Leí no hace mucho que una de las carencias de la novela española es la de no tratar temas presentes, la de evitar en sus tramas abordar conflictos que tengan que ver con lo que nos sucede o ha sucedido en los últimos años. Es sabido el interés que sigue provocando el tema de la Guerra Civil y la posguerra, y la insistencia con que algunos escritores han tratado asuntos que las tienen como telón de fondo. Rafael Chirbes es uno de ellos, pero con Crematorio, no sé si su última o penúltima novela, consquista un territorio que se aleja de aquél ubicado en los años posteriores a la contienda, que tantos frutos excelentes ha dado. Crematorio habla de algo tan actual, y tan manifiestamente nocivo para la España de hoy en día, como es el abuso por parte de gente sin escrúpulo, tiburones del ladrillo y la política, en el tema de la construcción; pero habla también de los sueños rotos, de las vidas llevadas al extremo, del miedo, de las mafias rusas, del sexo y los viajes alucinógenos, de las ideologías, de la vejez, del miedo a morir y de la muerte, de Misent, de Nueva York y la soledad y del paraíso perdido... Todo ello de un modo en que el lector se ve incapaz de juzgar a nadie, porque el retrato que se hace de los personajes que asoman en esta historia es profundamente humano; tanto, que pese a que alguno de ellos, como Rubén Bertomeu, constructor y causante de los estropicios arquitectónicos visibles a lo largo de la costa, son dignos de reprobación y antipatía, acaban por antojársenos relativamente próximos y disculpables. Él, como los otros que le acompañan en este mosaico humano de fina factura, son representantes de una especie que se ha desarrollado a expensas del dinero fácil y del abuso, parásitos de un gran animal que ha ido alimentándose de aire y creciendo hasta estallar. Quien más quien menos tiene parte de culpa. Incluso el más conspicuo de los izquierdistas contribuye, o bien con su aquiescencia, o bien con su huida interior o su crítica infructuosa, a que el globo engorde. No todo es atribuible a una clase política y empresarial aferrada al poder o al dinero, lo es a cada uno de los que han mamado de una leche abundosa y de sabor agradable.
martes, 10 de mayo de 2011
Crematorio
Leí no hace mucho que una de las carencias de la novela española es la de no tratar temas presentes, la de evitar en sus tramas abordar conflictos que tengan que ver con lo que nos sucede o ha sucedido en los últimos años. Es sabido el interés que sigue provocando el tema de la Guerra Civil y la posguerra, y la insistencia con que algunos escritores han tratado asuntos que las tienen como telón de fondo. Rafael Chirbes es uno de ellos, pero con Crematorio, no sé si su última o penúltima novela, consquista un territorio que se aleja de aquél ubicado en los años posteriores a la contienda, que tantos frutos excelentes ha dado. Crematorio habla de algo tan actual, y tan manifiestamente nocivo para la España de hoy en día, como es el abuso por parte de gente sin escrúpulo, tiburones del ladrillo y la política, en el tema de la construcción; pero habla también de los sueños rotos, de las vidas llevadas al extremo, del miedo, de las mafias rusas, del sexo y los viajes alucinógenos, de las ideologías, de la vejez, del miedo a morir y de la muerte, de Misent, de Nueva York y la soledad y del paraíso perdido... Todo ello de un modo en que el lector se ve incapaz de juzgar a nadie, porque el retrato que se hace de los personajes que asoman en esta historia es profundamente humano; tanto, que pese a que alguno de ellos, como Rubén Bertomeu, constructor y causante de los estropicios arquitectónicos visibles a lo largo de la costa, son dignos de reprobación y antipatía, acaban por antojársenos relativamente próximos y disculpables. Él, como los otros que le acompañan en este mosaico humano de fina factura, son representantes de una especie que se ha desarrollado a expensas del dinero fácil y del abuso, parásitos de un gran animal que ha ido alimentándose de aire y creciendo hasta estallar. Quien más quien menos tiene parte de culpa. Incluso el más conspicuo de los izquierdistas contribuye, o bien con su aquiescencia, o bien con su huida interior o su crítica infructuosa, a que el globo engorde. No todo es atribuible a una clase política y empresarial aferrada al poder o al dinero, lo es a cada uno de los que han mamado de una leche abundosa y de sabor agradable.
domingo, 14 de noviembre de 2010
La buena letra

La prosa exacta de Rafael Chirbes es uno de sus grandes logros. También lo es encontrar historias que no por pequeñas dejan de ser buena muestra de todo un país con la suya, en mayúscula, a cuestas. Pocos escritores logran reducir a lo mínimo y, con ello solo, expresar grandes cosas. Pienso que Chirbes es uno; modelo, además, para quien pretenda dedicarse a esto de la escritura, porque con un puñado de capítulos, y en 156 páginas, uno puede decir tanto como a lo largo de mil. No menos admirable es su acierto al escoger el narrador, en este caso una mujer del pueblo que, en un intento por explicarse ante su hijo, redacta un documento en el que cuenta qué hechos acaecieron que trajeron este presente. No es fácil espigar del recuerdo lo más significativo o singular. Hay que tener muy claro el propósito. Ana lo tiene, y es por eso que nada de lo que dice es vano, todo importa en esta historia de posguerra, en la que una familia de ideas republicanas ve cómo las consecuencias de una contienda que debían haber ganado, van minando sus cimientos, los de la razón y el cuerpo. No es necesario, pues, recurrir a las grandes batallas o situar la acción en una ciudad importante: la tragedia se vivió en todas partes con igual magnitud. Basta que uno sea el vencido, que a su alrededor nada se ajuste a lo que por lógica debería ser, para que el drama de aquellos que sobrevivieron a las represalias, pero que no aceptaron la derrota, lo veamos reflejado en toda su cruel mezquindad. La buena letra es el título de esta obra. La leí hace algún tiempo y he vuelto a saborearla ahora. Resulta asombroso cómo cambia el modo en que una misma novela puede llegarnos a gustar más o menos, cómo descubrimos en ella cosas que no supimos ver entonces, durante nuestra primera aproximación, y ahora, en cambio, sí aparecen nítidas e importantes. Presumo que si de aquí a unos meses volviera a leerla, pese a su brevedad, hallaría nuevos motivos para admirarla. Me ha sucedido a veces que obras que me entusiasmaron hace años, se me caen de las manos cuando pretendo revivir aquellas emociones juveniles. No creo que sea el caso de Rafael Chirbes. De hecho, he aquí que al volverla a leer la he disfrutado de otro modo. Tal vez sea que soy más exigente; tal vez que, al leer su ensayo, he conocido qué preocupaciones son las suyas cuando se pone a escribir, o qué razones busca para seguir leyendo cualquier novela. Lo que tengo claro es que este escritor es de los grandes. Para apoyar mi opinión, véase la historia de amor subyacente en La buena letra, sugerida al tiempo que rechazada, pero no por ello menos hermosa.
jueves, 21 de octubre de 2010
Los disparos del cazador

Hurgar en la herida de los recuerdos. Eso es lo que hace Carlos, el protagonista de esta breve novela de Rafael Chirbes. A este autor lo había descubierto hace tiempo, pero a raíz del ensayo del que trato en la anterior entrada, me he visto en la obligación moral de releer dos de sus obras, que son las dos que poseo, la primera Los disparos del cazador. Lo que nos propone Chirbes con este viaje al pasado de un hombre solo, de un hombre que observa cómo se le va la vida sin remedio, es la autopsia de esa misma vida que huye. Carlos vive en la casa familiar al cuidado de un criado, cuya fortaleza física es causa de su envidia y de su admiración. En sus horas de insomnio, Carlos mete el dedo en la llaga del pasado y busca qué decir para explicarse su situación actual, y ese sentimiento de culpa que no menciona, pero que se intuye en cuanto dice. El pasado no es otro que ese periodo inmediato a la Guerra Civil, en el que mientras unos gobernaban con mano dura un país devastado, otros se llenaban a manos llenas los bolsillos. Carlos es uno de los que, en una sociedad hipócrita que premia a quien ha sabido ver la oportunidad de hacer negocios, fraudulentos o no, asciende económica y socialmente. Hijo de un contable, logra hacerse un hueco en la empresa en la que trabaja y, gracias a la amistad que mantiene con el hijo del propietario, Manuel, al que acompaña, lee y hace de chófer, puesto que éste no puede hacerlo por sí mismo, conoce a su hermana Eva y se casa con ella. Ninguna de las familias está de acuerdo con la boda. Es necesario un cambio, empezar de cero, sin ayuda de nadie. La joven pareja se traslada a Madrid e inicia una nueva vida desde la nada absoluta, pero con la intención de superar las adversidades cuanto antes. Lo importante es conseguir ayuda y consejo de quien puede dártelos. Lo que suceda después dependerá del grado de vulgaridad con el que uno afronte el destino.
El tema de la vulgaridad no es baladí en la novela. Eva, la esposa de Carlos, se escudará tras una pátina de exquisitez cultural y social, y todo cuanto huela a vulgar o suene a vulgar, no tendrá cabida en su órbita. Esta situación ahoga a Carlos. Él sí necesita mancharse las manos, él sí se ve obligado a buscar donde aplacar unos deseos que son sexuales, pero que tienen que ver también con la carencia de una realidad que no sea la aséptica que se le ha impuesto en casa. Carlos tendrá amantes, Carlos viajará por negocios, Carlos cederá ante la insistencia de su esposa de que su hijo estudie en un colegio francés. Rafael Chirbes posee la envidiable virtud de, con recursos que se nos atojan esenciales, reproducir un mundo complejo, ubicado en el mapa del alma. Su prosa alcanza el acierto de mostrarnos la verdad de un hombre sin necesidad de moralina alguna por parte del propio narrador. Éste expone, nos abre el abanico de fotografías que conforman su vida y nos da ocasión de conocerlo. Ni juzga ni nos invita a juzgar. Así fueron las cosas, así lo son ahora. Si acaso, a través de él, es posible que el autor nos esté diciendo que las causas de su infelicidad tienen su razón de ser en un estado de cosas, y que ese estado de cosas no es el mejor para que se desarrolle con eficiencia la vida de un hombre y su familia. No podemos negar, disfrazar la verdad, porque del mismo modo que la naturaleza tarde o temprano arrasa aquellos obstáculos que artificiosamente han pretendido someterla, la verdad rompe el velo que impone el disfraz hecho de palabra muerta, de reuniones e idas a conciertos, de rechazo de lo vulgar. Rafael Chirbes ha escrito una novela limpia, como si a fuerza de pasarle un cepillo de carpintero hubiese pulido el material del que está hecha: ni más ni menos que de palabras imprescindibles.
domingo, 17 de octubre de 2010
Por cuenta propia

Hay lecturas que golpean la conciencia, que, cuando las acabas, te hacen considerarlas imprescindibles porque ya no eres igual, o piensas igual, o te ves igual a como eras antes de iniciarlas. Puede parecer exagerado afirmar algo así, pero es sabido que a lo largo de nuestra vida hay experiencias que despiertan un sentimiento o una idea que puede que ya estuvieran presentes pero que permanecían aletargadas, igual que muertas. La lectura de determinados libros supone una experiencia de este tipo, y la de Por cuenta propia, ensayo escrito por Rafael Chirbes, ha venido a corroborar lo dicho: antes de abrirlo intuía determinadas impresiones; después de acabado, tales impresiones se han convertido en certezas, a partir de las cuales mi visión de le literatura ya no es la misma, ni mejor ni peor, distinta y pienso que más enriquecedora. No voy a exponer aquí las ideas que desarrolla Chirbes, si acaso las mencionaré por encima porque no me veo capaz de sintetizar en una entrada lo que el autor desarrolla durante 294 páginas de prosa fluida, uno de los valores nada desdeñables del libro, uno de sus logros. La maestría narrativa de Rafael Chirbes como novelista la ha usado para hablarnos de aspectos que en manos de un filólogo habrían quedado velados probablemente tras una cortina de erudición huera para un lector normal. Muy al contrario, cada uno de los pequeños ensayos o artículos que aparecen aquí recogidos son verdaderas piezas maestras de cómo debe afrontar un escritor su propio oficio, opinando sobre él, defendiendo una ética literaria que después de todo es la armazón que sostiene su obra. La estética de la novela, creo que viene a decir, parte no de una voluntad exclusiva del narrador -que casi siempre desconoce, hasta que no acaba su obra, el tema y el instrumento que usa-, sino de la misma realidad que le sirve de base y de la que él es ingrediente, sujeto sacudido por los avatares del devenir. Al escribir, el novelista organiza el lenguaje de una manera determinada, y esa manera muestra las tensiones que la sociedad implanta en el autor. Cuando Rafael Chirbes decide hablar de un puñado de autores, el criterio que le mueve a espigar entre tantos que han existido, que forman parte de la historia literaria, tiene su razón en lo expuesto (mal) anteriormente, y por eso dedica varias páginas a Pérez Galdós, a Max Aub, a La Celestina, al Quijote, autores y obras que surgen de una conciencia del lenguaje como reflejo del mundo, no como herramienta anquilosada que nada expresa salvo su propia inutilidad comunicativa. Por eso ataca a quienes atacaron a Galdós por considerarlo un mal escritor; a quienes arremetieron contra Max Aub por homenajearlo en alguna de sus novelas. La Celestina, en ese sentido, es un reflejo de los cambios que están sucediendo en el mundo donde nació. Su discurso rompe con el que se enseña en las universidades de la época y, sin ser un reflejo exacto de lo que se habla en la calle, permite que putas y delincuentes usen de argumentaciones elevadas, al tiempo que burgueses y nobles recurran a lo ordinario para comunicar sus ideas y sentimientos. Manuel Vázquez Montalbán, Andrés Barba, Vargas Llosa son algunos otros de los autores a los que dedica un espacio para alabar cómo han sabido retratar la historia de la que han formado o forman parte, consiguiendo que sus novelas recojan el aire que respiraron y que de este modo, en el futuro, cualquier lector que abra sus páginas pueda respirar el mismo. En la novela, dice Chirbes, la autoridad del relato no procede de la fidelidad precisa a los hechos, sino de la organización de la propia narración, que ha de suprimir el recelo del lector y convertirlo en cómplice a partir de una verdad interior, de una lógica que no es otra que su textura moral y que, en su más noble espacio, tiene que ver con el conocimiento, con ese papel de pequeño juguete que ayuda a entender los mecanismos del gran juego de la vida…, y que en su vertiente espuria tiene que ver con la seducción. Una ficción lograda, escribe mencionando a Vargas Llosa, encarna la subjetividad de una época.