miércoles, 2 de marzo de 2011

Cuestión de fe


El comisario Brunetti es uno de esos personajes literarios que habitan la geografía ocupada por un género novelístico llamado policíaco. Su cultivo estos últimos lustros ha hecho posible que el lector, más partidario de la novela etiquetada negra, se haya reconciliado con un modo de hacer que autores como Donna Leon han sabido mejorar con una parte de crítica social inteligente, y con una generosa paletada de humanidad en sus personajes que se hecha de menos en escritoras como Agatha Christie. Cuestión de fe, que yo sepa, es la última de las historias dedicadas a Brunetti y, como en las otras anteriores, lo que sucede lo hace en la ciudad donde ejerce su oficio de comisario, en una Venecia asaltada por masas de turistas que ocupan plazas y calles, entorpeciendo la labor de los policías. La novela se inicia con una conversación entre Brunetti y el inspector Vianello, compañero y amigo suyo. El inspector Vianello está preocupado porque su tía se ha dejado seducir por uno de esos tipos que se dedican a embaucar a gente predispuesta, haciéndola creer que posee medios para curar enfermedades graves. Los medios consisten en unas infusiones hechas con hierbas milagrosas. El precio de las mismas hace que, como efecto secundario, la persona curada pierda en igual medida su dinero, no pudiendo la familia hacer nada por evitarlo, ya que lo que mueve finalmente a quien acude en ayuda de un milagro al sanador, no es otra cosa que fe. Y la fe, bien lo sabe Vianello, no es arma contra la que se pueda combatir con razonamientos.
Paralelamente a este caso, a Brunetti le llega, también a través de una conversación con su amigo Brusca, la noticia de que en el Tribunal de Justicia de Venecia se están produciendo casos de corrupción a pequeña escala en los que, de modo más bien directo, se encuentra involucrada una juez. Entre las personas que pueden tener alguna relación con el caso, se halla Araldo Fontana, un ujier que aparece asesinado en el patio de la casa en que vive. Conforme avanzamos en la novela, como toda buena novela policíaca, iremos advirtiendo que no todo lo que sucede en ella posee una sola explicación. Los seres humanos tenemos vidas paralelas y nos movemos por pasillos al que corresponde otro por el que avanza un igual haciendo de las suyas.
La novela, haciendo gala de su pertenencia a la tradición negra, recoge temas presentes que no pueden dejar de preocuparnos: la corrupción judicial y política, y la proliferación de astrólogos y pitonisas en los medios de comunicación. El tratamiento, sin embargo, no lleva aparejado el pesimismo latente de los clásicos. Brunetti no es un romántico, Brunetti es un funcionario al que no deja de indignarle lo que sucede en su país, Italia, y más concretamente lo que sucede en Venecia. Sus reacciones, sin embargo, son las que cabe esperarse en un ciudadano honrado casado con una profesora universitaria, con dos hijos adolescentes, y al que le gusta sentarse con un vaso de vino en una mano y en la otra un libro de historia antigua. La justicia que defiende es una justicia oficial. Cumplida su obligación, el premio es la posibilidad de retirarse unos días con su familia a las montañas en el norte, lejos del calor asfixiante de Venecia. Es un policía, pues, que no conoce la soledad ni los demonios interiores.

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