jueves, 29 de julio de 2010
Dos poemas de Lorca
Entretanto he dejado de leer una novela de Luis Magrinyà publicada en 2000, Los dos Luises, premiada con el Herralde de novela y publicada en Anagrama. Y la he dejado de leer porque no me ha sido posible entrar en ella creo que por su sintaxis llevada al extremo, tensa y elaborada al máximo; tanto, que creía estar leyendo en un cuerda floja, con la sensación en todo instante de estar a punto de caer al vacío irremediablemente.
domingo, 25 de julio de 2010
El año de la muerte de Ricardo Reis

Ricardo Reis regresa a finales de
El año de la muerte de Ricardo Reis es una novela de amor. Sabemos que Fernando Pessoa fue hombre soltero, hombre triste dedicado a la literatura en cuerpo y alma, desasosegado por ella y para ella. José Saramago parece querer darle una segunda oportunidad: la de vivir una vez muerto las experiencias que se negó en vida en la forma de uno de sus heterónimos famosos, el de Ricardo Reis. La noche que arriba a puerto, Ricardo Reis se dirige a la Rua do Alecrim y se aloja en un hotel ubicado en esta calle: el Hotel Bragança. Allí conoce a las dos mujeres de las que queda prendado; pero de distinta manera según sea Marcenda, según sea Lidia. De la primera se enamora platónicamente. Es una chiquilla impedida, que todos los meses viene a Lisboa con su padre desde Coimbra para que un médico de la capital la trate del mal que la aqueja: tiene un brazo paralítico, que le cuelga muerto al costado como un animal de compañía, el izquierdo. Hacia la segunda Ricardo Reis no sabe a ciencia cierta qué siente; pero entre ellos se inicia una relación carnal y absolutamente entregada que reportará al hombre aquello que la vida le niega: una pizca de felicidad, de hombría, de sensatez…
El narrador se nos presenta atípico. Dice desde una distancia irónica, nos acompaña como espectro lector que se hubiera sentado en nuestro hombro a explicarnos cuanto sucede al personaje protagonista a lo largo de los nueve meses que dura su estancia terrenal en Lisboa. Lejos de contribuir con ello a empequeñecer a la criatura, consigue hacérnosla más próxima, porque lo que hace queda relativizado, difuminado en las aconteceres comunes, y es más héroe si cabe que si hubiera sido pintado con tonos románticos. El más enternecedor, sin embargo, el que se gana al fin las simpatías del lector es el personaje de Lidia, pues siendo mujer del pueblo, analfabeta, camarera en el Hotel Bragança, arriesga por amor al doctor su trabajo y su honra; incluso la vida de su hermano arriesga, marino en uno de los barcos atracados en el puerto, simpatizante de ideas contrarias al régimen imperante, cuando comunica a aquél que se prepara una revuelta, siendo Ricardo Reis hombre conservador poco dado a violencias.
Novela grande, novela de las primeras de Saramago, la leí hace ahora veintitrés años y me dejó un poso duradero. Muerto su autor, precisaba de este homenaje a mí mismo, pues he recuperado tras su relectura los placeres de antaño, el de esta prosa prieta, sugerente de melancolías y amores no cumplidos.
viernes, 23 de julio de 2010
Lisboa

La imagen que saco de Lisboa es la de una ciudad húmeda, tachonada de adoquines. La puedes cruzar en tranvía, sobre rieles que se amoldan a las peculiaridades del terreno (cuestas pronunciadas y calles en curva). La orilla un río, el Tajo, que atraviesa media Península y viene a desaguar aquí, al atlántico frío y feroz. Melancólica. Con muchas plazas y muchas estatuas: esencial la de Camoens. Un castillo, el de San Jorge, se eleva sobre una de sus colinas. Se le ven mellas y humedades, pero continúa imponiendo. Poetas insignes la han cantado en sus obras. Por ella, además, circulan recién muertos, como Fernando Pessoa, que gusta de pasear por las mismas calles que en vida. La noche de fin de año, además, es costumbre que desde las ventanas de los edificios se lancen a la calle objetos inservibles y que los transeúntes, desde abajo, increpen a sus moradores.
jueves, 15 de julio de 2010
Cultivos

Cultivos es un libro que debe leerse como mínimo dos veces; o bien, una vez leído, espigar aquí y allá algunos fragmentos. No implica esto que sea un libro difícil. Cultivos es una obra sencilla que pide que hociquemos en sus palabras porque ocultan la verdad de una vida, de muchas vidas arrimadas a aquélla. La voz narradora es la del propio autor, y de lo que habla es de él mismo, de su obra, de su familia, de su tierra extremeña. Cultivos son los frutos que se van nutriendo de la experiencia y la lectura, de la vida y la muerte, que crecen conforme el resto se achica y se hace viejo. Me gusta mucho este modo de decir sereno. No hay extravagancias retóricas. Oímos hablar, oímos un borboteo sobrio de literatura que es grande porque al mismo tiempo es pequeña. Y sin embargo Cultivos es un libro que debe leerse como mínimo dos veces. Porque tras esa prosa urdida sobre lo oral hay una sustancia nutricia que es abono para la mente y el alma. Dicen que determinadas películas y libros logran que la vida de quienes se acercan a unos y otras no sea la misma cuando empezaron que al acabar de leerlos o verlas. Me temo que con Cultivos me ha pasado esto mismo. Deseo, en cualquier caso, que sea para bien.
domingo, 11 de julio de 2010
La cresta de Ilión
Cristina Garza, según informa la solapa del libro, es de México y ha sido profesora en varias universidades de Estados Unidos. Estos datos bastan para hacerme una idea de la persona retratada. Lo importante, sin embargo, es su obra. La cresta de Ilión recoge una historia de locura, de muerte, de terrores atávicos. Cierta noche, el narrador abre la puerta de su casa a una desconocida que se hace llamar Amparo Dávila. Al poco, otra mujer, la Traicionada, la llama él, se presenta enferma y él la acoge, siendo así que ente ambas mujeres se establece una relación sumamente íntima que irá preocupando progresivamente al anfitrión. Éste es médico y trabaja en un hospital en el que se ingresa a enfermos terminales. La función de los médicos y enfermeros del hospital es hacer más llevadero el tránsito entre la vida y la muerte. Entre las ventajas de las que disfruta el narrador, en tanto que médico, se encuentra la de poder vivir en una casa, junto al océano, que le ha sido arrendada por el mismo hospital. Su vida empieza a verse sacudida por las sospechas y los terrores que le provocan sus huéspedes, pero también por el descubrimiento de un manuscrito en el que se habla de un antiguo paciente que acabó arrojándose, o arrojado, por una de las ventanas del edificio donde trabaja. Todo ello sucede en una atmósfera de pesadilla, en un escenario de locura en el que, según se nos sugiere, gobierna un poder militarizado. Dos son las ciudades a las cuales se hace referencia: la ciudad del Norte y la ciudad del Sur, donde los controles policiales son comunes. En medio, un vasto territorio.
He tenido la impresión de más que estar leyendo una novela, estar leyendo la mente de su personaje narrador. El viaje que se nos propone no es un viaje por la literatura, sino hacia el interior de la literatura: la que nace de una mente confusa, acaso enferma, la de este médico que traiciona y es burlado. Desconcertante a veces, el lector se ve obligado a recapacitar sobre algunos aspectos que creía asumidos, pero que de golpe quedan suspensos a la espera de una explicación que refuerce o no su idea de los mismos. Llegado el final, sin embargo, esos aspectos, esas informaciones que se le ofrecen fragmentadas, hallan su respuesta, cierto, pero de modo ambiguo, con lo que uno experimenta la sensación de que falta algo que cierre, un dato que dé sentido a lo aparentemente absurdo. Y ahí, en esa respuesta última, el título de la novela tiene su razón de ser.
jueves, 8 de julio de 2010
Leitmotiv

La he iniciado. He leído sus primeras cien páginas, aproximadamente, y la he dejado para otro momento más apropiado. A vueltas con Kafka. En la faja de papel que acompañaba al libro, y que alguien había utilizado de punto, se relaciona a este autor, José Leyva, en esta novela, con Kafja y con Gombrowicz. Y ciertamente sigue la estela de ambos creadores. Leitmotiv, por lo poco que he leído, se adentra en un mundo absurdo, autónomo, en el que un personaje, Arturo Can, se enfrenta a situaciones que lo desbordan porque son incongruentes. Hallé este libro por mera casualidad en el estante de una biblioteca. Es una edición de Seix Barral, de 1972, y dado el entusiasmo con que se alaba en su contraportada el contenido del libro, decidí llevármelo. Leitmotiv, dice quien reseña, constituye, sin lugar a dudas, una de las máximas revelaciones de la narrativa peninsular de posguerra… la precisión y el magnetismo inigualable del estilo anuncian un texto inusual… La aparición de Leitmotiv supone una transgresión… Obra-límite… impone la cohesión de un mundo cerrado, de un texto compacto, de una escritura que, voluntariamente suicida, se consuma en su propio transcurrir. La alabanza es mayúscula y, sin embargo, ¿quién ha oído hablar de José Leyva salvo estudiantes de filología que se interesan por la narrativa de antes de la transición y, por supuesto, los especialistas en literatura? ¿Cuántos autores no permanecen desconocidos: en el momento en que publicaron jóvenes promesas, ahora en el limbo del olvido? ¿Quién será el que los rescate algún día? José Leyva, por lo que he podido saber, pertenece a la misma generación que Juan Goytisolo, que Juan Marsé, que Ana María Moix, que José María Guelbenzu; pero también a la misma que Ramón Nieto o Marta Portal, de los que nada sé. Tal vez la historia que se nos cuenta en este libro sea excesivamente kafkiana y eso, más que una virtud, acaso sea una rémora. Su importancia radica en el estilo tan preciso, en la ambientación onírica que logra. Julia, una médico vecina del edificio en el que se aloja Arturo Can, cuenta a éste que su ayuda fue solicitada por la señora Closs, propietaria del inmueble: le pidió que atendiera a un teólogo al que acaban de linchar tras una conferencia, y que la señora Closs ha acogido en su casa. El hombre, al que en principio Julia cree sólo moribundo, está en verdad muerto. Lo sabe al querer tomarle el pulso, pues el cadáver aferra sus muñecas con tal fuerza que a Julia le es imposible soltarse, y su piel está fría y acartonada. La señora Closs ha salido. Tarda horas en regresar. Entre tanto, Julia se desespera pensando el modo de librarse de ese muerto burlón que no la suelta. He aquí una muestra del mundo extraño que nos ofrece el autor. Guardo el libro para más adelante. El bochorno es intenso. Sudo mientras escribo la entrada sin que corra un ápice de aire fuera. Leer esta novela ahora, presumo, añadiría desasosiego intelectual a una incomodidad física intensa, propiciada por la temperatura y la humedad tan altas.
lunes, 5 de julio de 2010
La casa Tellier

Una de las cosas que me admiran de Guy de Maupassant es que en muchos de sus cuentos, al menos en los más conocidos, la sociedad de su época se halla representada por algún personaje trazado con mimo, aunque no siempre con indulgencia. A La casa Tellier, nombre del cuento, casa de putas regentada por una mujer de la que se dice ha nacido para ello, acuden los burgueses, los comerciantes, el hijo del banquero, los marinos que atracan en el puerto… La casa Tellier dispone de dos zonas, aquella en la que se concentra la gente de bien, afincada y respetada en el pueblo, y aquella otra en la que se divierten y emborrachan los forasteros. La madame gobierna con mano firme pero ecuánime a las cinco pupilas que trabajan para ella. Cada una representa un modelo de mujer distinto, lo que permite a los clientes ver cumplido alguno de sus deseos inconfesables.
La vida de éstos se ve zarandeada el día que se encuentran cerrada la casa Tellier. Un cartel informa que la madame y sus chicas han marchado para asistir a la comunión de la sobrina de la primera. Se trasladan en tren, donde se encontrarán nuevos especímenes ciudadanos (un campesino salaz, un comercial asustadizo…), a Virville, que es donde vive el hermano de la madame con su familia. La presencia de las pupilas atrae a los vecinos: sus vestidos, sus sombreros, el colorido que las acompaña, aviva el humor de hombres y mujeres, que ignoran su verdadero oficio. Allá por donde pasan, la sangre corre más rápido por las venas, el vigor aumenta, brillan con mayor intensidad los ojos. Maupassant parece conocer bien el espíritu del campo normando. Y su cuento es un canto a la vida que deja un dulce poso en quien lo lee. Tomo a sorbos el mejunje que me ofrece este volumen inmenso: 1266 páginas formato bolsillo. La esencia de Maupassant se halla en él. Su prosa es como una brisa marina. Alivia las altas temperaturas presentes. Voy dosificando su consumo. Hoy un cuento, de aquí a unos días, otro. Lo alterno con el de novelas. La última que ha llegado a mis manos: Leitmotiv, de J. Leiva. Una edición de 1972 en Seix Barral, que no sé si leeré.
miércoles, 30 de junio de 2010
Respiración artificial

En pocos días me he tropezado con el nombre de Kafka en dos paisajes distintos: en un blog, el de Justo Serna, profesor de historia, y en una novela de Ricardo Piglia que he dejado de leer hace unos minutos. A Ricardo Piglia no lo conocía. Hallé una referencia a su nombre a raíz de la lectura de Las teorías salvajes como máximo referente de la literatura argentina finisecular. Respiración artificial fue su primera novela y en ella Kafka tiene un papel primordial en la vida de uno de los personajes, un placo llamado Tardewski que vive en la ciudad de Entrerríos. Es ésta una novela histórica, pero no en el sentido tradicional que este calificativo tiene al aplicárselo al sustantivo novela: reflejo fiel, o cuanto menos verosímil, de un determinado período histórico en el que se desarrolla un argumento cuyo marco no puede ser otro que ese.
La obra se divide en dos partes: una epistolar, en la que se cruzan cartas Emilio Renzi y su tío; en la que encontramos además textos fragmentarios de Enrique Ossorio; y otra en la que se desarrolla una larga entrevista, a lo largo de toda una tarde y noche, entre Emilio Renzi y el polaco Vladímir Tardewski, amigo de Marcelo Maggi. En la primera se ofrece una visión de la historia Argentina a través de tres personajes que pertenecen a etapas bien distantes y diferenciadas, pero que están unidos por una misma nacionalidad y un mismo ser argentino. Emilio Renzi ha escrito una novela en la que explica un hecho histórico familiar: la huida de su tío cuando va a casarse con una rica heredera según la versión que a él le ha llegado. Cuando Marcelo Maggi lee esa novela, se pone en contacto con el sobrino e inician un correspondencia en la que aquél le dice que buena parte de lo que cuenta no es cierto. Al cabo, Marcelo le pide que viaje a la ciudad donde reside, Entrerríos, para conocerse en persona y pasarle unos papeles a los que ha dedicado el esfuerzo de varios años reivindicando la figura de un traidor: Enrique Ossorio, antepasado de la mujer con la que no se casó.
Emilio viaja a Entrerríos y allí se encuentra a Tardewski, que lo recibe y le dice que su tío no está, que ha tenido que salir de viaje y que, mientras lo esperan, charlarán. Lo hacen en el interior de una cafetería, y aquí el narrador es Tardewski, y luego en una habitación de la casa donde vive, y aquí la perspectiva será la de Renzi. Tardewski es un refugiado, un emigrante forzado, un hombre sacudido por el azar de la historia, su historia. Alumno de Wittgenstein cuando éste fuera profesor en Cambridge, se indigna ante la admiración que los intelectuales argentinos sienten hacia 1940 por Ortega y Gasset, al que no considera un filósofo, y achaca su estancia en Entrerríos a un error que lo conducirá antes a Praga, para cerciorarse de un descubrimiento asombroso, base de una teoría de la que dejará constancia en un artículo publicado en Argentina: que Adolf Hitler y Kafka se conocieron personalmente, que hablaron y discutieron, y que la obra de Franz no es más que el horror provocado por las explicaciones que le da el joven Adolf sobre lo que él pretende que sea el futuro de la humanidad. Kafka se adelanta a Hitler, da sentido literario al horror que se avecina, y se convierte a ojos de Tardewki en el mayor escritor del siglo XX. Joyce fue un malabarista de la palabra que huyó de la realidad circundante, dice; Kafka se zambulló, en cambio, en el cieno de la maldad suprema que poco más tarde ejercerá el nazismo.
La novela la saqué en préstamo de la biblioteca próxima a casa. Un lector anterior subrayó algunos pasajes de la misma y también, en determinados fragmentos, siempre que aparece el verbo decir en diferentes tiempos, su forma. Uno de esos subrayados es el siguiente, en la página 35: Todos nos inventamos historias diversas (que en el fondo son siempre la misma), para imaginar que nos ha pasado algo en la vida. Una historia o una serie de historias inventadas que al final son lo único que realmente hemos vivido. Historias que uno mismo se cuenta para imaginarse que tiene experiencias o que en la vida nos ha sucedido algo que tiene sentido. Pero, ¿quién puede asegurar que el orden del relato es el orden de la vida? Cita que puede aplicarse a ese personaje, Vladímir Tardowski, al que le queda poco tiempo para rendir cuentas. Tal vez, pienso ahora, lo haya hecho ya con ese enviado imprevisto, Emilio Renzi.
lunes, 28 de junio de 2010
Gregorio Samsa
Leo una entrada en Los archivos de Justo Serna dedicada a Kafka y su Metamorfosis y constato que el contraste de impresiones a partir de una misma lectura enriquece la propia, pues Justo Serna aporta una reflexión que no se me ocurrió en su momento sobre el incio de la novela, cuando Gregorio Samsa se descubre, al despertar, convertido en un insecto, en un escarabajo mostruoso. Y es que el horror que experimenta el personaje en ese instante no radica tanto en haberse transformado, sino en comprobar que dicha transformación es real, que no sueña, que, puesto que es verídica, se prolongará en el tiempo, tal vez para siempre. El drama de Gregorio Samsa no es haberse convertido en un bicho repugnante, el drama de Gregorio Samsa es haber dejado de ser físicamente humano y tener que enfrentarse a esa realidad sin el consuelo del tal vez, del acaso, del abre los ojos y despierta. Con esa mañana infausta en la vida de Samsa se inicia un periodo de amoldamiento imposible, pues su ser hombre es y será incompatible con su ser insecto, de tal suerte que lo que sucede es más angustioso si cabe frente a esta evidencia, que nos incumbe a todos.
martes, 22 de junio de 2010
Eva y los espejos

Finalizada la lectura de Eva y los espejos la impresión que me queda es la de que los personajes de estos cuentos se mueven en una atmósfera de ensueño, su vida atrapada en una parcela gobernada por lo onírico. No son cuentos propiamente fantásticos. Lo que de extraño sucede en ellos no lo hace porque sea propio de la realidad en la que se desarrollan sus tramas, más bien la extrañeza parte de los propios personajes, de la visión o sensación que tienen de las cosas. En Invisible, por ejemplo, que es el primer cuento de los trece reunidos en esta colección, un anciano se despierta con su mujer muerta al lado, y concibe su ida como un viaje en el que él también debe embarcarse. En otro cuento, una mujer llama por teléfono a su familia, a sus amistades, y se sorprende al comprobar que nadie no solo no la recuerda, ni siquiera sabe quién es. Un niño es mandado a buscar azúcar a casa de una señora a la que llama tía, pero que no es su tía, y tiene que caminar a lo largo de un callejón en el que hay un perro negro que parece muerto, pero que no está muerto. Un hombre, que alberga en su interior una sombra diminuta de sí mismo, vaga por la ciudad y acaba en el interior de un autobús lleno de sombras. Estos planteamientos, estas acciones llevadas con parsimonia y buen tino, me han producido esa impresión apuntada al principio, como si estuviese asistiendo a la proyección de un sueño, de muchos sueños, que alguien está teniendo en el mismo instante de la lectura. El duelo es de los que más me han gustado. El desdoblamiento, la imagen que prescinde del cuerpo que se mira en el espejo, su origen, y campa a sus anchas por la casa del padre ciego. El padre intuye que quien lo acompaña y cuida no es su hija, sino su usurpadora exacta y fría. En tanto que evocadoras de una realidad incierta, las historias poseen la virtud añadida de ofrecernos un cuadro de nuestro mundo como hecho a lápiz; o tal vez se trate, y de ahí la sensación de extrañamiento constante (me recuerda a Felisberto Hernández), de que lo que Rodrigo Urquiola ha pretendido es narrar desde el otro lado del azogue o metido en él, como una Alicia nada inocente que quisiera no contarnos lo que ve sino lo que ve matizado por un sentimiento de miedo y asombro contante. Eva y los espejos me parece un libro muy maduro, muy elaborado en su expresión; un libro que dice sobre los terrores que nos importan, los que habitan nuestros túneles y cementerios.