martes, 23 de febrero de 2010

Renata sui géneris


Leer Renata sui géneris es como beber una copa de cava por lo burbujeante y fresca que resulta. Dividida en pequeños capítulos de espumeante lectura, se nos cuenta la historia de dos mujeres opuestas en lo ideológico y social, pero unidas por un deseo de vivir común que las lleva a conocerse la una a la otra de modo que acaban aceptándose como son: la una rica, la otra trabajadora con cargo de responsabilidad. Renata nació con una flor en el culo. Ana, en cambio, lo hizo con un pan bajo el brazo. Ninguna ha tenido que pasar apuros económicos. De hecho, los únicos apuros que pasa Renata a lo largo de su genuina existencia conciernen a su vestuario y persona, y, si acaso, a las decisiones que como empresaria con afán globalizador debe aceptar sin excesivo desgaste, resarcidos luego con su las exquisiteces que puede permitirse. Ana le abrirá los ojos a nuevas experiencias, a un modo distinto de pensar, de reír, incluso de beber. Renata es como un objeto frágil que, fuera del estante en el que fue colocado sólo nacer, corre el riesgo de resquebrajarse por mínimo que sea el cambio de temperatura o presión. Con todo, sus incursiones a un territorio que desconoce, lleno de calles estrechas, de bares donde se trasiega cerveza y se habla de política y de derechos de la mujer, la van fortaleciendo y, de vaso decorativo a la sombra de un esposo apegado a los valores más retrógrados de la derecha aristocrática y no por eso menos industrial, pasa a ser un arma peligrosa, una amenaza para quienes se consideran los suyos, conservando siempre su elegancia y saber hacer. La novela, breve, presenta escenas realmente divertidas, de una sátira amable contra ciertos valores enquistados en una sociedad adinerada y piramidal. Pero no es solo eso, sino la historia de una amistad entre esas dos mujeres que un día se conocieron en la facultad y que, pese a sus diferencias, se cayeron bien. Un acierto, sobre todo, la capacidad de la autora, Sara Presutto, para emular el lenguaje usado por una pijería que huye como del diablo de lo que ellos consideran grosero y vulgar. Términos como biomadre, piscinísima, utillarse de ropa, seda Marcopoliana, no te leonices, respondió entrelabiada... son fiel exponente de ello.

sábado, 20 de febrero de 2010

El estreno


La primera sorpresa de este libro es a quién dedica el autor cada uno de los relatos que lo componen. El tercero, titulado La inexistencia, lo dedica a Dante Alighieri y a Giavanni Boccaccio. No hay razón explícita de por qué a estos autores y no a otros. La respuesta hay buscarla en el propio cuento. En él se nos narra la historia de Pierpaolo Pizzi y de la joven Beatriz, una alegre becaria española que se encuentra en Florencia para realizar su doctorado. Dos son las circunstancias que van a impedirle desarrollar su trabajo: el país se encuentra en huelga permanente (no funcionan las universidades, no funcionan los servicios, no funcionan ni tan solo las farmacias) y su cuerpo, sujeto a la medida exacta de un metro setenta y uno, empieza a padecer una mengua acelerada de varios centímetros por día. En el primero, El sobrino de Bernhard, dedicado a Thomas Bernhard, un hombre encargado de vigilar la entrada y salida de personas y vehículos a unos renombrados laboratorios en su ciudad natal, se enamora inesperadamente de una joven hermosa cuyo parecido con la actriz Carole Bouquet le hace actuar de un modo irracional y, por ende, sumamente ridículo. El hombre apenas cabe en su cabina de vigilante, dado su volumen y, cada vez que se acerca al coche de la joven, sus movimientos resultan torpes y sus intentos por entablar conversación con ella patéticos. A esta historia de desamor va aparejada otra pretérita, la de su admiración por Thomas Bernhard, cuando joven, al que quiso conocer a toda costa. Para lograr su propósito se hace pasar por su sobrino, pero no lo consigue. Son siete los cuentos reunidos bajo el título de El estreno, que es también el del último de ellos, cada cual, repito, pensado y escrito para un autor de renombre de los que tal vez el del libro, Pablo J. D’Ors, ha aprendido a amar la literatura; cuando menos ha extraído la materia literaria para elaborar cada uno de ellos, escritos en un lenguaje depurado, en un estilo sin altibajos que atrapa y arrastra al lector. En la portada vemos a un hombre con bombín que vuela subido a un libro. La imagen retrata la sensación que he tenido con éste que tengo delante. Es posible, lo desconozco, que cada cuento de los siete que lo componen explore algún rasgo de la personalidad del autor al que están dedicados. Me parece evidente en el titulado El monje secular, cuyo protagonista y escritor evocado es Fernando Pessoa, pero no puedo decir igual del resto. ¿Hay algo de Italo Calvino en La lógica de los pies? Es probable y, sin embargo, la historia de Vittorio Pozzobone, obsesionado con una mujer-triángulo, podóloga y sumamente fea, me cuesta creer que se ajuste a la verdad de un escritor del que hace años tanto se hablaba y que hoy en día duerme, como tantos otros, bajo el peso de un mercado embutido con ficciones prefabricadas, parece que hechas en la cadena de montaje de una multinacional. Ésta, desde luego, no.

lunes, 15 de febrero de 2010

Bajo los vientos de Neptuno


Bajo los vientos de Neptuno, título sugerente para esta novela de Fred Vargas que ha vuelto a sorprenderme por su barroca elaboración policiaca, por cómo logra que el lector acepte lo que en otras manos hubiera resultado del todo inverosímil, pues son sus historias variaciones atrevidas en un género asentado, que tiene la lógica como su punto fuerte, pero que en el caso de Vargas sirve para urdir tramas del todo surrealistas. El comisario Adamsberg recupera un antiguo caso, el del Tridente, un asesino que cada cuatro años mata a una víctima, pero que se las ingenia para que la culpa del crimen caiga sobre algún borracho que duerme la mona cerca de donde asesina. El Tridente ha vuelto a hacerlo poco antes de que Adamsberg vuele, junto a algunos de su colaboradores, a Canadá, donde la policía de este país se ha comprometido a enseñar a los franceses modos de encontrar pistas sirviéndose de las técnicas más avanzadas. El problema es que el Tridente, en realidad un juez, hace años que murió, y nadie piensa seguir al comisario en su empeño por cazar a un fantasma. La cosa se complica cuando, una vez en América, una muchacha aparece muerta con tres agujeros en el vientre y todo indica que el asesino ha sido el propio Adamsberg. Su huida es un prodigio de juego narrativo, con el que Fred Vargas demuestra su dominio del absurdo. Con la ayuda de una hacker nonagenaria, y la intuición como arma para resolver un enigma a todas luces irresoluble, las piezas irán encajando, siendo éstas un émulo de las que conforman un juego chino, el Mah-Jong, en el que intervienen dragones y vientos.

Fred Vargas no usa su narrativa para hablar de la sociedad presente. Ello la distingue de otros autores policíacos contemporáneos, pero sí que profundiza en la psicología de cada uno de sus personajes, el más atractivo de todos el propio Adamsberg, empeñado en no ver lo evidente, pero también otros como Danglard, el adjunto, fiel confidente y amigo, o la gorda Retancourt, que aprovecha su invisibilidad para pasar desapercibida a ojos de unos policías que no se sienten atraídos por alguien como ella. Los diálogos son asimismo brillantes, escuetos, con los que cada personaje se comunica con eficacia suma, no desperdicia el tiempo, y que por ello mismo pueden resultar un tanto crípticos, pues el lenguaje aquí no es solo herramienta que se usa para transmitir ideas, sino que lleva aparejadas sugerencias e información que se da por ya sabida, como si todos se conocieran desde hace tiempo aunque hayan sido presentados minutos atrás.

sábado, 13 de febrero de 2010

Le papa de Simon


Hay autores a los que se ha leído en un momento dado y de los que después se olvida uno, pero que están ahí, que son parte esencial de la historia de la literatura, que hay que leerlos porque gustó ese único libro que se posee suyo y de los que de vez en cuando llegan noticias, aparecen reseñas, se habla tangencialmente. Es el caso de Guy de Maupassant. Leí, y poseo, en una edición de la antigua Bruguera, Bel ami, historia de la que guardo muy grata memoria; pero nunca hasta hoy mismo había leído ninguno de sus cuentos. Uno de ellos, Bola de sebo, está considerado tal vez el mejor que se haya escrito. Es el segundo de los que conforma la colección que, bajo el título de Cuentos esenciales, ha salido editada por Mondadori en su colección Debolsillo. Reúne un total de 119 narraciones a lo largo de 1261 páginas amazacotadas. Dudé antes de comprarlo. Su volumen, del tamaño aproximado al de un adoquín y con igual grosor, me amedrentó. Pensé: un libro de estas características solo puede leerse sentado y con un cojín a modo de atril donde apoyar las manos. En la cama, imposible. Podría descalabrarte si por un azar te quedases dormido y se te viniera encima. Así que el primer cuento, El papá de Simón, lo he degustado sentado a la mesa del escritorio. Su atractivo: el modo en que se sucede lo trágico del inicio y la ternura de hallar a un padre. No un padre cualquiera, sino a Philippe Remy, el herrero, del que todos nos sentiríamos orgullosos.

miércoles, 10 de febrero de 2010

Libros prietos


Hay libros leídos hace años de los que uno guarda grata memoria, pero de los que sabe que si los vuelve a leer no extraerá sino una profunda decepción, pues lo que en aquel tiempo le pareció formidable, ahora es posible que le resulte decepcionante. Otros, en cambio, siguen resistiendo el paso del tiempo. El lector está convencido de ello y los recupera del estante en el que aguardan prietos desde hace lustros. Por supuesto, el placer que extrae de ellos no es igual al de entonces, pues se trata de un placer que no procede ya sólo del libro, sino de la madurez y la sabiduría que uno ha ido adquiriendo a lo largo del tiempo y que le hace advertir contenidos que si bien ya estaban presentes, la juventud le hizo ignorarlos; y si los vio, no les dio ninguna importancia. Al primer grupo, en mi caso, pertencen las novelas de Herman Hesse y Cortázar, al segundo, las de Kafka y Joyce, las de Dostoievsky y Tolstoi.

jueves, 4 de febrero de 2010

Tres habitaciones en Manhattan


Tres habitaciones en Manhattan aborda una historia de amor de modo exclusivo; esto es, lo que sucede en ella solo tiene que ver con los dos personajes enamorados, François y Kay, con lo que hacen, dicen y piensan. El escenario, esas tres habitaciones que recoge el título, y Manhattan, solo son el fondo en el que se mueve esta pareja que, desde el momento en que se conoce en el interior de un bar, permanece irremediablemente unida por un necesidad de dependencia mutua que puede destruirla o, por el contrario, aportarle la felicidad que quienes la forman han perdido. Ambos están marcados por su pasado inmediato. François es un actor francés, famoso en su país, que luego de perder a su esposa, liada con alguien más joven que ella, decide instalarse en Nueva York y empezar de cero. Le ofrecen pequeños papeles en la radio, para “hacer de francés”, y si algún día se decide, tiene la promesa de tal vez trabajar en Hollywood, haciendo de extra por 600 dólares a la semana. Entretanto, la soledad mina su existencia mientras que, en la habitación de al lado, un matrimonio discute, se ama, vive. Encontrar a Kay cambia su vida. Ella también está sola. Exmujer de un diplomático, comparte apartamento con una amiga. Pero tiene que abandonarlo y vaga sin lugar donde refugiarse cuando lo conoce a él. Beben unas copas juntos y empiezan a recorrer la ciudad sin rumbo, de bar en bar, conociéndose y aceptándose el uno al otro. Hasta que llega un momento en el que les es imposible vivir separados. Él experimenta unos celos violentos por todo lo que ella ha sido. No soporta la idea de que otros hombres la miren, de que haya estado casada, de que fuera del pequeño mundo que han levantado entre ambos tenga un pasado y una familia. La pasión es absoluta. Y es aquí donde la novela podría haber fracasado, pues se me antoja muy difícil mantener en el justo medio una historia que fácilmente podría decantarse hacia lo absurdo o lo ridículo. Estamos hablando, sin embargo, de George Simenon, que, con mano firme, impide que decaiga el ritmo, que los diálogos resulten cursis, que la necesidad de François se envilezca o que Kay parezca frívola. Todo en ella se nos ofrece tenso, como si fuerzas contrarias se disputaran el gobierno de lo que acontece en ella, pero sin lograrlo. Y es esa tensión lo que la hace lúcida y realmente hermosa.

sábado, 30 de enero de 2010

La dama boba


Leer de vez en cuando una obra de Lope de Verga resulta muy reconfortante. La agilidad con que se suceden las acciones, la consistencia de sus personajes, el valor que da a ciertos temas tan manidos como el del amor, lo hacen grato al entendimiento, más si se trata de títulos como La dama boba, en el que Finea, pobre tonta de gran belleza y mayor fortuna, aprende aquello que antes ignoraba con solo probar el dulce licor de cupido. Leer teatro clásico y en verso, es como escuchar música (a Haendel por ejemplo). El ritmo, los cambios de estrofa según la ocasión, la rima asonante, conforman una melodía sosegada, sin altibajos, donde cada instrumento suena en el momento justo y el tiempo adecuado, nada desentona, logro que Lope conquistó tantas veces como títulos llegó a escribir, 1500 según los expertos, que, calculando los días aproximados de vida productiva que gozó el Fénix, sale a una obra cada 12 días (a lo que un adolescente ingenuo replica si son o no muchas). Si todas son igual de chispeantes que ésta, lo ignoro. Comedia de capa y espada, es el subgénero al que pertenece, aunque pocas espadas y capas hay en ella. Sí, en cambio, equívocos, amores y desamores, intereses monetarios, honor en peligro, misoginia paterna… Representarla adaptada a un público habituado a los mundos virtuales que proporcionan consolas y pantallas de cine, no debe ser tarea fácil. Resulta interesante, sin embargo, conocer las reacciones de estas criaturas acomodaticias, y preguntarse qué tipo de historias habría contado Lope de haber vivido en este mundo de prisas. Seguro que muchas y fascinantes. La presente lo es. Requiere esfuerzo para acostumbrar la lectura a su lenguaje y cadencia, pero si se consigue, diálogos como el de la Escena V del Acto I nos serán más ricos en dicha y en buena literatura, porque nos sucederá como a Finea, que motivados por el amor, en este caso a Lope, descifraremos prestos el sentido de sus palabras.

jueves, 28 de enero de 2010

El caballo perdido y otros cuentos


Llevo varios intentos pretendiendo hablar de Felisberto Hernández. No me resulta fácil hacerlo porque sus cuentos, género del que fue maestro, poseen una calidad difícil de definir. Si hay algo que los caracteriza, sin embargo, es el extrañamiento con el que se leen. Sus historias las sitúa en una realidad que pese a resultarnos reconocible, no la sentimos propia. Su mundo se sostiene sobre lo onírico sin serlo, sobre un surrealismo mágico en el que los personajes actúan en función de unos deseos que el lector halla estrafalarios, pero que parten de sentimientos profundos, como nacidos de una conciencia telúrica. Es con el modo de narrar, sin embargo, con lo que quizá nos sintamos más descolocados. En un relato de ciencia ficción es la propia escenografía la que puede llegarnos a sorprender. En un relato de Felisberto Hernández es el lenguaje que usa el que nos hace pensar que nos hallamos ante un ámbito distinto del narrar, del que solo él sabe darnos noticia. Una muchacha obliga a su primo a permanecer todo un día bajo la cama de su dormitorio a fin de que sus padres, los de ella, sigan ignorantes de su relación, sólo porque, en vez de acercarse al árbol que ella le ha dicho que use para llegar hasta su ventana, él, para gastarle una broma, lo ha hecho al que está bajo la ventana del dormitorio de la madre. Un hombre adinerado tiene a varios empleados encargados de recrear escenas con muñecas de tamaño natural en vitrinas acondicionadas para tal efecto. Por la noche, el hombre dedica su tiempo a maravillarse ante dichas escenas. Su esposa le sigue el juego. Una de las muñecas se parece mucho a ella. Recibe el nombre de Hortensia. Su suma perfección la consigue cuando el hombre encarga al fabricante de las mismas un mecanismo interno que posibilite que sus miembros tengan calor humano. Ya de por sí ingeniosas, estas historias se nos ofrecen en ese estilo entre poético y desquiciado que es origen de la rareza apuntada. Un símil que se me ocurre es el cine de David Lynch. Puede gustar o no. Lo que sí es cierto es que los cuentos de Felisberto Hernández debieron romper moldes en su momento. Julio Cortázar lo tuvo como referente, y asimismo Borges. Autor, pese a ello, poco conocido, del que conservo un librito que adquirí hace quince años: El caballo perdido y otros cuentos, publicado por una editorial argentina, que debí encontrar en una librería de lance cuando mi pasión por Cortázar estaba en pleno apogeo. He vuelto a releerlos y la sensación de desasosiego estético ha sido la misma de entonces. Eso lo hace un escritor singular, inclasificable, en la línea de los dos ya señalados, sudamericanos también, a los que habría tal vez que sumar otros pocos; los más, curiosamente, nacidos en aquella orilla.

martes, 26 de enero de 2010

Columna de humo


Existen, en el universo Internet, bitácoras para todos los gustos. Su número es prácticamente infinito y para quien busque alguna que se amolde a sus gustos, o responda a un mínimo de interés, o de calidad expresiva, no es labor vana encontrarla. Casi siempre interviene el azar. De una en otra bitácora, uno puede ir enlazándolas, viajar por esos agujeros negros que las comunican, y dar por fin con alguna en la pueda deleitarse. En ocasiones las encuentra mencionadas en algún periódico, o bien teclea el nombre de algún escritor conocido, o periodista, o crítico, y descubre que tiene abierto su propio cuaderno virtual, y que en él va dejando apuntes meritorios, reflexiones con las que uno puede o no coincidir, pero que están bien elaboradas, sin faltar a nadie, fruto de una constancia y un deseo por comunicar que yo, personalmente, admiro. La de Benítez Ariza la descubrí a través de otro blog, y ello me permitió no solo leer sus entradas, sino una de sus novelas, la primera, de cuya impresión dejé constancia aquí hace unos meses. Si el tiempo me lo permite, todos los días entro en Columna de humo, que es el nombre que recibe esta bitácora, y leo lo que quiera que haya colgado su administrador. Ignoro si algún día llegará a verse este tipo de creación como un género más dentro de la literatura, pero ciertamente, si alguien se pusiera a analizar rasgos comunes en todas las mejores escritas, hallaría con qué justificar su existencia, estoy convencido. Y entre esas, creo que no podría faltar la de Benítez Ariza.

En ella me gustan varias cosas. La principal, lo consciente que es su autor de que no siempre lo que se escribe en un cuaderno de estas características puede resultar interesante. Pero, ¿acaso no todo lo que se escribe es susceptible de ser considerado inane? Es el lector quien tiene que juzgarlo. Con todo, las reflexiones meta discursivas que de tarde en tarde va dejando Ariza entre sus notas, me resultan de lo más didácticas; que si se recogieran en un manual puede que muchos las tuvieran de referente a la hora de ponerse a decir cosas al buen tuntún; yo, claro, entre ellos.

lunes, 18 de enero de 2010

La nave de los muertos


Inicié hace unos pocos días la lectura de una novela que venía precedida de cierto prejuicio positivo. Estuve tentado de comprarla en la librería que suelo visitar de tarde en tarde en busca de novedades, pero también de títulos de los que he oído hablar o de los que he leído alguna reseña en suplementos y revistas de literatura; pero no lo hice. La encontré luego en la biblioteca de la diputación, un volumen editado por Acantilado que, por lo que pude observar, nadie había leído aún, tan nuevo lo hallé en la estantería. La novela fue escrita en 1926 por un tal B. Traven, autor del que apenas se conocen algunos pocos datos biográficos, pero del que se sabe en cambio que murió en México y que probablemente era alemán. El original, al menos, está escrito en alemán, aunque hay quien asegura que fue polaco. Escribió asimismo otra novela de gran éxito, llevada a la pantalla por Jonh Huston e interpretada por Humphrey Bogart: El tesoro de Sierra Madre, película de la que Traven no fue sólo inspirador, sino además guionista. Pues bien, la novela que empecé a leer es La nave de los muertos, obra que, según se nos indica en la contraportada, disfrutó de gran éxito en el momento de su publicación. Fue un auténtico Best-seller.

El libro puede dividirse en dos partes. La primera, que es la que he leído con mayor interés, nos cuenta la historia de un marino mercante que, por un azar, se queda en tierra sin papeles, desposeído de todo cuanto hasta en ese momento conformaba su identidad. De ser alguien, una pieza más en el engranaje de un gran barco, pasa a ser un individuo sin patria, sin dinero, sin futuro. La angustia que ello le provoca no logra, sin embargo, dejarle abatido y, mal que bien, procurará salir bien parado de las distintas vicisitudes en las que se ve envuelto a lo largo de un viaje que le lleva desde El Mar del Norte a Cádiz. Un hombre sin identidad es un hombre con el que las autoridades no saben qué hacer. En una Europa recién arrasada por una primera guerra mundial sinsentido, los Estados se adjudican el beneplácito de disponer a su antojo de las leyes, por absurdas o perjudiciales que éstas sean para el ciudadano. El bien del Estado está por encima del bien de cada uno. El autor aprovecha para realizar una crítica despiadada contra todo lo que huela a autoridad. Se sirve de su personaje para hacerlo. A diferencia de Kafka, que usaba la parábola, que mostraba un mundo absurdo sin calificarlo como tal, simplemente narrándolo, Traven juzga y condena. Y lo más curioso es que lo que dice en 1926 es perfectamente aplicable en 2010.

La segunda parte, cuando aparece el barco de los muertos, embarcación a la que van a parar todos aquellos que, por la razón que sea, la sociedad escupe, y en el que el personaje se enrola, deja de tener el dinamismo de la anterior y la narración se ralentiza. Las reflexiones sobre lo que acontece y la descripción de las costumbres de los marineros ocupan buena parte del relato y en verdad que lo siento, pues estoy convencido de que de haberme esforzado un poco la lectura habría acabado satisfaciéndome como esperaba. Pero no siempre sucede que una novela mantiene igual aliento épico durante todas sus páginas, o bien el aliento es el lector el que lo pierde, y entonces se produce lo irremediable: un divorcio entre lo contado y quien recibe el cuento, hecho fatal si de literatura se trata.