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martes, 7 de septiembre de 2010

La luna de papel


Segunda de las novelas que leo dedicadas a Salvo Montalbano, el personaje de Andrea Camilleri, cuyo apellido, el del comisario, según supe hace tiempo, es un homenaje a Vázquez Montalbán. La luna de papel es su título. Se inicia con la denuncia de una desaparición, la de Angelo Pardo, hombre soltero, de profesión representante de productos farmacéuticos, aficionado a tener relaciones con mujeres hermosas. La persona que hace la denuncia es su hermana Michela. Acompaña al comisario hasta la casa de Angelo, ya que ella tiene las llaves, y Montalbano lo encuentra finalmente en un cuarto en la terraza del edificio con un tiro que le ha destrozado la cara, y el pene colgando fuera del pantalón. Todo indica que es un asesinato pasional, pero las pesquisas del comisario le permitirán descubrir una personalidad distinta a la que la hermana y presente amante de la víctima, Elena, conocen de él, descartando la primera impresión. La de éstas, su personalidad, también tiene gran importancia en la novela. La relación que mantiene la amante con Angelo es una relación adúltera, pues ella está casada con un profesor que le permite la infidelidad con la condición de que le cuente todos los detalles y no le oculte dónde y cuándo tendrá sus encuentros con Angelo. Michela mantiene, por su parte, un trato de dependencia unilateral que llega a ser enfermiza, lo que obliga a su hermano a tomar medidas contra ese control indeseado. El estudio de personajes, pues, resulta muy atractivo y es la base de esta obra redonda, con ciertos giros inesperados al final que la hacen más atractiva de lo que ya es de por sí. Si la novela de género policíaco tiene como uno de sus propósitos el conocimiento a fondo del alma humana, La luna de papel es una muestra fiel de ello. ¿Quién no ha creído alguna vez, cuando niño, en las historias que se nos contaban para explicar los misterios que nos asombran y preocupan a veces? ¿Quién, obnubilado por su belleza, no ha aceptado que la luna esté hecha de papel? Aquí la mentira es eje primordial del argumento y de la investigación llevada a cabo por Montalbano. Mentiras que nos consuelan, que nos hacen la vida más sencilla, que, pese a hacernos daño a veces, nos ayudan a sobrellevar los sinsabores, por sombríos o escabrosos que sean, los de Elena y Michela, también los de Salvo. Todos precisan engañar y auto engañarse. El paso del tiempo, como a Montalbano, no perdona a nadie.

domingo, 15 de agosto de 2010

La paciencia de la araña


En estos días de vacaciones, de ciudad en ciudad por las carreteras peninsulares, durmiendo en hoteles acogedores donde caer rendido tras las visitas de rigor a catedrales, cafeterías y barrios de belleza admirable, tenía dos opciones a la hora de escoger lectura (si era leer lo que me apetecía antes de dormir a pierna suelta, siendo la alternativa contraria dejarse deslizar sin más preámbulos por los toboganes del sueño): una novela policiaca de Andrea Camilleri, o bien un novelón de Saramago titulado Historia del cerco de Lisboa. Mi propósito primero era hincar el diente a esta maravilla, pero cada vez que lo intentaba o miraba sus páginas amazacotadas de letras, sin un punto y aparte, sin un guión que introduzca las intervenciones de los personajes, me entraba tal pereza que cerraba el libro y escogía dormir. La necesidad de leer, sin embargo, acaba imponiéndose, e inicié La paciencia de la araña, historia protagonizada por Salvo Montalvano, policía de Vigàta, en Sicilia, octava entrega de la serie ideada por Camilleri, primera que leo de este autor. La novela aborda un caso de secuestro, el de una muchacha, Susana Mistretta, hija de un empresario venido a menos, por cuya liberación sus captores piden una suma imposible de pagar si no es que colabora un tío suyo, que sí posee esa suma. En la obra, claro está, no importa tanto el secuestro como lo que se oculta tras las razones del mismo. La pericia de Montalvano le llevará a descubrir secretos familiares, motivos mezquinos, la urdimbre de una telaraña fabricada a lo largo de mucho tiempo, pensada para una única y preciada víctima. Al mismo tiempo, el lector irá conociendo a este personaje herido física y emocionalmente, que mantiene una relación al parecer seria con Livia, su novia que vive y trabaja en Génova y que ha pasado con él unas semanas mientras se recupera de un disparo en el hombro. Ésto impide a Montalvano incorporarse a su comisaría de manera oficial, pero no colaborar en el caso a petición de sus jefes. Poco sé de Andrea Camilleri. Sí que es un escritor que se dio a conocer en su madurez gracias a este personaje, que conoce bien la isla en la que sitúa sus novelas (algunas de ellas de género histórico), y que ha creado un policía a la altura de otros tantos que tachonan la literatura policíaca europea de los últimos lustros: perfectamente verosímiles y angustiosamente humanos. Aquí, la conciencia de estar haciéndose mayor, la convicción de que la justicia no siempre acierta en sus veredictos, llevan a Montalvano a no condenar los actos delictivos que va conociendo durante el periplo de sus pesquisas y a ceder, finalmente, ante lo que considera un ajuste de cuentas calibrado, consecuente con el mal padecido, irreversible. Una novela, pues, que va más allá de la mera resolución de un caso, que nos descubre pesares que anidan en el alma de las gentes y en la tierra en la que habitan, una Sicilia de sentimientos extremos, malos y buenos.