jueves, 31 de marzo de 2011

Bartleby y compañía


La novela Bartleby, el escribiente la leí hace ya algún tiempo y me inquietó su protagonista de tal modo que cuando al final de la historia Melville expone el motivo de su desidia, el sentimiento predominante en mí hasta entonces se trocó en tristeza. Quien la haya leído, sabrá el motivo de que el escribiente Bartleby prefiriera no hacer lo que se le pide. Un motivo, en todo caso, lo suficientemente poderoso como para que una persona decida no actuar y comportarse igual que ausente. Bartleby y compañía, la obra de Vila-Matas, habla de aquellos escritores que habiendo escrito alguna vez, o sin escribir siquiera, deciden en un punto determinado de sus vidas desentenderse de la literatura y dedicarse a otra cosa, o bien suicidarse, siempre a causa de alguna razón no siempre bien explicada, pero en tal medida importante que hace inevitable su decisión. Debo confesar, sin embargo, que siendo un tema sumamente interesante, entiendo que acaso se le ha dado excesiva trascendencia. En esta obra, lejos de enfatizar, Vila-Matas lo que hace, pienso, es ironizar sobre esos autores adscritos al no y sobre sus razones, pues en el fondo lo que importa es la obra que tienen hecha. Para dejar claro que todo el libro, a mi entender, es una suerte de broma, a Vila-Matas no se le ocurre otra cosa que sacarse de la manga a un narrador jorobado, empleado en una oficina a imagen del Bartleby del título, pero también de Kafka o Pessoa, que se pide una baja de varias semanas para poder dedicarse por entero a la confección de unas notas a pie de página para un libro que no existe. La lista de escritores que alguna vez, o bien porque consideraron que el lenguaje no es lo suficientemente amplio como para reflejar todos y cada uno de los matices de la realidad, o bien porque tras una o dos novelas consideraron que ya lo habían dicho todo, optaron por callar y desaparecer del mundanal ruido, es muy numerosa, y el narrador se extiende con cada uno de ellos lo suficiente como para que el lector acabe convencido de que en la historia de la literatura occidental un gesto como éste no debe ser desdeñado, pero tampoco mitificado. Acaso lo más interesante del juego propuesto no sea la nómina de autores y sus motivos como el hecho de que tal vez el esfuerzo del narrador geperut que se nos dirige, estoy convencido que con voluntad de que sepamos de él, de convertirse en autor reconocible, esté condenado al ostracismo dada su propia personalidad y el tema escogido. La suerte es que el autor sea Vila-Matas, en cuyo caso era seguro que la obra llegaría a nosotros y de paso conoceríamos a todos esos desertores de la literatura empeñados en que su vida es acaso más importante que lo escrito, o que la literatura es un reflejo pobre de la verdadera novela que es nuestro propio existir; o a quienes desdeñaron los laurales y lo que hicieron fue simplemente escribir porque pensaron que ante todo es la literatura, y la vida el peaje necesario para poder acceder por la palabra mediante a su verdadero sentido. Personajes ilustres de la opción última: Salinger o Pynchon; de la primera, Rulfo o B. Traven, tal vez el más sobresaliente de los bartlebys, autor, entre otras, de El tesoro de Sierra Madre.

sábado, 26 de marzo de 2011

Tormento


En Tormento, los personajes que protagonizan la novela subordinan su felicidad a lo que hagan o digan quienes les rodean, estableciéndose entre ellos una red malsana de servidumbres, de tal forma que una pizca de dicha llevará aparejada un sinnúmero de disgustos ya pasados o por venir. Así, mujeres como Rosalía Pipaón de la Barca, esposa de Bringas, estará siempre pendiente de los vestidos gastados por el uso que la reina tiene a bien regalarle de tarde en tarde, procurándole con ello un gozo que exhibe ante quien se encuentra a mano; pero al mismo tiempo sufre porque su hija no es lo bastante mayor como para poder casarse con el ricachón de su primo político, Agustín Caballero, hombre hecho a sí mismo, con fortuna, cuyos negocios están en América, y que ha regresado a Madrid con la única idea de hallar consorte y establecerse con las comodidades propias de un burgués anglosajón. Se trata, sin embargo, de un hombre sumamente tímido pero con las ideas bien claras. Para cumplir su deseo, hará proposiciones a quien él cree es la mejor candidata, Amparo Emperador, mujer joven y guapa que se deja agasajar y consiente, pero que oculta un terrible secreto. Su felicidad, la de ambos, dependerá de cómo se desarrolle la relación de Amparo con un segundo pretendiente, del que quiere huir y no puede, un tal Pedro Polo, antiguo maestro y eclesiástico, al que destruye el deseo de poseer a una de las hijas huérfanas de su amigo Emperador; pero también de ella misma, el único personaje que no somete su voluntad solo a la de los otros, lo hace también a la suya débil, que no la deja vivir como quisiera. La novela es un toma y daca de alegrías y desengaños, y el lector, que atiende a los hechos desde la barrera, no sabe a qué carta quedarse, si a la de tomarse en serio cuanto se le explica, o a la de dejarse llevar del modo que pedía Cervantes, con regocijo y disfrutando del empeño. ¿Que cuál es este empeño? El que puso Galdós en aprovecharse de los detritos del folletín decimonómico, del que tantas cabezas lectoras alimentaron su fantasía.
Es ahí, en su carácter folletinesco, donde se encuentra el gran valor de esta novela que, junto al El doctor Centeno y La de Bringas, conforman una trilogía cerrada en sí misma. Galdós no ahorra ningún tipo de lance, estira hasta lo imposible las situaciones melodramáticas y logra, lo confieso, que un lector del siglo XXI viva, junto a la pobre Amparo, la angustia de no saber qué va a ser de su futuro. Aprovecha el autor, no obstante, para hacer un retrato feroz de la clase social pequeño-burguesa y funcionarial en un Madrid a punto de convertirse en escenario de una revolución popular que finalizará con la instauración de la primera de las dos Repúblicas vividas en España. El retrato de personajes es exaustivo y demoledor, convirtiendo en monigotes crueles a quienes dicen guiarse por sentimientos solidarios. La hipocresía campa a sus anchas, y el amor puro, o meramente acomodaticio, debe librar una dura batalla contra los intereses personales, contra la mezquindad y la avaricia. Vale que el folletín lleva al extremo cualquier muestra de deseo u odio, pero cuando se hace con la maestría de un autor como don Benito, permitiendo que sus criaturas se expresen con la voz propia de su casta, ya sea ésta moral o social, lo que se consigue es un retablo en el que las figuras que se nos muestran en él son calco de su sociedad. Lo que importa en esta novela, pues, no son tanto las vicisitudes de una pobre huérfana en las garras de un ser desalmado como lo es Pedro Polo (pese que es aquí donde el lector hallará mayor diversión), sino en cómo se muestra aquel modo de pensar cicatero en contraste con el sentir limpio de un hombre desprendido con sus parientes, libre de zarandajas políticas y religiosas, cuyo única intención, al regresar a España, era la de hallar un sitio en el que vivir tranquilo, acompañado de una mujer sencilla e inteligente con la que compartir su gozo.

lunes, 21 de marzo de 2011

La sed


Floreana es una isla situada en el archipiélago de las Galápagos. Es una isla de dimensiones reducidas en la que sólo viven cinco personas: la familia Herrmann y la pareja formada por Rita y el profesor Frantz Müller. El profesor Müller es un sabio. La razón de su estancia en la isla es su deseo de huir del mundanal ruido, que es Alemania, país donde es considerado uno de sus grandes pensadores. Müller vive para su obra. Rita es su discípula. La relación entre ambos es de respeto mutuo, no hay contacto carnal: uno escribe y cuida su huerto; la otra apoya al maestro, se encarga de la casa, se mueve desnuda en una actitud adánica que los hace presuntamente libres. Esta imagen idílica, sin embargo, quedará rota en el momento en que el mundo exterior irrumpa soez de mano de la condesa Von Kleber que, acompañada de Nic y Kraus, dos gigolós que se odian, pretenda convertir la isla en un centro de turismo para gente rica que necesite vivir en comunión con la Naturaleza.
El tópico del locus amoenus y del beatus ille George Simenon los sacude, les da la vuelta como a un guante, y lo que en principio parecía ser una novela sobre las bondades de la vida retirada, se convierte en una suerte de crónica del infierno, un infierno en el que los personajes se muestran suspicaces, cobardes y cruelmente violentos, movidos por una necesidad enfermiza de boato en unos, de apartamiento en otros, que los transforma en títeres desmadejados. A la razón del profesor Müller se opone el capricho de la condesa y la locura del hijo de los Herrmann, que dispara y mata a cuanto bicho de cuatro patas se cruza en su camino. La sed, su título, hace referencia a la paulatina escasez de agua en la isla luego de que haya finalizado el periodo de lluvias. Eso provocará una tensión insoportable, un estado de ánimo que conducirá a la desesperación. De habitantes confiados, en armonía con una Naturaleza que se muestra tan generosa con ellos como esquiva cuando corresponde, pasan a ser náufragos angustiados por una situación en la que todos han ejercido un papel culpable. Solo cuando llevemos mediada la historia, empezaremos a comprender la actitud de algunos, pero ya será tarde para resarcirlos de la opinión que nos merecen.
George Simenon, ese novelista que escribió igual que respiraba, nos lega una novela de lectura sencilla, pero de enorme calado moral, en la que todos son víctimas pero también ejecutores en un juego cuyo final es imposible que sea bueno.

miércoles, 16 de marzo de 2011

La mujer del teniente francés


Inicié la lectura de La mujer del teniente francés con cierto reparo, pero a las pocas páginas ya había sido atrapado por una historia que podría haber firmado cualquiera de los grandes novelistas del XIX. Muy pronto, sin embargo, comprendí que su autor, John Fowles, no se había propuesto solo imitar el modo de novelar de sus maestros, cosa que, por poco que un escritor se lo proponga, puede lograr sin miedo a hacer el ridículo (y de hecho son muchas las novelas escritas estos últimos años que siguen la estela de las que se escrbieron hace más de cien, con más o menos éxito), sino que, conscientemente moderno, lo que hace es narrar un argumento decimonómico auxiliándose de técnicas que corresponden al momento histórico en el que escribe, pero sin abusar de ellas. De este modo consigue que las vicisitudes de Charles, Sara y Ernestina (sin olvidar a Sam y Mary), las reproduzcamos tamizadas por una fina ironía, por un continuo contraste entre la época en la que se desarrollan, la victoriana, y la presente a lo largo de 1968. Con todo, esta manifestación del narrador-autor, no se produce hasta el capítulo XIII, y resulta cuanto menos sorprendente por el modo en que expresa un problema con el que supongo debieron enfrentarse los novelistas del XIX y el XX, pero también los del XXI: hasta qué punto los personajes que han creado o crean pueden llegar a actuar de manera independiente, ajenos a las decisiones que su creador toma respecto a su modo de ser y de comportarse. Y es que la historia recogida en La mujer del teniente francés posee todos los ingredientes como para que aquellos que la viven en el papel puedan arrogarse la potestad de proceder por su cuenta y riesgo, acaso molestos porque un ser superior los agite sentimentalmente, los use para demostrar que la época que les tocó en suerte no fue la mejor si lo que querían era ser honestos consigo mismos y con quienes los rodeaban. Poco a poco, sin embargo, y de manera casi imperceptible, el narrador irá sucumbiendo; pero también revelándose contra la tiranía de sus criaturas en un tour de force que conducirá a unos capítulos finales nada corrientes, poniendo a prueba a un lector que ansía igualmente concluir ese viaje perturbador (y siento la cursilería) por los paisajes del alma. Lo que hace John Fowles, pienso, es invitarnos a montar en una montaña rusa en la que debemos de tener bien asumida nuestra función. La sorpresa final es que, si creíamos estar viajando por un solo carril, equivocados andábamos, o tal vez burlados. Muy recomendable lectura ésta, sorprendente de principio a fin, con la que he vencido un prejuicio arraigado muchas veces sin motivo: el de pensar que muchas novelas, por su apariencia externa, o porque han sido llevadas al cine, y se desconoce quién es su autor, no poseen valor literario alguno. De hecho, hacía semanas que no disfrutaba tanto con la lectura como ahora. Con lo que me arrogo, en tanto que lector, el papel de entendido en la materia y aconsejarla.

lunes, 7 de marzo de 2011

La mujer del teniente francés (descubrimiento)


Hace unos días un amigo me llevó a dar un paseo por los Encantes de Barcelona con la promesa de que iba a enseñarme un puesto en el que podían encontrarse libros de interés a bajo precio. La mañana había amanecido ventosa y fría, pero con mucho sol, por lo que el mercado lo hallamos a rebosar de gente que deambulaba por entre las paradas más o menos bien armadas y las pilas de cachivaches. El puesto en cuestión se encuentra al fondo de la lonja, metido en una suerte de túnel de unos diez o quince metros de largo. El túnel está ocupado por estanterías y mesas en las que se amontonan los libros. Un tipo, sentado en una silla a la entrada del túnel, controla el zangoloteo de los posibles compradores. Aparte del pasaje, vigila asimismo una habitación o almacén en el que hay más libros apelotonados.
Al meternos hacia el interior del paso, lo primero que percibí fue un intenso olor a orina de gato, y me dije dónde ha venido a traerme mi amigo, sitio más roñoso es difícil de imaginar; pero como creo en su sagacidad para estar al corriente de lo que se oferta y vende, no tuve mayor problema en ponerme a hurgar entre las columnas de volúmenes que se extendían ante mí. Pronto los dedos estuvieron sucios de polvo. Con todo, al cabo de unos minutos de paciente búsqueda, pude dar con ejemplares bien conservados de libros que ya tengo, pero que para un lector que se inicia en esto de la literatura podrían servirle para empezar a reunir una bien surtida biblioteca en su casa.
Uno de los libros que hallé fue un volumen editado por Argos-Vergara en 1982. Su título, La mujer del teniente francés. Era un volumen con las páginas amarillas de viejas, pero en perfecto estado, protegido por una funda o portada falsa en la que aparece una foto de la pareja que protagonizó la versión cinematográfica, esto es, Jeremy Iron y Meryl Streep. Los dos aparecen muy jóvenes. Yo no he visto la película, pero recuerdo que en su momento tuvo un gran éxito. Tras informarme ahora, compruebo que fue nominada a cinco premios Óscar, entre ellos al de mejor actriz. Por no saber, ni siquiera sabía que la película estuviese basada en una novela y, al verla en ese montón de libros, lo primero que pensé es que se trataba de un best seller como tantos otros que han servido para que Holliwood pudiera nutrirse. Mi amigo, que es profesor de literatura contemporánea, me preguntó si la había leído y le contesté que no. Pues no dudes en comprártela, me sugirió, es una novela excelente.
Pensé que me estaba gastando una broma. Luego, ante su insistencia, cedí y la compré. Me costó un euro. Los otros dos títulos que acabé adquiriendo son Corre, conejo y El grupo. Ya fuera de los Encantes, mi amigo me confesó que esa misma semana pensaba hablar en una de sus clases de John Fowles, el autor de La mujer del teniente francés, porque con su novela había logrado una historia puramente decimonómica armada sobre un juego de referencias y apelaciones al lector que la hacen sumamente atractiva para aquellos alumnos interesados en los mecanismos de la escritura. Confieso que me dejó algo perplejo. Seguía convencido de que había comprado un best seller destinado a ocupar un espacio secundario en mi estantería, pero aquella información que se me estaba ofreciendo empezaba a hacer de la novela un plato exquisito. Hay un momento, me dijo, en el que el narrador se despoja de su máscara y se muestra ante el lector tal cual, inquieto porque los personajes no se le vayan de las manos, porque el andamio que está levantando no se le desmorone y quede hecho ruinas. Quiso leerme el momento de la historia en el que eso ocurre, y le dije que no, que ya lo haría yo por mi cuenta, ansioso por iniciar la que prometía ser una lectura enriquecedora. Y lo está siendo, vaya si lo está siendo. Y entre las cosas que puedo resaltar de ella, a la espera de poder dedicarle mayor comentario, es que tratándose de una novela histórica a imitación de las que escribieron autores insignes de origen británico, resulta de una modernidad extraordinaria. Lástima que no la haya podido descubrir hasta ahora. Pero, como dijo aquél, qué envidia no haber leído el Quijote, porque quien lo haga por primera vez vivirá la experiencia de gozarlo plenamente.

viernes, 4 de marzo de 2011

La fiesta del oso


Es muy tentador alimentar un mito sobre la base de lo que pudo haber sido y no fue. Cuando alguien desaparece en una huida provocada por la derrota en una guerra, y no se vuelve a saber de él, a quienes quedan, sus familiares y amigos, no les quedará más consuelo que el hacerse cábalas sobre lo que puede o no haberle ocurrido. Entre las múltiples posibilidades hay dos que no por opuestas dejan de ser lógicas: o bien que haya muerto, o bien que haya conseguido sobrevivir y acaso algún día regrese y los sorprenda. La historia que propone Jordi Soler en La fiesta del oso parte de la premisa expuesta. El narrador, durante toda su vida, ha creído a pies juntillas que su tío Oriol, republicano herido en una pierna, murió mientras ascendía las montañas que separaban el mundo por el que había luchado, del país donde sus compatriotas hallarían una acogida si no hostil, no todo lo cordial que habían esperado. Su muerte, además, se hallaba reputada por un acto a todas luces heroico: en su marcha por el monte nevado, sin sentir su pierna herida, cargó durante kilómetros con el cuerpo de un compañero demasiado débil como para hacer por sí solo el camino. Testigo del hecho fue otro soldado que logró sobrevivir, pero que nunca aseguró que Oriol muriera. Tal incertidumbre hizo posible que el hermano de Oriol, Arcadi, construyera a su vez un final muy distinto al del narrador. Puesto que Oriol tocaba el piano, pensó, no era descabellado imaginar que acaso se le hubiera presentado la ocasión, una vez a salvo, de encontrar trabajo en alguna orquesta de renombre, y a partir de ahí, iniciar una exitosa vida como concertista.
La novela propone unos hechos que se asientan sobre los cimientos de la imaginación y de la esperanza, pero que, una vez el narrador tope con quien le proporcione información inédita, y hasta entonces inimaginable, de su tío, caerán derruidos, tremendamente absurdos frente a una realidad que acabará imponiéndose desmitificadora y cruel, con mayor fuerza novelesca que el cuento perpetrado a partir de la nada. En esta ruptura con lo puramente imaginado va a tener gran importancia un personaje de los que quedan para la historia de la literatura, un hombre llamado Noviembre Mestre cuya particularidad es su enorme estatura, que lo convierte en un gigante. Noviembre vive a solas, es algo idiota, cuida de un puñado de cabras, y su mundo se reduce a los prados y montes que rodean su cabaña. Será él quien, en sesiones que se prolongan a lo largo de varias semanas, irá dando noticia al narrador de lo sucedido con su tío Oriol y con él mismo. Contar aquí su historia sería traicionar la novela. Vale decir, sin embargo, que lo que poco a poco va conociendo el narrador difiere por completo de las versiones que tanto él como Arcadi, hermano de Oriol, habían pergeñado movidos por la esperanza de volverlo a ver en un caso, y por la necesidad de tener un referente heroico, por el otro.
Mérito no menor, aparte de su originalísima historia, es el modo en que se nos narra. El estilo usado por Jordi Soler resulta hipnótico y, una vez se empieza a leer un capítulo, es como si se fuese tirando de un hilo al que van quedando enganchadas continuas digresiones al caso, adjetivos precisos, información que anuncia lo que se va a contar más adelante, o que recoge cosas ya contadas, pero que sirven para dar a la narración una robustez no exenta de breves respiros que presagian giros inesperados, vueltas de tuerca que hacen de La fiesta del oso una novela muy atractiva, un ejercicio en el que parece decírsenos que el hábito no hace al monje. Que un hombre haya defendido la República contra el fascismo, que pertenezca a la burguesía barcelonesa y toque el piano, no implica necesariamente que ese hombre sea un dechado de virtudes. Como tampoco debe entenderse que alguien de aparencia monstruosa tenga que comportarse como un monstruo. No nos dejemos engañar tampoco por la portada que propone la edición de Mondadori. Ésta no es una novela sobre la Guerra Civil, al menos no es "otra novela sobre la Guerra Civil". Es una novela sobre la maldad y la bondad, y sobre cómo tendemos a rellenar los huecos que nos afectan con la masilla de la ficción, que tanto poder tranquilizador posee.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Cuestión de fe


El comisario Brunetti es uno de esos personajes literarios que habitan la geografía ocupada por un género novelístico llamado policíaco. Su cultivo estos últimos lustros ha hecho posible que el lector, más partidario de la novela etiquetada negra, se haya reconciliado con un modo de hacer que autores como Donna Leon han sabido mejorar con una parte de crítica social inteligente, y con una generosa paletada de humanidad en sus personajes que se hecha de menos en escritoras como Agatha Christie. Cuestión de fe, que yo sepa, es la última de las historias dedicadas a Brunetti y, como en las otras anteriores, lo que sucede lo hace en la ciudad donde ejerce su oficio de comisario, en una Venecia asaltada por masas de turistas que ocupan plazas y calles, entorpeciendo la labor de los policías. La novela se inicia con una conversación entre Brunetti y el inspector Vianello, compañero y amigo suyo. El inspector Vianello está preocupado porque su tía se ha dejado seducir por uno de esos tipos que se dedican a embaucar a gente predispuesta, haciéndola creer que posee medios para curar enfermedades graves. Los medios consisten en unas infusiones hechas con hierbas milagrosas. El precio de las mismas hace que, como efecto secundario, la persona curada pierda en igual medida su dinero, no pudiendo la familia hacer nada por evitarlo, ya que lo que mueve finalmente a quien acude en ayuda de un milagro al sanador, no es otra cosa que fe. Y la fe, bien lo sabe Vianello, no es arma contra la que se pueda combatir con razonamientos.
Paralelamente a este caso, a Brunetti le llega, también a través de una conversación con su amigo Brusca, la noticia de que en el Tribunal de Justicia de Venecia se están produciendo casos de corrupción a pequeña escala en los que, de modo más bien directo, se encuentra involucrada una juez. Entre las personas que pueden tener alguna relación con el caso, se halla Araldo Fontana, un ujier que aparece asesinado en el patio de la casa en que vive. Conforme avanzamos en la novela, como toda buena novela policíaca, iremos advirtiendo que no todo lo que sucede en ella posee una sola explicación. Los seres humanos tenemos vidas paralelas y nos movemos por pasillos al que corresponde otro por el que avanza un igual haciendo de las suyas.
La novela, haciendo gala de su pertenencia a la tradición negra, recoge temas presentes que no pueden dejar de preocuparnos: la corrupción judicial y política, y la proliferación de astrólogos y pitonisas en los medios de comunicación. El tratamiento, sin embargo, no lleva aparejado el pesimismo latente de los clásicos. Brunetti no es un romántico, Brunetti es un funcionario al que no deja de indignarle lo que sucede en su país, Italia, y más concretamente lo que sucede en Venecia. Sus reacciones, sin embargo, son las que cabe esperarse en un ciudadano honrado casado con una profesora universitaria, con dos hijos adolescentes, y al que le gusta sentarse con un vaso de vino en una mano y en la otra un libro de historia antigua. La justicia que defiende es una justicia oficial. Cumplida su obligación, el premio es la posibilidad de retirarse unos días con su familia a las montañas en el norte, lejos del calor asfixiante de Venecia. Es un policía, pues, que no conoce la soledad ni los demonios interiores.

jueves, 17 de febrero de 2011

La carretera


Leí La carretera hace un par de años, y he regresado a ella acuciado por una necesidad extraña, como si con aquel primer acercamiento no hubiera tenido bastante para apreciar, en mi humilde opinión, esta maravilla de la literatura contemporánea escrita por uno de esos autores que no se dejan ver demasiado pero que legará a las generaciones futuras una colección de novelas impresionantes, cinceladas sobre una verdad que conmueve y maravilla. Porque La carretera, por encima de cualquier otra consideración, es ante todo una novela que conmueve hasta el mismo tuétano. En un mundo devastado por no se sabe qué causa, cubierto todo él por una capa de ceniza que cubre campos arrasados por el fuego, bajo un cielo encapotado que no deja pasar un solo rayo de luz, un hombre y su hijo caminan procurando no apartarse demasiado de una carretera interestatal camino de donde el padre cree que hallarán cobijo, en una región donde el frío no sea tanto, allá en el sur. Para guiarse llevan un mapa hecho pedazos. Sus pertenencias las arrastran consigo metidas en un carro de la compra. Están sucios, visten ropas harapientas, los pies los protegen del frío con trozos de tela que se atan cubiertas con plástico, apenas si tienen comida, se esconden y temen ser encontrados. El miedo gobierna sus días. Un miedo que al padre apenas si le permite dormir y que el niño no acaba de comprender. La humanidad, como si hubiese comprendido que cientos de años de civilización no han servido de mucho ante la vastedad de la tragedia que acaban de sufrir, y que no han podido o sabido evitar, parece haberse entregado a la degradación paulatina de lo que los distinguió como especie.
El niño, en su simplicidad demoledora, divide a quienes atisba de vez en cuando, a aquellos de los que encuentran huellas en casas derruidas o en la profundidad de los bosques, en buenos y malos, siendo los malos gentes degradadas al extremo de comportarse tal que animales depredadores, una suerte de lobos que atrapan y devoran a sus iguales. Padre e hijo pertenecen al bando de los buenos. Ellos no comen a sus semejantes, ellos no persiguen a los más débiles. Se limitan a sobrevivir en noches de negrura absoluta, a lo largo de jornadas interminables en las que el frío y la lluvia los castigan inclementes. El hambre es otra de las plagas que los hace sufrir. No hay nada que llevarse a la boca excepto los restos que van encontrando, conservas en lata que nadie ha logrado ver ocultas bajo tierra, en una especie de búnker, o en armarios mirados y remirados mil veces, pero en los que no es raro hallar un bote de alubias comestibles aún.
Es en este panorama descorazonador, en este mundo inhumano en el que la muerte puede llegar a aceptarse como una liberación, donde este hombre y su hijo viven una historia de amor desgarradora, una de esas relaciones que pienso quedarán esculpidas en mi memoria hasta el final. Quien sea padre experimentará un dolor intenso, una penuria que se ajusta a la que sufren los personajes, pues será inevitable que se pregunte qué haría en circunstancias iguales a las que padre e hijo sobrellevan mal que bien. Las escenas entre ambos se suceden con una naturalidad emocionante. Sus diálogos, no por concisos menos desgarradores, resultan asimismo memorables, y cuando se nos cuenta que el padre deja al niño para buscar alimento o cerciorarse de que no corren peligro, la angustia de que le suceda algo el lector la vive como propia.
No me es sencillo hablar de esta novela, de este autor al que admiro, porque creo que cualquier cosa que diga más sobre ella será mero adobo. Sólo invitar a quienes no conozcan a Cormac McCarthy , que lo descubran. Que empiecen, tal vez, con su Trilogía de la frontera, o con Meridiano de sangre, donde aparece uno de los malvados peores de la literatura. La carretera, para el final. Una novela que, pese a su tamaño muy inferior a las otras, no desmerece al resto en absoluto. Al contrario, considero que engrandece aún más a este autor indispensable, del que Javier Marías dijo, si no me equivoco, que si alguien realmente merece el premio Nobel de literatura no es otro que Cormac McCarthy.

lunes, 14 de febrero de 2011

El horizonte


Patrick Modiano hace una literatura distinta y El horizonte, novela publicada hace pocos meses por Anagrama, es una buena muestra. Lo que se nos cuenta en ella sucede en una nebulosa extraña, como si el tiempo no fuese la medida adecuada para calibrar los acontecimientos narrados y sus personajes, Jean Bosmans, Margaret Le Coz, Boyaval, no fuesen sino entes incorpóreos, fantasmas que se mueven en una realidad apenas física. Jean Bosmans recuerda, cuarenta años después, cómo conoció a Margaret durante una manifestación estudiantil. Y la recuerda al tiempo que transita las mismas calles de un París que no es el mismo de entonces. En cierto momento, recién acabada la lectura de una novela de ciencia-ficción, Bosmans piensa en la posibilidad de tal vez estar compartiendo espacio con personas que fueron y no son ya la misma, con él a sus veinte años, unos y otros moviéndose por pasadizos paralelos, mirándose unos a otros, pero sin que sea posible la comunicación. La duda de que sea así abre un horizonte de expectativas para este hombre de cuyo pasado va rememorando breves pasajes vinculados a su relación con una joven esquiva, Margaret, aya en casas en las que se siente protegida pero no siempre segura. De su pasado surge una figura inquietante, que la aterroriza, de la que el lector no sabe sino aquello que Margaret siente, nunca la verdad exacta. Boyaval la sigue, está obsesionado con ella. ¿Se trata realmente de un pervertido?, o, por el contrario, ¿es un individuo que no halla otro modo de comunicarse que no sea su agresividad contenida y muda? Todo sucede ambiguamente. Lejos de aturdir al lector, este modo de narrar lo va envolviendo, lo sitúa en una posición también ambigua y le imposibilita juzgar. Bosmans también tiene quien lo persigue. Una mujer de pelo rojo y un hombre que colgó los hábitos. ¿Sus padres? Es muy posible, pero nunca los menciona como tales. Tampoco se nos aclara que lo que se nos cuenta sea una historia de amor. Y sin embargo, cuando llegamos a su última página, no podemos dejar de pensar que lo sea. Una historia extraña, fascinante en la medida en que parecemos flotar sobre esta ciudad desdibujada, sobre unos personajes salidos de una niebla hecha de experiencia y años pasados.

martes, 8 de febrero de 2011

El candelabro enterrado


Setefan Zweig, al que he dedicado, con ésta, tres entradas en poco tiempo, sigue deparándome sorpresas y satisfacciones a partes iguales. La presente novela se distancia de las dos anteriores en cuanto a la temática y al marco en el que sitúa la acción. Nos hallamos en el año 455, en Roma, cuando los bárbaros hacen una de sus incursiones a la capital del Imperio, otra más después de que Alarico haya arrasado la ciudad, y saquean templos y casas particulares, arramblando con todo aquello que consideran de valor. Entre los objetos más preciados se encuentra el candelabro del título, que no es otro que la menorá, el candelabro de siete brazos símbolo de los judíos que, robado a su vez por los romanos del Templo de Salomón, se hallaba hasta ahora en posesión del emperador Máximo. La comunidad judía, al enterarse de lo sucedido, reacciona sin saber muy bien qué hacer, viendo cómo su objeto más preciado les es arrebatado de nuevo, aun a pesar de que no es materialmente suyo. El consejo de ancianos, sin embardo, decide seguir a las hordas vándalas en retirada hacia el puerto de Roma. Uno de ellos, a fin de que sea testigo de lo que van a hacer en defensa de su símbolo, despierta a su nieto de siete años y lo lleva consigo. Los viejos y el niño caminan durante toda la noche hasta llegar al mar, ya de mañana, y contemplan impotentes cómo la menorá es arrastrada por el barro y luego cargada en el barco sin ninguna contemplación. Será el niño, luego de que el anciano más sabio le haya estado instruyendo sobre la importancia del candelabro para el pueblo judío, el elegido por Dios, quien intente arrebatarlo inútilmente de manos del esclavo que lo carga a su espalda. La consecuencia de tal atrevimiento es que el niño se rompa el brazo, quedándole para siempre inservible, recuerdo doloroso de lo que sucedió aquella noche. La novela, pues, recoge un episodio crucial para la historia de occidente, pero sobre todo para la historia de los judíos, que, conforme se suceden los años, advierten que Dios, tal vez de modo inmerecido, los somete a pruebas que van más allá de su comprensión. Benjamín, que es el nombre del niño, y más tarde anciano patriarca, testigo único de aquel acontecimiento infausto, arrastrará toda su existencia con ese peso, obligado, a cuantos quieren conocer la historia, a contar lo ocurrido una vez y otra; una obligación que va más allá de la memoria y la palabra, que se extiende a la acción en el momento en el que la comunidad, después de tantos años, se entera de que el candelabro ha sido quitado a los bárbaros, que lo tenían en Cartago, y se halla ahora en Bizancio en manos de Justiniano, el Emperador.
La historia que nos cuenta Zweig centra su atención al cabo en el personaje central, Benjamín, y nos detalla, con la minuciosidad con que lo hace en sus otras novelas, el padecimiento de este hombre escogido, no se sabe bien por quién, si por Dios o los hombres, para preservar un objeto escurridizo. En cierto momento, para él, que es un anciano sin apenas fuerzas, cansado de que sea visto como una suerte de embajador, esta carga que sostiene se le antoja una condena. Pese a ello, hará lo imposible por llevar a cabo lo que le fue encargado desde tan pequeño, aun a riesgo de perder la vida y la fe en ello. Lo cierto es que leyendo este libro uno acaba obteniendo una información impagable del alma y del pueblo judíos, y entiende ciertas actitudes observadas en otras novelas que los tienen como protagonistas, ya sea para ensalzarlos o criticarlos. El candelabro enterrado se sitúa, así, en esa tradición tan enriquecedora, en la literatura de occidente, de los escritores de origen hebreo que a lo largo del siglo XX fueron dejando constancia de sus impresiones sobre la religión que les tocó en suerte. Zweig, este acercamiento lo hace de una manera diría que respetuosa, pero con un transfondo crítico a través de esa figura impresionante, la del viejo Benjamín esforzado por lograr lo que todos esperan de él, que la menorá regrese al sitio de donde fue robada hace cientos de años, a un Templo levantado de nuevo sobre una tierra que consideran sagrada. Porque una vez conseguido ésto, la propia inercia que implica una fe reforzada hará que el pueblo diseminado por el mundo regrese al hogar en torno al candelabro sagrado que da título a la historia. Pero no siempre, según sabemos, los augurios se cumplen.