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jueves, 31 de marzo de 2011

Bartleby y compañía


La novela Bartleby, el escribiente la leí hace ya algún tiempo y me inquietó su protagonista de tal modo que cuando al final de la historia Melville expone el motivo de su desidia, el sentimiento predominante en mí hasta entonces se trocó en tristeza. Quien la haya leído, sabrá el motivo de que el escribiente Bartleby prefiriera no hacer lo que se le pide. Un motivo, en todo caso, lo suficientemente poderoso como para que una persona decida no actuar y comportarse igual que ausente. Bartleby y compañía, la obra de Vila-Matas, habla de aquellos escritores que habiendo escrito alguna vez, o sin escribir siquiera, deciden en un punto determinado de sus vidas desentenderse de la literatura y dedicarse a otra cosa, o bien suicidarse, siempre a causa de alguna razón no siempre bien explicada, pero en tal medida importante que hace inevitable su decisión. Debo confesar, sin embargo, que siendo un tema sumamente interesante, entiendo que acaso se le ha dado excesiva trascendencia. En esta obra, lejos de enfatizar, Vila-Matas lo que hace, pienso, es ironizar sobre esos autores adscritos al no y sobre sus razones, pues en el fondo lo que importa es la obra que tienen hecha. Para dejar claro que todo el libro, a mi entender, es una suerte de broma, a Vila-Matas no se le ocurre otra cosa que sacarse de la manga a un narrador jorobado, empleado en una oficina a imagen del Bartleby del título, pero también de Kafka o Pessoa, que se pide una baja de varias semanas para poder dedicarse por entero a la confección de unas notas a pie de página para un libro que no existe. La lista de escritores que alguna vez, o bien porque consideraron que el lenguaje no es lo suficientemente amplio como para reflejar todos y cada uno de los matices de la realidad, o bien porque tras una o dos novelas consideraron que ya lo habían dicho todo, optaron por callar y desaparecer del mundanal ruido, es muy numerosa, y el narrador se extiende con cada uno de ellos lo suficiente como para que el lector acabe convencido de que en la historia de la literatura occidental un gesto como éste no debe ser desdeñado, pero tampoco mitificado. Acaso lo más interesante del juego propuesto no sea la nómina de autores y sus motivos como el hecho de que tal vez el esfuerzo del narrador geperut que se nos dirige, estoy convencido que con voluntad de que sepamos de él, de convertirse en autor reconocible, esté condenado al ostracismo dada su propia personalidad y el tema escogido. La suerte es que el autor sea Vila-Matas, en cuyo caso era seguro que la obra llegaría a nosotros y de paso conoceríamos a todos esos desertores de la literatura empeñados en que su vida es acaso más importante que lo escrito, o que la literatura es un reflejo pobre de la verdadera novela que es nuestro propio existir; o a quienes desdeñaron los laurales y lo que hicieron fue simplemente escribir porque pensaron que ante todo es la literatura, y la vida el peaje necesario para poder acceder por la palabra mediante a su verdadero sentido. Personajes ilustres de la opción última: Salinger o Pynchon; de la primera, Rulfo o B. Traven, tal vez el más sobresaliente de los bartlebys, autor, entre otras, de El tesoro de Sierra Madre.

viernes, 16 de abril de 2010

Doctor Pasavento


Inicio la lectura de Doctor Pasavento, novela de Enrique Vila-Matas. Sé que estoy leyendo algo importante. Sé que Vila-Matas se nutre de una tradición europea que es la mía como lector. Conozco a Robert Walser, y he leído su obra más conocida: Jakob von Gunten. Walser es el modelo que admira el personaje retratado por Vila-Matas. El doctor Pasavento pretende pasar inadvertido, desaparecer. Alcanzar la invisibilidad le resulta imposible. Nadie lo ha logrado, que él sepa; pero sí, como Walser, pasar desapercibido. El doctor Pasavento se dirige a Sevilla en el AVE. Allí debe reunirse con Bernardo Atxaga, con el que debe dialogar sobre las relaciones entre realidad y ficción. La novela no desarrolla tanto, pienso, el tema de la evanescencia, como el de la fina frontera entre aquello que es ficticio de lo que no lo es. De hecho, Bernardo Atxaga no es el único escritor “real” que asoma en la novela; también lo hace Antonio Lobo Antunes, y Pasavento no es sino trasunto del propio Vila-Matas. Al llegar a Sevilla, un suceso inesperado posibilita que el doctor pueda hacer mutis por el foro, como se dice en teatro, y dejar el escenario de su realidad cotidiana para poder, de ese modo, llevar a cabo un empeño antiguo, el de ocultarse durante un tiempo como ya hiciera Agatha Christie, que se retiró, sin decir nada a nadie, en un balneario, y toda Inglaterra estuvo pendiente de ella hasta que unos periodistas la encontraron al cabo de once días. Pasavento viaja a París, a la calle Vaneu, donde se aloja en un hotel, y también a Nápoles, ciudad en la que mantiene dos largos encuentros con el profesor Morante. Pero se lleva una decepción. Para pasar inadvertido alguien tiene que echarte de menos, buscarte. Nadie de su entorno se preocupa por él. Llama por teléfono a su inmueble y, fingiendo ser otro, pregunta al conserje. No hay llamadas de amigos ni familiares. No importa qué pueda haberle pasado. Y sin embargo lleva días sin aparecer por su casa en Barcelona. Sí, soy consciente de que estoy leyendo algo importante. Pero llega un punto en la novela en la que soy incapaz de seguir su hilo. Me ha ocurrido antes con Vila-Matas. Me ahogo en su espesura estilística. Me sucede igual con los autores centro-europeos que él admira. Y es por eso que yo mismo me siento en la necesidad de desaparecer, de desentenderme de ese mundo abigarrado que conforma la literatura que hace este autor. Acaba de aparecer un nuevo título suyo, Dublinesca. Domingo Ródenas, en su crítica de El Periódico, alaba la obra. Sé que acabaré leyéndola, intentándolo al menos. Y sé también que con toda probabilidad me sature. Me gustaría que no fuese así. Tal vez se trate de que el momento más propicio para comprender en toda su complejidad y riqueza a Vila-Matas me tiene que llegar aún. No se trata tanto, pues, de madurez vital, sino de sazón erudita.