lunes, 4 de enero de 2010

La mirada indiscreta


La dificultad de esta novela radica en el punto de vista del narrador. Contada en tercera persona, el narrador sólo cuenta aquello que ve, piensa y siente el personaje protagonista, Dominique, una solterona de cuarenta años que vive alojada en una habitación de su casa familiar; casa que comparte con un matrimonio joven al que tiene arrendado el cuarto vecino al suyo. Lo que leemos, pues, es como si nos lo contara la propia Dominique. Frente a su casa, ubicada en el Faubourg Saint-Honoré, hay un edificio en el que vive la familia Rouet. La compone el matrimonio formado por el señor y la señora Rouet, pequeños burgueses acomodados, y su hijo Hubert y esposa, Antoinette Rouet, que ocupan la planta a la misma altura que la de Dominique, por debajo de la de sus padres y suegros. Más arriba, en un cuartucho alquilado, se consume la vieja Augustine, igualmente soltera, igualmente interesada en la vida de quienes viven a su alrededor, imagen de lo que tal vez llegue a ser Dominique en el futuro. Luego están los Caille, la pareja de recién casados que viven al albur de sus caprichos, sin horarios, entregados al placer a cualquier hora, que entran y salen siempre alegres, preocupados solo de su felicidad, a los que de vez en cuando, si es que la curiosidad es mayor que su discreción, Dominique observa a través del ojo de la cerradura de una puerta que comunica ambas habitaciones. También observa a los inquilinos de enfrente, de los que conoce sus costumbres y miserias.

Dominique Salès es una mujer reprimida, educada en la severa tradición que impone un distanciamiento entre quienes se creen superiores y el resto de la humanidad, que considera sucio cuanto no se ajuste a una idea aséptica de la vida casi monacal que lleva. Y con todo, Dominique desearía no ser así y poder entregarse a un placer primitivo; pero como no puede, porque el peso de su conciencia es demasiado grande, proyecta su anhelo en otras personas y se identifica con ellas aunque esas personas se muevan sobre una cuerda floja de incertidumbre y malvivir. Desde su ventana, colocada tras ella de tal forma que no sea vista desde fuera, Dominique observa a la familia Rouet. Le interesa especialmente Antoinette, la joven esposa de Hubert. En ella se concentra todo aquello de lo que ella carece: ganas de vivir, rebeldía frente a sus suegros, temperamento. Cierto día la sorprende vaciando la medicina que necesita su esposo para superar una crisis en la tierra de una maceta. Hubert muere. ¿Se trata de un asesinato? Al principio Dominique decide actuar contra ella de manera anónima enviándole una nota. Luego, según se desarrollan los acontecimientos, la afinidad con la joven viuda aumenta y la obsesión crece. La dependencia emocional, al cabo, resulta insoportable. Todo ello, sin embargo, según apuntaba al principio, nos es narrado siempre desde la perspectiva de Dominique. Una perspectiva indiscreta, como señala el título, que tiene su punto de observación en la ventana de su cuarto, y desde donde imagina escenas que no ve, conversaciones que no oye, pensamientos que sólo pueden saberse desde la omnisciencia que procura la creación literaria. Dominique elabora un mundo a su medida que, no obstante, la hace infeliz. Sus incursiones fuera de los muros que la protegen, en pos de Antoinette, resultan patéticas. Es una mujer invisible a ojos de todos, que proyecta sus miedos y sus demonios en los demás y no siente alivio. Una mujer consumida antes de haber ardido su mecha…

Georges Simenon ha vuelto a sorprenderme. Es un gran novelista que construye personajes inolvidables, a medio camino entre lo que es correcto y el abismo de lo extraño. En el periodo en el que escribió buena parte de estas novelas ajenas a la serie Maigret, Europa se hallaba sumida en el abismo. Era el año 1942.

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