la Academia se desentendiera del homenaje, fue que algunos de los más atrevidos miembros del grupo nominado del 27 fueran a vaciar sus vejigas a los muros del edificio que alberga aún a la RAE. Con todo, Alberti quiso ser pintor desde edad temprana, y en Madrid procuró afinar su técnica acudiendo a parques o al Museo del Prado, a copiar a los grandes maestros expuestos. La poesía llegaría más tarde, sin aviso, el mismo día en que murió su padre. Al pie de su lecho de muerte, Alberti escribió unos versos que atrajeron a otros, y éstos venían cosidos a otros más que, poco a poco, a lo largo de varios meses, fueron construyendo su Marinero en tierra. Hermoso libro éste. Un canto a la juventud, a la amistad y a la poesía, entonado por un hombre que fue elaborándolo en distintas etapas y lugares. Ahora que se ha generado una pequeña brecha entre admiradores del hombre poeta, y detractores del hombre político, conviene acercarse a su figura sin prejuicios, abriéndonos a una prosa considero que estupenda, aunque el propio Alberti la considerase excesivamente musical, contaminada por la melodía del verso. La arboleda perdida es un libro nostálgico, pero no triste; un pozo del que beber pequeños sorbos de vida inquieta, sacudida por el deseo imperioso de comunicar a través de la poesía cuanto preocupa a un hombre zarandeado por los vientos de la historia. No somos quién para librarnos del placer de su lectura solo porque algunos no quieran olvidar ni perdonen. Seríamos tontos si lo hiciéramos.

domingo, 19 de septiembre de 2010

Marina


A la hora de escoger lecturas para alumnos adolescentes nada habituados a tener un libro de ficción entre las manos, a uno se le abre un abanico de posibilidades prácticamente infinitas del que no es fácil espigar algún título atractivo que, además de calidad literaria, contenga los alicientes necesarios para que no resulte aburrido o raye. Este curso presente hemos aportado una novedad, la de Rebeldes, y continuamos con un valor seguro, el de Carlos Ruiz Zafón, que con sus novelas para jóvenes logra que el acto de leer no sea interpretado como un castigo. A mí, personalmente, Zafón no me gusta porque, entre otras cosas, a sus obras se le notan en exceso los costurones y no siempre usa del lenguaje con acierto. No le negaré, sin embargo, su capacidad para idear unas tramas muy atractivas y para crear unos ambientes inquietantes en que los personajes se mueven con absoluta soltura, su talento para atrapar al lector desde el inicio y no soltarlo hasta la última página, despeinado de tanta sacudida emocional y con las ropas arrugadas. Zafón domina los mecanismos de la literatura folletinesca y los explota con sabiduría. Sus personajes están bien trazados. Al joven que se acerca a sus historias no le supone ningún esfuerzo identificarse con ellos.

Marina cuenta la historia de Óscar Drai y Marina, dos jóvenes inmersos en una aventura que los llevará a intentar comprender qué está sucediendo en torno a una mujer misteriosa que cada cierto tiempo visita el cementerio de Sarrià, en Barcelona, y deposita sobre una lápida una rosa roja. En la superficie de la lápida hay grabado un dibujo, el de una mariposa negra que tiempo atrás fuera el emblema de una empresa llamada Vello-Granell, en la que trabajara Mijail Kolvenik, el verdadero personaje central de la novela, causante de todo cuanto de terrorífico sucede en ella. El escenario es la Barcelona de 1980, una ciudad que Zafón nos la presenta más brumosa que Londres y en la que llueve constantemente. Para quien la conoce, la escenografía resulta artificiosa, una suma de lugares comunes vinculados a la literatura de misterio y al drama gótico que tienen como marco, por lo común, paisajes próximos al atlántico, no un Mediterráneo de luminosidad perenne salvo contadas excepciones en invierno. Pero esto un adolescente no tiene por qué tenerlo en consideración. El argumento es lo bastante poderoso como para que detalles que afectan a su verosimilitud más superficial no perjudiquen el total disfrute del mismo. Importa más la peripecia de esas dos criaturas, Óscar y Marina, a las que mueve la mera curiosidad. Una curiosidad irresistible que los llevará por derroteros en los que se juegan literalmente la vida; al final de los cuales, sin embargo, conseguirán la información que poco a poco les permitirá conocer y comprender la naturaleza de un hombre visionario, pero loco. Mezcla de género de terror y policíaco, con gotas de novela gótica y melodrama, Marina ofrece un entretenimiento mayúsculo para lectores no muy exigentes en cuestiones puramente literarias. Zafón es consciente de ello y le he oído defender su oficio tal cual él lo ejerce. Opinión respetable, pero que impide que su obra alcance cotas de mayor altura, las que posibilitarían que un escritor popular pudiera codearse con otros que también vendieron mucho, pero que los años han convertido en clásicos incontestables: caso de Dickens, caso de Dumas, caso de Galdós.

lunes, 13 de septiembre de 2010

Rebeldes


Cuando buena parte de la literatura juvenil está invadida por vampiros y magos, al menos la más popular, reconforta leer un clásico como Rebeldes, de Susan E. Hilton, autora asimismo de La ley de la calle, novelas ambas llevadas a la pantalla por Francis F. Coppola en los años ochenta. Rebeldes va por su 60ª edición en España gracias a que su lectura obligatoria en muchos institutos de secundaria. Ello no le resta, sin embargo, valor literario. Rebeldes es una novela que atrapa y convence desde el inicio. La voz narradora es verosímil y lo que nos cuenta, pese a suceder en un barrio de una ciudad de EEUU, también; tal vez por que su autora, que escribió el libro con dieciséis años, sabía bien de lo que hablaba: de pandillas enfrentadas a muerte, de muchachos desarraigados familiar y socialmente, de amistad, de pérdida y sacrificio. Ponyboy vive con sus dos hermanos en la casa que antes albergara a su familia al completo. Los padres murieron en un accidente y los Curtis deben convencer a las autoridades para poder vivir juntos. El mayor es Darrel. Le sigue Sodapop. Todos pertenecen a una banda, la de los greasers, a los que caracteriza su indumentaria rockera y su pelo engominado, absolutamente grasiento. Viven en un barrio pobre, en un hogar pobre y tienen trabajos que sólo ejercen los pobres. Ponyboy es la esperanza. Buen estudiante y lector, tiene las herramientas necesarias para poder salir del agujero en el que están metidos él y sus hermanos junto a otro puñado de individuos greasers. Entre ellos destacan dos: Johnny y Dally. Johnny admira a Dally, es su héroe. Dally resulta violento, ha estado en prisión varias veces y tiene una pistola sin balas que utiliza para amedrentar a sus víctimas y adversarios. Los socials representan valores contrarios a los que poseen los greasers. Pertenecen a familias acomodadas, visten bien, y no soportan que los greasers hablen con sus chicas. El conflicto en la novela se inicia con el encuentro que tienen Dally, Johnny y Ponyboy en un cine con dos chicas soc. Una de ellas es novia de Bob, y éste será el causante, en parte involuntario, de toda la tragedia posterior. La historia nos la cuenta Ponyboy en 1ª persona. El relato resulta estremecedor. El realismo con el que retrata las costumbres y las escenas entre los personajes, también. No hay esperanza en este mundo de peleas y odios si tu orgullo se basa en defender tu derecho a llevar el pelo graso. El absurdo es evidente. Darrel, el hermano mayor, lo sabe. Por eso es tan duro con Ponyboy, por eso su renuncia a favor del pequeño, en cuyas manos está poder, si no cambiar el mundo, sí la vida que le ha tocado en suerte. En cierto momento de la novela, Johnny le pide a su amigo Ponyboy que nunca deje de ser dorado. Al principio Ponyboy no entiende qué está le queriendo decir con eso. Luego, al leer una carta suya, sabe de qué hablaba: de la inocencia. Johnny le ruega que siga siendo inocente, que no se acostumbre a lo que no deja de ser un modo de vivir necio. Su rebeldía no tiene sentido en el fondo. Si por un azar vencen en alguna pelea a los socials, no por ello dejarán de ser lo que son: individuos sin futuro, marginales, algunos incluso delincuentes carne de prisión. La salvación está en el instituto, en la literatura, en la escritura. Rebeldes es un ejercicio, una redacción escolar sincera que tal vez sea el único medio, el orificio por donde huir de la mediocridad que lo envuelve. Una mediocridad, no obstante, salpicada a veces por actitudes de galanía sureña.

El poema al que se hace mención es de Robert Frost.

De la Naturaleza el primer verde es oro,

su matiz más difícil de asir;

su más temprana hoja es flor,

pero por una hora tan solo.

Luego la hoja es hoja queda.

Así se abate el Edén de tristeza,

así se sume en el día el amanecer.

Nada dorado puede permanecer.

martes, 7 de septiembre de 2010

La luna de papel


Segunda de las novelas que leo dedicadas a Salvo Montalbano, el personaje de Andrea Camilleri, cuyo apellido, el del comisario, según supe hace tiempo, es un homenaje a Vázquez Montalbán. La luna de papel es su título. Se inicia con la denuncia de una desaparición, la de Angelo Pardo, hombre soltero, de profesión representante de productos farmacéuticos, aficionado a tener relaciones con mujeres hermosas. La persona que hace la denuncia es su hermana Michela. Acompaña al comisario hasta la casa de Angelo, ya que ella tiene las llaves, y Montalbano lo encuentra finalmente en un cuarto en la terraza del edificio con un tiro que le ha destrozado la cara, y el pene colgando fuera del pantalón. Todo indica que es un asesinato pasional, pero las pesquisas del comisario le permitirán descubrir una personalidad distinta a la que la hermana y presente amante de la víctima, Elena, conocen de él, descartando la primera impresión. La de éstas, su personalidad, también tiene gran importancia en la novela. La relación que mantiene la amante con Angelo es una relación adúltera, pues ella está casada con un profesor que le permite la infidelidad con la condición de que le cuente todos los detalles y no le oculte dónde y cuándo tendrá sus encuentros con Angelo. Michela mantiene, por su parte, un trato de dependencia unilateral que llega a ser enfermiza, lo que obliga a su hermano a tomar medidas contra ese control indeseado. El estudio de personajes, pues, resulta muy atractivo y es la base de esta obra redonda, con ciertos giros inesperados al final que la hacen más atractiva de lo que ya es de por sí. Si la novela de género policíaco tiene como uno de sus propósitos el conocimiento a fondo del alma humana, La luna de papel es una muestra fiel de ello. ¿Quién no ha creído alguna vez, cuando niño, en las historias que se nos contaban para explicar los misterios que nos asombran y preocupan a veces? ¿Quién, obnubilado por su belleza, no ha aceptado que la luna esté hecha de papel? Aquí la mentira es eje primordial del argumento y de la investigación llevada a cabo por Montalbano. Mentiras que nos consuelan, que nos hacen la vida más sencilla, que, pese a hacernos daño a veces, nos ayudan a sobrellevar los sinsabores, por sombríos o escabrosos que sean, los de Elena y Michela, también los de Salvo. Todos precisan engañar y auto engañarse. El paso del tiempo, como a Montalbano, no perdona a nadie.

sábado, 28 de agosto de 2010

El mapa de la vida


Supongo que en otras literaturas sucede lo mismo que en la nuestra, que hay autores que se conocen, que resultan populares porque colaboran en periódicos, porque intervienen en tertulias televisivas o radiofónicas, porque su obra es de fácil acceso; y otros que trabajan silentes, que sin otro empeño que el de su propia escritura, de tarde en tarde publican una novela que, sin llegar a ser conocida por el gran público, es alabada por la crítica, comentada en conciliábulos de lectores un mínimo exigentes, y cuyo nombre uno no asocia a ningún rostro. Tal es el caso de Adolfo García Ortega, autor de El comprador de aniversarios, autor de El mapa de la vida, un relato del que me quedan una docena de páginas por leer, de esas obras que se podrían seguir leyendo sin fatiga porque su prosa es envolvente y va directa al tuétano de las cosas y de los personajes, porque es una obra estandarte de determinados miedos o anhelos comunes de una población que, sin saberlo, necesita que alguien los exprese o bien por la palabra, o a través de imágenes, o con música; y García Ortega lo hace: dejar constancia de nuestro presente de un modo que resulta poco común entre los narradores contemporáneos, abordando un hecho que ha marcado nuestra historia (la de una ciudad, Madrid, presente como escenario pero también como personaje), el del atentado del 11 de mayo en los trenes de cercanías que arrasaron con la vida de varias docenas de personas.

El propósito de García Ortega, con todo, es más ambicioso que eso y nada fácil de explicar. Tres son los personajes centrales, vórtices alrededor de los cuales giran sucesos y personas vinculadas a ellos de algún modo, ya sean inmediatas o separadas en el espacio y en el tiempo: caso del pintor medieval Fra Angelico o de Giotto, caso de un preso en Guantánamo, caso de los hijos de Ada o la exmujer de Gabriel. Tres personajes, dos víctimas de los atentados, ya mencionados (a Ada la deflagración le sajó un pecho, a Gabriel prácticamente le destrozó una pierna), y Sayyid, un médico egipcio emigrante en España cuyas circunstancias le han ido acercando a los postulados más agresivos de una religión en la que no acaba de creer del todo, conforman un tríptico de experiencias, de perspectivas, hilos de los que el autor tira para hablarnos de la pobreza y del odio al infiel, del amor pasional, de amputaciones y besos, del miedo a la muerte y de ángeles. La mención a los ángeles es constante durante la lectura. Gabriel, como el joven ataviado con alas y de mirada amorosa de La Anunciación de Fra Angelico que se encuentra en El Prado y que a él le fascina, que le produce las mismas visiones que al pintor cuando lo estaba haciendo (la de una joven María amante de un muchacho hermoso que cada año acude a yacer con ella en secreto hasta su muerte), se considera un ángel, un superviviente, una anomalía en el devenir humano como anómalos son los mendigos, los emigrantes que duermen en los parques, que se ocultan en edificios abandonados, los terroristas que aguardan la orden de colocar una nueva bomba diluidos en la población... Ángeles son aquellos que vuelven a nacer, aquellos a los que la vida da una nueva oportunidad para despojarse de su pasado y volar cielos distintos, pero también los que siembran el caos.

García Ortega se enfrenta a un argumento complejísimo, a una maquinaria narrativa de altura de la que uno no puede por más que decir que contiene la esencia de nuestro tiempo pura, sin aditamentos ni conservantes, a flor de texto, como la fotografía hiperrealista de un rostro. Viajeros en aquellos trenes fatídicos, Gabriel y Ada renacen el mismo día en que casi doscientas personas murieron a manos de la sinrazón. Nada va a ser igual para ellos desde ese mismo instante en que ven morir a sus compañeros de asiento y de vagón, en que todo a su alrededor se descompone, es hecho añicos. El azar alcanzará a unirlos en una relación que se alarga varios meses durante los que van a descubrir su capacidad intrínseca para poder observar que cuanto les rodea es digno de admiración, pero también de temor. Un temor a que las escenas se repitan exactas a como se sucedieron durante y después del atentado. Su convencimiento de que nuevos terroristas preparan nuevas acciones se ve confirmada cuando en Londres las bombas cercenan la vida de medio centenar de ciudadanos. La vida es un acaso, un bosque frondoso en el que es necesario trazarse un mapa. Tal vez los ángeles sean los únicos que puedan guiarnos con bien a través de las adversidades, del dolor, del miedo profundo a todo lo que sea imprevisto. Puede que los ángeles seamos nosotros mismos, que ignoramos hasta qué punto somos capaces de trazarnos un camino que nos conduzca a la felicidad. Pero no hay que olvidar que los ángeles, básicamente, se dividen en dos clases: los que nos aconsejan bien y aquellos otros cuya perversidad va encaminada a provocar el mayor daño, hacia nosotros mismos y hacia los demás…

No sé si estos párrafos a vuelapluma, pero entusiastas, dan una ligera idea de qué va este El mapa de la vida. Supongo que no, porque, de tener mayores conocimientos, podría ser que me animara a escribir una auténtica tesis de iguales dimensiones que la novela, y no es el caso. Como lector, es mi obligación aconsejar a otros lectores que la lean. A lo largo de estas entradas he ido hablando de muchas otras obras y autores. Son pocas las que no me han gustado. El resto es buena literatura, en ocasiones excelente e imprescindible literatura. Con Adolfo García Ortega nos hallamos ante literatura necesaria, de esa que nos hace ser distintos a como éramos antes de iniciar su lectura, como distintos son Ada y Gabriel, Sayyid y Fra Angelico tras sus experiencias extremas, físicas y espirituales.

Una novela impactante que constituye un hermoso canto a la vida, se nos dice en la contraportada.

domingo, 15 de agosto de 2010

La paciencia de la araña


En estos días de vacaciones, de ciudad en ciudad por las carreteras peninsulares, durmiendo en hoteles acogedores donde caer rendido tras las visitas de rigor a catedrales, cafeterías y barrios de belleza admirable, tenía dos opciones a la hora de escoger lectura (si era leer lo que me apetecía antes de dormir a pierna suelta, siendo la alternativa contraria dejarse deslizar sin más preámbulos por los toboganes del sueño): una novela policiaca de Andrea Camilleri, o bien un novelón de Saramago titulado Historia del cerco de Lisboa. Mi propósito primero era hincar el diente a esta maravilla, pero cada vez que lo intentaba o miraba sus páginas amazacotadas de letras, sin un punto y aparte, sin un guión que introduzca las intervenciones de los personajes, me entraba tal pereza que cerraba el libro y escogía dormir. La necesidad de leer, sin embargo, acaba imponiéndose, e inicié La paciencia de la araña, historia protagonizada por Salvo Montalvano, policía de Vigàta, en Sicilia, octava entrega de la serie ideada por Camilleri, primera que leo de este autor. La novela aborda un caso de secuestro, el de una muchacha, Susana Mistretta, hija de un empresario venido a menos, por cuya liberación sus captores piden una suma imposible de pagar si no es que colabora un tío suyo, que sí posee esa suma. En la obra, claro está, no importa tanto el secuestro como lo que se oculta tras las razones del mismo. La pericia de Montalvano le llevará a descubrir secretos familiares, motivos mezquinos, la urdimbre de una telaraña fabricada a lo largo de mucho tiempo, pensada para una única y preciada víctima. Al mismo tiempo, el lector irá conociendo a este personaje herido física y emocionalmente, que mantiene una relación al parecer seria con Livia, su novia que vive y trabaja en Génova y que ha pasado con él unas semanas mientras se recupera de un disparo en el hombro. Ésto impide a Montalvano incorporarse a su comisaría de manera oficial, pero no colaborar en el caso a petición de sus jefes. Poco sé de Andrea Camilleri. Sí que es un escritor que se dio a conocer en su madurez gracias a este personaje, que conoce bien la isla en la que sitúa sus novelas (algunas de ellas de género histórico), y que ha creado un policía a la altura de otros tantos que tachonan la literatura policíaca europea de los últimos lustros: perfectamente verosímiles y angustiosamente humanos. Aquí, la conciencia de estar haciéndose mayor, la convicción de que la justicia no siempre acierta en sus veredictos, llevan a Montalvano a no condenar los actos delictivos que va conociendo durante el periplo de sus pesquisas y a ceder, finalmente, ante lo que considera un ajuste de cuentas calibrado, consecuente con el mal padecido, irreversible. Una novela, pues, que va más allá de la mera resolución de un caso, que nos descubre pesares que anidan en el alma de las gentes y en la tierra en la que habitan, una Sicilia de sentimientos extremos, malos y buenos.