Leo una entrada en Los archivos de Justo Serna dedicada a Kafka y su Metamorfosis y constato que el contraste de impresiones a partir de una misma lectura enriquece la propia, pues Justo Serna aporta una reflexión que no se me ocurrió en su momento sobre el incio de la novela, cuando Gregorio Samsa se descubre, al despertar, convertido en un insecto, en un escarabajo mostruoso. Y es que el horror que experimenta el personaje en ese instante no radica tanto en haberse transformado, sino en comprobar que dicha transformación es real, que no sueña, que, puesto que es verídica, se prolongará en el tiempo, tal vez para siempre. El drama de Gregorio Samsa no es haberse convertido en un bicho repugnante, el drama de Gregorio Samsa es haber dejado de ser físicamente humano y tener que enfrentarse a esa realidad sin el consuelo del tal vez, del acaso, del abre los ojos y despierta. Con esa mañana infausta en la vida de Samsa se inicia un periodo de amoldamiento imposible, pues su ser hombre es y será incompatible con su ser insecto, de tal suerte que lo que sucede es más angustioso si cabe frente a esta evidencia, que nos incumbe a todos.
Miro alguna vez los libros que me rodean tal que guardianes de los cientos de mundos que contienen, y pienso en las historias que hay tras cada adquisición, tras cada compra o regalo, porque los libros, al menos los míos, no poseen solo el argumento de lo que cuentan sus palabras, poseen además la anécdota que llevó aparejada su descubrimiento y posterior posesión. No las recuerdo todas, evidentemente, pero sí muchas de ellas, el lugar donde los conseguí, el momento de mi vida en que tuve la suerte de encontrarlos, de leerlos después. Él último de los libros que se ha sumado a los que ya tengo es un obsequio. Es un libro de cuentos escrito por Rodrigo Urquiola, autor boliviano, muy joven, estudiante de literatura en la Universidad Mayor de San Andrés, según informa la solapa del volumen. Dicho libro fue editado en 2004 por la Editorial Gente Común, de Bolivia, y ha llegado a mis manos tras un largo viaje transoceánico y luego de varios correos electrónicos con su autor. Pienso en los golpes que habrá recibido por parte de los funcionarios de Correos, las veces que habrá sido sacudido en el interior de la saca que lo llevó de la sucursal de Chocolandia, en La Paz, al aeropuerto, durante el vuelo cada vez que se produjese alguna perturbación; ya en España, a manos de los empleados encargados de la descarga y transporte de paquetería recién llegada, y más tarde en las de los funcionarios nada cuidadosos en el trato que deben dispensar a todo objeto cuyo destinatario merece que se lo entreguen entero. El mío lo está, pese a todo. Me lo encontré metido en el buzón envuelto en un sobre de papel de estraza. Lo abrí enseguida. Un volumen de 123 páginas de título Eva y los espejos. En el interior del libro había una breve nota de su autor. Esto fue el jueves. Empecé a leerlo al día siguiente. Leí los dos primeros cuentos luego de estacionar el coche a dos manzanas del Instituto en el que trabajo. Eran las siete y media de la mañana y me quedaba tiempo aún para saborear su prosa con el regusto aún del primer café del día en mi boca. El sol empezaba a calentar con fuerza, la calle cobraba vida (vehículos y peatones en tránsito), y la anécdota siguió haciéndose junto con su lectura.
Ir sabiendo de nuevos autores. La red posibilita un acercamiento inmediato a escritores que rompen, o intentan hacerlo, con la literatura de viejo cuño. A poco que hurgues en los blogs y revistas literarias on-line hallas mención de tal o cual novela recién publicada, que está dando que hablar, pero de la que no conoces apenas nada porque en ocasiones los ecos no alcanzan. La curiosidad abre puertas a mundos, en ocasiones, exuberantes; a maneras distintas de comunicar las historias. Pueden gustar. Puede desagradar que el tuétano se haga forma. No deja, sin embargo, indiferente que pese al anunciado final de la ficción, veamos surgir nombres empeñados en aportar una visión distinta, ecléctica entre el cuento y la teoría, que revuelve las conciencias literarias en busca de un sumidero por donde escapar de lo lineal, de lo denotativo pluscuamperfecto. Pongo por caso Jorge, también Pola, o Julián Rodríguez.
Creo que una de las grandes aportaciones de series como Los Soprano o The Wirees haber popularizado modos de narrar adscritos hasta hace poco a películas menos comerciales y, en el caso de la literatura, a obras de lector curtido, experimentales, no siempre aptas, empeñadas en ir más allá, haciendo uso de técnicas novedosas inapropiadas a veces, pero que, en manos de grandes autores, han posibilitado la expresión de sentimientos vedados y de realidades incómodas. Acaso los autores sudamericanos fueron de los primeros en hacer llegar al gran público lector sus historias valiéndose de todas esas técnicas que revolucionaron el mundo de la novela, y tuvieron éxito porque supieron ajustar el contenido con el modo sin llegar a los extremos disparatados de algunos autores europeos, más preocupados en flirtear con el límite de la expresión que en decir cosas de sustancia. Uno sigue la primera temporada de Los Soprano, por ejemplo, y entiende enseguida que su papel de espectador no debe limitarse a mirar pasivamente lo que se le ofrece, pues sin su intervención la historia quedaría deslavazada. Los huecos argumentales, las elipsis, las referencias a sucesos ocurridos en episodios anteriores, obligan a participar, a llenar esas grietas con el conocimiento que se tenga de los personajes y sus actos, de modo que cuando uno acaba el disfrute de los trece capítulos que conforman esa temporada, comprende que lo que ha sucedido a lo largo de sus trece horas es algo asombroso, un prodigio de buen hacer narrativo. ¿A qué viene esta reflexión? Pues a que he iniciado la lectura de Los muertos, de Jorge Carrión, obra que toma como referente una serie televisiva de éxito, cuyo título es ese, Los muertos, y, al terminar la primera parte de la misma, se me ocurre que lo que hace Jorge Carrión es un juego muy interesante: tomar como modelo narrativo el de las series mencionadas, que no es más que un reflejo de los modelos literarios, y de este modo consigue un producto híbrido entre la literatura, en tanto que autor de la novela, y la ficción televisiva, en tanto que reproduce el argumento de una teleserie de repercusión planetaria. No es nuevo que lo cinematográfico influya sobre la literatura, pero en este caso no es la cámara, el seguimiento que se hace de los personajes, el modo de mirar, sino que la literatura influye sobre la propia literatura a través del cedazo de las series que estos últimos años han revolucionado el ámbito de lo ficcional.
La idea de la ciudad cambiante. Hans, su protagonista, al igual que Álvaro, su amigo español, tienen la sensación de que las calles de Wandernburgo cambian su disposición, que de un día para otro se han desplazado como si la ciudad estuviese viva. Un movimiento que no se limita a lo intestinal, es una urbe que se desplaza en el espacio, que, al albur de los acontecimientos históricos, cambia de lado de frontera, entre los estados de Sajonia y Prusia, y es un estandarte católico en territorio protestante, o lugar en territorio católico con ciudadanos protestantes entre su élite.
Se ha señalado el uso, por parte de Andrés Neuman, de técnicas literarias modernas para escribir una novela decimonómica. Franz es el nombre que recibe el perro del organillero. En cierto momento, el narrador penetra en la mente del perro. Nos cuenta qué mira y qué experimenta ante lo que ve y huele. Es un párrafo breve en una novela muy larga. Sorprende encontrárselo precisamente por eso, porque resulta inesperado que de improviso, el perro, a ojos del narrador, cobre un protagonismo esencial.
Lo más destacable para mí, sin embargo, es la figura de Sophie. Vale que el protagonista de la novela es Hans, ese viajero que se dirige a Dessau y se queda en Wandernburgo, del que no sabemos gran cosa salvo que ha visitado numerosos países, que es traductor al alemán de textos literarios escritos en otras lenguas europeas, y que posee conocimientos relacionados con todo tipo de saberes, lo que le permite rebatir, con argumentos consistentes en el salón de la casa Gottlieb, al profesor Meetter. Pero es Sophie, la hermosa e inteligente Sophie, la que lleva el peso de la trama, el eje en torno al cual giran todos los personajes de la novela. Andrés Neuman, es mi humilde opinión, no se ha limitado a transgredir códigos formales de la novela realista del diecinueve usando técnicas que son propias de la novela del veinte, sino que además cuenta una historia del diecinueve desde la perspectiva narrativa y moral del veintiuno. Esto es, al escoger una heroína para su novela, no se limita a retratarla conforme lo hicieron autores como Flaubert, Leopoldo Alas o Tolstoi con las suyas, que hurgaron en sus conciencias pero no se atrevieron a darles voz, a permitirles que manifestasen con sus actos y sus opiniones su sentir más profundo; Andrés Neuman crea un narrador menos atento a la gestualidad o a la tortura psicológica complaciente, empeñado, en cambio, en retratar sin tapujos y a decir sin censura, que observa y expone lo que ve libre de subterfugios. La mujer indecisa (llámese Emma, llámese Ana), martirizada por su conciencia, que se entrega al fin ciega de amor, se nos aparece aquí dueña de sus actos, con virtudes y máculas, bella y lasciva, capaz de, en un mundo de hombres, imponer un modo de ser que no se ajusta al molde pero que resulta mucho más verosímil que la visión irritantemente masculina de un Clarín, por ejemplo. (Aunque para la época, su personaje sacudido por el deseo, aburrido de cuanto se considera apropiado y bueno para ella, fuese todo un ejemplo de rebeldía dirigido a mujeres constreñidas bajo el peso de una sociedad oscurantista). Y eso es una de las cosas que más me han admirado: hallar un personaje femenino como sacado de una novela realista del XIX, pero visto desde la situación de un narrador del siglo XXI.
En cierto momento, Hans declara su opinión sobre la novela histórica en el salón de la casa Gottlieb; opinión que es en el fondo una declaración de principios en defensa de la novela que él mismo protagoniza.
...En cuanto a los argumentos, yo los veo vacíos. Llenos de acontecimientos pero vacíos de sentido, porque no interpretan su tiempo ni los orígenes del nuestro. No son realmente históricos. Los folletines utilizan la documentación como telón de fondo, en vez de tomarla como punto de partida para reflexionar. Sus argumentos casi nunca vinculan pasión y política, por ejemplo, o cultura y sentimientos... Por no hablar del estilo, ¡ay, el estilo de las novelas históricas! Con todos mis respetos, me cuesta entender que se sigan contando aventuras de caballeros como si no se hubiese escrito nada desde las novelas de caballerías. ¿Acaso el lenguaje no transcurre, no tiene también su historia?...
Creo que esta reflexión es perfectamente aplicable a la situación actual, en que la novela llamada histórica tiene tanto espacio en los estantes de las librerías como escasa exigencia documental.
Hacía tiempo que no me subyugaba tanto una novela. La leo con el entusiasmo del neófito que descubre nuevos mundos intuidos, jamás frecuentados. Podría hablarse muchas cosas de lo que se nos cuenta en El viajero del siglo y del modo en que se nos cuenta, pero esa es labor de teóricos y críticos, que de seguro tendrán hilo del que tirar y con el que urdir argumentos poderosos en defensa de su maestría. Solo puedo hablar como lector. Y como tal diré que en ocasiones, muy contadas, el azar me lleva al descubrimiento de obras que permanecerán en el recuerdo, que formarán parte de esa sustancia confusa y nutritiva de la que iré entresacando ideas que transformaré en propias para mis pinitos literarios, que darán pie a conversaciones con mi amigo D. y mi amigo J., que se alinearán entre aquellos otros títulos que conforman mi canon íntimo. Sabía de Andrés Neuman, conocía los elogios que le han dedicado otros autores, pero hasta ahora no había leído nada suyo por pereza, por no querer espigar entre tanta obra como se acumula en baldas y mesas de librería. Pero hace unas semanas me decidí por El viajero del siglo, entre otras razones porque ha aparecido editado en formato bolsillo y su precio resultaba asequible a una faltriquera que se resiente, como todas, ante los embates de una crisis económica, que no imaginativa. Pues esta historia, si algo desborda, es imaginación a raudales, y un modo de contar que me deja desconcertado por su fluidez y al mismo tiempo su profundidad. Imagino que no ha debido serle nada fácil al autor desarrollar las conversaciones filosóficas, literarias, políticas, religiosas, estéticas que se establecen en casa del señor Gottlieb, dirigidas por su hija Sophie, no tanto porque se muestren eruditas y bien fundadas, sino porque resultan asequibles a un lector de cultura media y ofrecen, de un modo en mi opinión inmejorable, brillante, una visión global, pero exhaustiva, de la Europa en la que sucede su argumento. Llevo su lectura mediada. La leo en el tren, en casa, en los ratos entre tarea y tarea; me sucede como a esos personajes que aparecen en Quimera del lector absorto, que quisiera meterme en el libro y compartir un rato la atmósfera en la que se mueven Hans y su amigo Urquijo, el organillero y su perro Franz. No he podido evitar, llevado por la emoción, hacer este breve comentario entusiasta, pues vuelvo a repetir que hacía tiempo que no respiraba unas palabras tan limpias, tan oxigenadas como estas que me ocupan: desde La carretera, desde Mira si yo te querré, desde Los anillos de Saturno... Me pesará llegar a su fin. Haré entonces un nuevo comentario, espero que mejor que éste.
“…leer era, precisamente, entrar en otro mundo, que no era el propio del lector, y regresar renovado, dispuesto a soportar con ecuanimidad las injusticias y frustraciones de este. Leer era un bálsamo, una diversión, no una incitación.”
Lo dice Susan Sontag en su novela El amante del volcán referido al Cavaliere, embajador británico en la corte de Nápoles, donde los cambios vuelven suspicaces a los monárquicos. Leer a los racionalistas, a los enciclopedistas del siglo de las luces, hace sospechoso al lector de ser un revolucionario al que se debe destruir, un enemigo del rey. El Cavaliere lee a Voltaire, disfruta de sus obras. Con ellas accede a otro mundo, el de la literatura, que no es el suyo, para regresar de él transmutado en otro hombre más sabio, al que se le ha dado conocer un territorio para su propio placer. Leer es un bálsamo, sí. Leer no puede incitarnos a actuar de determinada manera. La literatura con ideas no es literatura, es un panfleto que busca una reacción. El Cavaliere se divierte leyendo. Es, además, el favorito del rey. Otros menos afortunados, nobles como él, sucumbirán bajo el paso de las hordas. Son sospechosos. El pueblo, después de todo, odia a quienes viven mejor, sean o no simpatizantes de su causa. Sucede en Nápoles a caballo del siglo XVIII al XIX.
Hay autores a los que se ha leído en un momento dado y de los que después se olvida uno, pero que están ahí, que son parte esencial de la historia de la literatura, que hay que leerlos porque gustó ese único libro que se posee suyo y de los que de vez en cuando llegan noticias, aparecen reseñas, se habla tangencialmente. Es el caso de Guy de Maupassant. Leí, y poseo, en una edición de la antigua Bruguera, Bel ami, historia de la que guardo muy grata memoria; pero nunca hasta hoy mismo había leído ninguno de sus cuentos. Uno de ellos, Bola de sebo, está considerado tal vez el mejor que se haya escrito. Es el segundo de los que conforma la colección que, bajo el título de Cuentosesenciales, ha salido editada por Mondadori en su colección Debolsillo. Reúne un total de 119 narraciones a lo largo de 1261 páginas amazacotadas. Dudé antes de comprarlo. Su volumen, del tamaño aproximado al de un adoquín y con igual grosor, me amedrentó. Pensé: un libro de estas características solo puede leerse sentado y con un cojín a modo de atril donde apoyar las manos. En la cama, imposible. Podría descalabrarte si por un azar te quedases dormido y se te viniera encima. Así que el primer cuento, El papá de Simón, lo he degustado sentado a la mesa del escritorio. Su atractivo: el modo en que se sucede lo trágico del inicio y la ternura de hallar a un padre. No un padre cualquiera, sino a Philippe Remy, el herrero, del que todos nos sentiríamos orgullosos.
Hay libros leídos hace años de los que uno guarda grata memoria, pero de los que sabe que si los vuelve a leer no extraerá sino una profunda decepción, pues lo que en aquel tiempo le pareció formidable, ahora es posible que le resulte decepcionante. Otros, en cambio, siguen resistiendo el paso del tiempo. El lector está convencido de ello y los recupera del estante en el que aguardan prietos desde hace lustros. Por supuesto, el placer que extrae de ellos no es igual al de entonces, pues se trata de un placer que no procede ya sólo del libro, sino de la madurez y la sabiduría que uno ha ido adquiriendo a lo largo del tiempo y que le hace advertir contenidos que si bien ya estaban presentes, la juventud le hizo ignorarlos; y si los vio, no les dio ninguna importancia. Al primer grupo, en mi caso, pertencen las novelas de Herman Hesse y Cortázar, al segundo, las de Kafka y Joyce, las de Dostoievsky y Tolstoi.
Visitamos los lugares donde sucede Marina: el cementerio de Sarrià, rodeado de edificios, al que se accede por un pasaje estrecho, apenas un pasillo entre paredes que flanquean su acceso, una suerte de isla como las del Ensanche de Barcelona, pero en la que los muertos (algunos ilustres), yacen pacíficos en sus mausoleos o sus nichos, ajenos al guirigay de alumnos en busca de la lápida sin nombre, convencidos de que la literatura es un reflejo de la realidad punto por punto. Sucede exacto al mirar las vías del tren desde un balcón natural, las mismas, piensan, en las que Óscar y Marina son atacados por los autómatas hechos de carne y madera que cuelgan del techo del invernadero, como títeres de sus hilos. ¿Es aquel el invernadero?, preguntan, como si necesariamente tuviese que existir un elemento de ficción. Luego discuten cuál puede ser la casa en la que se aloja Marina con su padre. El colegio, sin embargo, sí es real, el de los Jesuitas, el mismo en el que Óscar vive interno. Profusión de estudiantes a sus puertas, en las aceras, repasando sus libros, comentando acaso el examen que se les viene encima en pocos minutos. Próxima parada, la plaza, la de Sarrià, donde los alumnos, ya fatigados y hambrientos, encuentran la pastelería Foix, que es donde Marina compra bollos y cruasanes todas las mañanas, donde yo mismo pido que me despachen uno que no sea de “mantega”, conviene vigilar el colesterol.
Sorprende su incapacidad para delimitar aquello que es cierto de lo que no lo es. Pienso en las gentes del dieciséis, y manchegas, que aceptaron a pies juntillas que don Alonso Quijano era un vecino suyo, que enloqueció realmente por culpa de los libros. Me gusta, sin embargo, que sea así. La literatura propicia todavía la ingenuidad. La televisión, en cambio, de tan explícita, acaba con la inocencia necesaria. Lástima que a la hora de elegir prefieran la imagen ya mascada a la maravilla de la palabra por mascar.
Nuevas técnicas, tacañería, facilidad de acceso, crisis económica, cualquiera de estas etiquetas puede servir para justificar la lectura en ordenador de “pedeefes”. La incomodidad de permanecer delante de una pantalla las horas que exige la lectura de cualquier libro, la resarce no solo la calidad de la obra que estemos leyendo, sobre todo su gratuidad, la inmediatez con la que la conseguimos, el pensar que hacemos un acto de justicia con quien no tiene otro modo de dar a conocer sus escritos. Leo estos días una novela breve en mi ordenador. Durante el rato que fijo mis ojos en la pantalla, echo de menos la comodidad del sillón con orejeras, el tacto del papel en mis dedos, el olor que se desprende de las páginas siempre que sumamos una más a lo ya leído. La lectura en ordenador es insípida e inodora, aséptica como entrar a un quirófano. Daña a los ojos, pero también al espíritu. He oído decir que el libro del futuro, ese que ya venden algunos comercios, con pantalla y capacidad para cientos de títulos, llevará incorporado un aspersor de perfume que nos evocará el del libro encuadernado. A mí, mientras avanzo párrafo a párrafo en la lectura de Sang!, me alivia la acercanza de mis volúmenes, la atmósfera de este estudio angosto, aunque luminoso, donde el olor que prevalece es el de las palabras impresas y el de los lomos alineados, y donde no hace mucho seguía empeñado en serles fiel, y no he cumplido.
Algunos libros de los que se poseen contienen, además de sus historias, anotaciones que se hicieron durante su primera o segunda lectura; la fecha del día, mes o año de su compra; el teléfono de alguien al que ya no recordamos pero cuya importancia entonces nos movió a pedírselo (número que no es el de un móvil, pues ni siquiera imaginábamos que algún día llevaríamos uno en el bolsillo); o algún papel u objeto plano entre sus páginas, que usamos a modo de punto, y que se ha conservado incorruptible igual que un fósil. La metamorfosis de Kafka que poseo la editó Alianza en su colección El libro de bolsillo y corresponde a su edición decimoquinta, de diciembre de 1980, que yo adquirí en 1981 con 17 años. Han pasado casi treinta. Vuelvo a leerlo y me encuentro dentro un billete de tren. Es un billete de color amarillo, de cartón duro, con sendas muescas realizadas con un aparato que llevaban a mano los revisores: una correspondiente a la ida, y la otra a la vuelta. 32 kilómetros de recorrido desde la estación de Mataró hasta la de Plaza Cataluña en Barcelona. Fecha en la que fue comprado el billete: 5 de julio de 1989; esto es, ocho años después de adquirido el libro.
En 1989 yo estudiaba en la Universidad Central; pero no en julio. Ese día debí quedar con un amigo con el que sigo manteniendo una relación firme, cimentada sobre el conocimiento mutuo, sobre lecturas compartidas, sobre encuentros en cafeterías y restaurantes a lo largo de media vida, sobre la comprensión y la generosidad. Quiero pensar que durante la cita hablamos de Kafka y de su obra, y que volví a adquirir de mi amigo nuevos conocimientos, nuevas maneras de abordar la literatura. Debió ser mi segunda lectura de La metamorfosis. La tercera o cuarta la hice pocos días atrás, en este año de 2009. Me tienta llamar a ese viejo amigo y comunicárselo, si no es que ha entrado en el blog y ha leído ya la reseña. “Te llamo por una tontería: he vuelto a leer a Kafka y la verdad, sigue maravillándome”, le diría, y echaríamos unas risas a costa del tiempo ido. Pero nos veremos el viernes que viene. Comeremos juntos y Joaquín estará con nosotros. Y pensar en ello me emociona, porque será como regresar al pasado. Más viejos todos y más calvos, sí, pero también un poco más sabios.
Releo las Coplas de Manrique. Me emociono de nuevo con la sencillez de esos versos, que han pervivido en el tiempo a lo largo de seiscientos años sin que hayan perdido un ápice de su fuerza expresiva. Todos, alguna vez en nuestras vidas, deberíamos leerlas. No sentirlas como literatura, sino como expresión dolida de un sentimiento en el que no ha lugar el llanto. Como un canto de amor, más que de muerte, a todo cuanto se ha sido y experimentado, pese a lo efímero y engañoso. Es lo que hay, diría un castizo. Y sabiéndolo, no cabe sino aceptar el contrato con voluntad firme de pervivir en lo futuro. Dejar memoria, por pequeña que sea. Ser sin pretender y gozar de los dulzores, pero sin empalagarnos. Abrir el libro, buscar la primera de ellas, empezar a recitarla en voz alta, dejarse llevar por la melodía serena de sus versos: placer sumo al alcance de letrados y de quienes trabajan por sus manos, aunque muramos. La sencillez con la que Manrique supo transmitir el ideal de su tiempo, el modo tranquilo con el que llega la muerte y el maestre Rodrigo la recibe, tal que a vieja amiga, es de esos logros que hallan la eternidad sin pretenderlo.
Resulta curioso descubrir los hilos que unen entre sí las innumerables manifestaciones de la literatura, conformando una malla tupidísima, un océano de palabras e imágenes por el que el lector no solo atraviesa nadando, sino empapándose en ellas tal que una esponja jamás saciada. Leo Muerte en Estambul, de Petros Márkaris, y hallo continuas referencias a hechos ocurridos a mediados del siglo XX en la capital turca, acciones violentas contra la comunidad cristiana que reside en la que los griegos siguen llamando Constantinopla, y que provocaron el asalto de comercios e iglesias, agresiones sobre ciudadanos no turcos, la huida de quienes sin más se vieron envueltos en una espiral de odio por parte de los que hacía poco eran probablemente vecinos y clientes suyos. En la novela de Márkaris tales acontecimientos se mencionan, son parte de la memoria de aquellos griegos que optaron por quedarse y sobrevivir en la que consideran su patria.
Luis Leante, en La luna roja, dedica un capítulo, el tercero (que acabo de leer hace unas horas), a hablar de la juventud de un personaje central en la novela, el escritor Emin Kemal. A sus diecinueve años, el joven Emin, que se declara poeta, trabaja como ayudante de fotografía para el señor Anmet. Los disturbios sorprenden a ambos personajes en casa de Emin, pues el señor Anmet corteja a la madre de aquél, viuda desde hace años. Emin, ansioso de demostrar su valía ante los demás, pero sobre todo ante sí mismo, decide salir a la calle para recoger en imágenes fotográficas lo que está sucediendo, pese a que tanto Anmet como Aysel, su madre, intentan impedírselo. Durante varias páginas, los hechos sucedidos en Estambul durante el verano de 1955 son marco en el que Emin Kemal se juega la vida, donde en cierto modo la recupera luego de un largo periodo de postración y desconcierto. Hechos crueles, irracionales, de los que la humanidad deja constancia de tarde en tarde. Hilo, en fin, que ata a estas dos novelas (quizá de los más gruesos, pues seguro hay infinitos e inapreciables de tan sutiles): puente sobre el Cuerno de Oro de la lectura.
La aparición de nuevos títulos en las librerías es constante y abrumadora. Resulta casi imposible seguir el ritmo con el que aparecen libros en las mesas de los comercios, porque de una semana a otra puede cambiar el paisaje: donde había una pila de ejemplares hoy encuentras otra portada con otro autor, y si es de los más vendido la hallarás reducida o por el contrario más alta. Sobre anaqueles y tablas parece soplar un viento constante que lo transforma todo minuto a minuto. Sucede en las librerías grandes, en las más concurridas, donde la crisis no parece notarse tanto acaso porque un libro de tarde en tarde no es dinero si lo que consigues a cambio es un placer intenso, un olvido pasajero de cuanto te rodea. Se sabe que a la literatura se llega por azar o interés. Mi interés hacia Philip Roth viene de antiguo porque, salvo una novela, el resto de las suyas que he leído me han apasionado y me han hecho sentir pequeño.
Cuando aparece una obra de este autor (cosa que sucede con frecuencia admirable), mi primera intención es adquirirla y recuperar la maravilla que he sentido con la lectura de otras tantas que a lo largo de los años he podido acumular en mi estudio. Pero me digo: aguarda la edición de bolsillo, más económica, tan válida como esta otra; si por ti fuera, la librería entera te llevabas: no es un libro de tarde en tarde, es un goteo continuo que implica un espacio más reducido en casa, un silencio incómodo de quienes comparten piso y exigen su rincón; el libro de bolsillo ocupa menos, te consuelas, puedes disimularlo entre otras compras. Y decides esperar entonces a que se edite en ese formato que ocupa poco y da tanto como el otro. Para cuando aparece, sin embargo, ya te has olvidado de esa urgencia que sentiste. Han pasado seis meses. Y puede que otro título u otro autor al que veneras haya hecho acto de presencia en las estanterías y reclame igual querencia.
Sucedió con La mancha humana. Luego de mucho tiempo, el azar ha hecho posible el reencuentro con un título que creía no iba a poder disfrutar nunca, a no ser que en una de mis visitas a la biblioteca se me hubiese ocurrido consultar en el catálogo su constancia en él. El sábado topé con un puesto de libros. La pretensión de quienes los vendían era recaudar fondos contra el alzheimer. Entre otros muchos, hallé esta novela de Philip Roth, versionada para el cine hace algún tiempo e interpretada por Anthony Hopkins y Nicole Kidman. No he visto la película. Leí que no era buena, pese a la solvencia de sus actores. Me hice con el libro. Pagué cinco euros por él. Fue editado por Círculo de Lectores en tapa dura. Ahora aguarda a que le llegue el turno tras Pólvora negra, de Montero Glez y La luna roja, de Luis Leante, en ese orden. Los tengo apilados y a mano. Con solo que retire el brazo del teclado…
Todos sabemos que hay modos muy distintos de llegar a conocer la existencia de una novela. El más tradicional, el que reporta un mayor placer en mi caso, es saber de ella en la librería de la que sueles ser cliente. Ves una portada, un título que te atrae. Acudes. Abres el libro, lees unas pocas líneas, la contraportada, los datos biográficos que acompañan a la fotografía de su autor, si la hay, y compruebas el precio. Compras. Y descubres que esa intuición tuya, que tan bien ha funcionado en otras ocasiones, no ha fallado tampoco esta vez: caso, por ejemplo, de Luis Leante.
Otro modo, muy relacionado con el anterior, pero más económico, es visitar la biblioteca más cercana y pasear entre sus estanterías a la busca y captura de alguna obra retirada ya del mercado, o fuera del catálogo de la editorial que la publicó hace años; obra de la que tal vez jamás hemos oído hablar, pero que por no se sabe qué razón extraña acabamos encontrando, y que tomamos prestada para en veintiún días poder leerla y sumar un nuevo título y un nuevo autor a nuestra particular memoria lectiva: caso de Julia Leigh.
Un tercer acercamiento se produce a través de los suplementos literarios. Un día lees un artículo de un autor al que admiras, dedicado a otro autor al que él admira y del que tú no sabías nada hasta entonces, y te apresuras a tomar nota de su nombre y del de sus obras. A la menor oportunidad que tienes vas a la biblioteca del barrio, o bien a la librería de tu ciudad, y hallas un libro suyo, de ese autor que no conoces y que sin embargo ha merecido las alabanzas del otro que sí forma parte de tu más que nutrido grupo de maestros narradores, y al cabo comprendes el motivo de la loa pública y sumas una más a tu zurrón de ficciones. Caso de W. G. Sebald o de Cormac McCarthy.
El cuarto, el boca-oreja. Tan antiguo como la propia literatura. Un amigo del que te fías porque comparte más o menos tus gustos te aconseja que leas esta o aquella novela, que descubras el universo de tal o cual escritor, y tú le haces caso a sabiendas de que no perderás el tiempo inútilmente. Así sucedió con Julián Rodríguez, de los últimos, y con tantos y tantos otros a lo largo de los años.
El quinto es nuevo. No me había sucedido hasta ahora. Está vinculado a Internet, a uno de los servicios que facilita la existencia de ese universo paralelo donde no das un paso sin hallar basura estelar, pero en el que sin embargo gravitan infinidad de planetas de interés, entre ellos bitácoras de escritores reconocidos y no tanto, de críticos preocupados por difundir su afinidad por la literatura, de lectores que comparten impresiones a partir de sus lecturas a solas con quien por casualidad pase por allí y pueda quedar impregnado de su entusiasmo o acedía. Una de estas bitácoras últimas que he conocido, y a partir de la cual me he puesto a leer un libro de su autor, el primero que publicara allá por 1996, es la de José Manuel Benítez Ariza, a la que ha bautizado con el nombre de Columna de humo. El título de su libro es La raya de tiza, publicado por Pre-textos, novela que pude encontrar en la biblioteca pública de donde vivo, entrada N Ben, y de la que me quedan seis capítulos por leer.
Con la rutina del trabajo he retomado las lecturas en el tren. A la hora que lo cojo, lo habitual entre los pasajeros es dormir, escuchar música a través del ipod o el móvil, conversar en voz baja, mirar hacia el mar cómo amanece o, en invierno, intuir el latido sombrío de sus aguas. Yo prefiero leer. El trayecto son 35 minutos entre la ciudad donde vivo y el pueblo en el que trabajo. Tiempo suficiente como para avanzar dos o tres capítulos de una novela. Hay lectores a los que les molesta estar rodeados de otras personas mientras intentan concentrarse en las palabras del libro. En mi caso no es así. Leer en el tren, o en una cafetería, o sentado en el banco de un parque, a la sombra de un plátano, los considero placeres que se añaden al de la simple actividad de leer. Por eso, empezar el día bajo la lluvia de palabras escritas por un autor que te guste, del que sabes que vas a extraer una enseñanza, un modo distinto de ver el mundo, es un deleite sumo; y si, cuando cierras el libro llegando a la estación de destino, puedes ver algo del espectáculo que nos ofrece la salida del sol, el inicio de la jornada podrá ser mejor otra mañana, pero ni mucho menos igual, porque ese instante es único.